«Emocionalmente seguimos en la Edad de Piedra»

Reflexivo. «No hay nadie mejor que nadie, todos somos frágiles y estamos asustados». / MAYA BALANYA
Reflexivo. «No hay nadie mejor que nadie, todos somos frágiles y estamos asustados». / MAYA BALANYA

«Apuesto por tender puentes, la cultura también tiene que ser un vehículo de entendimiento en Cataluña»

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Lluís Homar (Barcelona, 1957) lleva sobre un escenario desde los seis años. Pero jura que la próxima semana, cuando estrene 'Prometeo' en el Teatro Romano de Mérida, volverá a sentir los nervios de la primera vez.

- Dice Luis García Montero, autor de esta versión, que hay que volver a los clásicos para no convertirnos en seres acríticos.

- Con la tragedia griega reconectas con la esencia del teatro, una ayuda en estos momentos tan desalmados que nos permite reencontrarnos. En los clásicos está todo: lo terrible y la belleza, la altura y el abismo.

- La gran pregunta de esta versión es si mereció la pena que Prometeo robara el fuego a los dioses para dárselo a los hombres.

- Si alguna cosa tengo clara es que, a pesar de la miserabilidad de la que es capaz el ser humano, no hay nadie como él en el universo que pueda ser capaz también de lo mejor. Ni siquiera los dioses, que no dejan de ser una invención nuestra. La gran tesis de la obra es esa: a pesar de todo, no hay nada como el ser humano.

- Quién lo diría.

- Sí. La sabiduría es la única salida al despropósito en el que hemos convertido nuestro mundo actual. La grandeza del ser humano es el único antídoto. Hay una frase en la obra: «No tiene otra preocupación que la de enseñar a obedecer». Hablo de Zeus, pero siempre tengo presente a Trump, que no tiene otra preocupación que el control, gobernar y anular al otro. Emocionalmente seguimos en la Edad de Piedra, aunque vayamos a la Luna y tengamos 5G.

- El título de sus memorias, publicadas hace dos años, era 'Ahora empieza todo'. ¿Ese ha sido su leit motiv vital?

- Sí. He aprendido que el viaje más apasionante es hacia uno mismo, reconocerse en lo que uno es. Yo pienso que todos tenemos un tesoro, todos somos genuinos. Uno tiene que hacer un viaje hacia su ser, que no es el que nos piden desde fuera en estos tiempos tan competitivos de éxito y dinero. Aceptar lo que uno es, no lo que querríamos ser. No hay nadie mejor que nadie, todos somos frágiles y estamos asustados. Cuando era joven tenía la duda de si el ser humano era salvable, si el mundo iba solo hacia la destrucción. Con los años he aprendido que es bonito estar conectado a la esperanza y transmitirla.

- Concibe el teatro como un servicio público. ¿Eso le ha animado a dirigir la Compañía Nacional de Teatro Clásico desde el 1 de septiembre?

- Sí. Llevo desde los seis años en los escenarios. Cuanto más conozco los clásicos, más feliz estoy al tener conciencia de lo que significa el Siglo de Oro español. Dirigir siempre conlleva unos peajes, pero he podido formar un gran equipo. Tendré que dedicar una parte de mi tiempo a la gestión, pero lo importante es que somos una empresa de servicios, que ofrece cultura al espectador.

- ¿Significa que ya no le apetece tanto actuar?

- No. Soy un actor que dirige. Dejé muy claro que iba a compaginar las labores de gestión con la actuación. El director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico será un actor, como lo fue también Marsillach, aunque él nunca actuó.

- No se le escapa el simbolismo de un catalán dirigiendo una compañía nacional en Madrid.

- Yo apuesto por tender puentes. La cultura tiene que ser un vehículo de entendimiento.

- ¿Es optimista respecto a la situación en Cataluña?

- Si no, no creería en el ser humano. A lo mejor depende de las próximas generaciones, porque la cosa está muy trabada. Pero si renunciamos al optimismo... Soy optimista y realista.