«Una vez que corres el encierro en san fermín no puedes dejarlo»

Tres guipuzcoanos relatan las sensaciones que viven en los encierros

Los donostiarras Teo Lázaro y Chapu Apaolaza ya están preparados para correr en San Fermín/JUANTXO LUSA
Los donostiarras Teo Lázaro y Chapu Apaolaza ya están preparados para correr en San Fermín / JUANTXO LUSA
JUDITH URQUIJO

«Cuando estoy delante del toro se me pasa por la cabeza que me puede matar pero me pueden las ganas de ponerme a prueba y superar mis propios límites». Teo Lázaro, un donostiarra de 44 años, mamó desde pequeño la fiesta de San Fermín, junto a sus dos hermanos.

«Empecé corriendo el encierro txiki cuando tenía a penas siete añitos de la mano de mi hermano mayor. Me encantaba y pensé que podría ser una escuela de cara al encierro de los mayores, que lo esperaba con ansias desde entonces. Sin llegar a cumplir la mayoría de edad, tuve mi primer contacto con el encierro de verdad y fue apasionante». Era julio de 1991 y desde entonces no ha dejado de correr en Pamplona, ciudad que a partir de hoy sufrirá una metamorfosis: a las doce del mediodía, con el lanzamiento del chupinazo, arrancará la fiesta de todas las fiestas. Y mañana, el primer encierro.

«Es una sensación muy personal e inexplicable. Es algo que engancha». Así define Chapu Apaolaza, un donostiarra de 41 años, sus sensaciones en el encierro más famoso del mundo. «En el fondo no sabes por qué lo haces pero una vez que empiezas no puedes dejarlo, aun sabiendo que para tu familia es angustiante. Es contradictorio y además sé que si me pasase algo no me lo perdonaría nunca», apostilla.

Tanto Lázaro como Apaolaza afirman que lo peor de los encierros son los percances que se producen, tanto los de uno mismo como los de los compañeros, y el mal rato que pasan tus familiares. «Mi madre prefiere ver el encierro en directo por la televisión y que no se lo cuenten. Eso sí, lo pasa igual de mal e incluso me han contado que le grita a la tele», relata Lázaro.

Las obligaciones familiares y laborales pesan también a la hora de correr en San Fermín. «Saben de la importancia que tiene esto para nosotros. Cuando nació mi hija, hace 5 años, dejé de correr por un año pero volví a recaer. En casa siempre han sido muy comprensiva con mi afición», comenta Apaolaza. Asimismo, Chapu tiene sentimientos contradictorios. «Hay veces que me siento egoísta y me pregunto si tengo el derecho de hacerles pasar a mis familiares por este mal rato. El apoyo lo tienes porque saben lo que significa esto para ti pero sé que el día que les diga que lo dejo les haré muy felices».

En cuanto a la preparación, ambos corredores salen a correr o a hacer un poco de bici por los bidegorris del territorio, si bien reconocen que este año llegan «algo justos» de preparación. Consideran que el encierro pamplonica está bastante masificado y eso tiene sus riesgos a la hora de correr porque «no dependes de ti y eso te condiciona bastante».

Coinciden en afirmar que normalmente impone más el toro que la masificación, pero creen que en Pamplona habría que controlar de alguna forma «a todos aquellos que no saben lo que es un encierro ni un toro.

Cambio de chip

En vísperas del primer encierro, los dos corredores se muestran «nerviosos pero felices». La primera carrera de Teo fue cuando aún no había cumplido la mayoría de edad, en 1991. Para él, correr el encierro de San Fermín ayuda a relativizar algunos problemas de la vida cotidiana, pero el hecho de ir sumando encierros en sus piernas «hace que se aficione aún más». Además de los encierros, este guipuzcoano afincado actualmente en Pamplona disfruta durante estos días de los almuerzos con sus amigos, los fuegos artificiales, la visita a los morlacos en los Corrales del Gas, y por supuesto, de las corridas de toros.

Para los puristas taurinos, el encierro no deja de ser el acto de encerrar los toros en el toril, pero en Pamplona, este acto ha tenido y tiene aún, tanta o más repercusión que las propias corridas de feria. «Cada uno vive la fiesta a su manera, ya te digo que es algo muy de cada uno», afirma Chapu.

Aitor González echa de menos el encierro
Aitor González echa de menos el encierro / J.M.LÓPEZ

Aitor González, vecino de Deba de 38 años que destaca entre los corredores veteranos, se llevó hace cuatro años el susto de su vida: «A veces la suerte sonríe, incluso cuando nadie lo cree posible. Y en los encierros más de lo mismo».

González salió mal parado de un encierro. Tuvo que ser operado de urgencia por presentar una contusión torácica con hemoneumotorax (presencia de aire y sangre en la cavidad pleural) y múltiples fracturas costales. «Desde entonces no volvió a correr. Me pasó toda la manda por encima y decidí que ya era hora de parar».

A pesar del accidente, recuerda con cariño los años en los que participaba en el encierro. «Es una pasión indescriptible. A los ocho años empecé a participar en los encierros de los txikis y desde entonces me enganché», explica.

Y es que este joven debarra siempre ha estado muy activo en los ambientes culturales e incluso fue miembro del grupo de baile vascos Gure -Kai.

Aunque echa de menos ponerse delante de un toro, sabe lo que se sufre cuando se vive desde fuera. «Es algo muy personal. Siempre me he sentido un tanto egoísta porque mi familia lo vivía con angustia». González explica el cóctel de sentimientos que siente antes de escuchar el cohete que precede la salida de los corrales. «Es una mezcla de miedo, satisfacción y dolor de tripas, pero merece la pena».

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