Molestia natural

José se confunde con el manglar según empieza a cubrirse de barro y entierra su brazo en busca de cangrejos. En su aldea, conocida como 'El Tren' porque las casas se levantan en perfecta hilera, miran preocupados al futuro./NACHO DOCE/REUTERS
José se confunde con el manglar según empieza a cubrirse de barro y entierra su brazo en busca de cangrejos. En su aldea, conocida como 'El Tren' porque las casas se levantan en perfecta hilera, miran preocupados al futuro. / NACHO DOCE/REUTERS

Los manglares de Brasil se sitúan en la primera línea del cambio climático. José, un pescador de cangrejos, ve peligrar su futuro por la subida del nivel de las aguas

IRMA CUESTA

A José da Cruz siempre lo llamaron 'Vampiro'. Unos dientes dignos del conde Drácula hicieron que sus vecinos de poblado, en una remota zona de Cairu, en el estado brasileño de Bahía, lo apodaran así. Cualquiera que lo observe desde lejos podría pensar que el sobrenombre de José tiene más que ver con la forma con la que lleva décadas ganándose la vida. Cada día sale de casa, coge su pequeño bote y avanza despacio hasta una orilla del río Caratingui. Luego camina a través de la maraña de manglares para extraer cangrejos del barro con las manos. Jornada tras jornada, los brazos del hombre que aparece junto a estas líneas envuelto en barro succionan enormes ejemplares.

Cuatro o cinco docenas al día le reportarán unos 200 reales (50 dólares) por semana. Lo suficiente para sobrevivir, pero muchos menos de los que lograba arrancarle al manglar hasta hace solo una década. «La naturaleza está molesta... En la Antártida, todo se está derritiendo, la naturaleza se está derritiendo. Hay que tener cierta conciencia de lo que está sucediendo», asegura el pescador al periodista de la agencia Reuters que durante un tiempo le ha seguido la pista. A José, conectado al mundo por un pequeño transistor a pilas, no le hace falta que ningún científico le cuente al oído que algo terrible le está pasando al planeta. Sabe mejor que nadie que la línea de agua ha avanzado tres metros tierra adentro desde donde solía estar, y que el futuro no pinta demasiado bien para la comunidad en la que vive, un lugar conocido como 'El Tren' porque las casas de barro están dispuestas en una sola fila a lo largo del borde del Caratingui, como si fueran poderosos vagones de ferrocarril. Una isla, rodeada de manglares, que retrocede lenta, pero incansable, bajo el empuje del agua.

Carlos Nobre, experto en cambio climático de la Universidad de Sao Paulo, ya ha alertado de que los niveles de agua aumentaron entre 20 y 30 centímetros en los últimos cien años en Bahía. Las alertas se disparan. Y es que los manglares que cubren 13.989 kilómetros cuadrados de la costa de Brasil deberían mimarse con esmero, porque ellos son una protección vital contra el cambio climático. Al fin y al cabo, media hectárea de ese ecosistema absorbe tanto o más dióxido de carbono que un área similar de la selva tropical del Amazonas.

La odisea de José para recolectar los cangrejos de los que depende su supervivencia.

El problema, precisan los expertos, es que quizá estemos echando la culpa de buena parte de lo que le pasa al planeta al cambio climático. Renato de Almeida, uno de los biólogos brasileños que más ha estudiado la zona, es también una suerte de Pepito Grillo. Almeida considera que el calentamiento global está provocando un aumento de las temperaturas del agua, y que eso puede matar a los cangrejos y otros animales en su cadena alimenticia si la temperatura supera el estrecho rango al que están adaptados. También cree que el agua más caliente es más ácida, y que eso corroe las conchas de los cangrejos y otras especies marinas, pero opina que la sobrepesca por parte de gente como Cruz es también una de las razones principales del declive que se observa según crece la demanda urbana de productos del mar. Eso, y que el turismo que lo invade todo ha llevado a dañar muchas pequeñas zonas en las que, como por arte de magia, no dejan de aparecer pequeñas posadas y embarcaderos.

Un problema mucho más serio de lo que parece, dado que, entre otros beneficios, los manglares protegen las costas de las olas, retienen sedimentos y filtran el agua. Además, como si de una gran ciudad sumergida se tratase, los troncos, raíces y el fango que rodea a los mangles constituyen el hogar de cientos de especies animales, muchas de ellas en peligro de extinción. Son, en definitiva, uno de los ecosistemas más complejos del planeta en permanente amenaza por la acción del hombre. De momento, ya nos hemos cargado en torno al 50%.

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