«El extracto bancario dice todo de nosotros, más que una sesión de psicólogo»

Nos enseña cómo generar, conservar y multiplicar nuestro dinero. /
Nos enseña cómo generar, conservar y multiplicar nuestro dinero.

La autora de «Money Mindfulness» nos enseña a generar, conservar y multiplicar nuestro dinero

CARLOTA FOMINAYA

Economista, ex AB Asesores, ex Morgan Stanley, actual auditora en excedencia del Gobierno autonómico de La Rioja, viajera incansable… Cristina Benito ha puesto su vasta experiencia financiera a nuestro servicio en su último libro: «Money Mindfulness», donde nos enseña cómo generar, conservar y multiplicar nuestro dinero. ¿Todos podemos? «Todos, y nunca es demasiado tarde», asegura. «Solo hay que cambiar nuestra relación con él. Cuando disfrutamos de algo, poniendo atención, necesitamos mucho menos». El libro surgió tras vivir una etapa en Londres, donde, según cuenta, «todo el mundo habla de dinero durante todo el tiempo y desde el minuto uno en el que te conocen parece que te están valorando por lo que ganas».

- ¿Somos los españoles demasiado «alegres» con el dinero?

- Es curioso. A nosotros, al contrario que a los ingleses, por ejemplo, nos cuesta mucho hablar de dinero. Es un tabú. Lo que no se habla, no existe. Evitamos el tema porque, además, tiene muchas connotaciones emocionales, y está en la lista negra de los asuntos que no se sacan en la mesa. Parece de mala educación. Pero en el fondo, es que no queremos hablar, por si nos toca hablar a nosotros… Nos cuesta incluso hacer algo tan absurdo como preguntar los precios de las cosas, o nos parece mal comprobar un ticket. O decir qué caro, porque parece que «no llego», «qué van a pensar, que no puedo»…

También creo que en nuestro inconsciente colectivo, el dinero es algo malo, sucio. Quizá por nuestra tradición judeo cristiana, el pasaje de San Mateo en la Biblia: «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos». O cuentos que nos contaban de pequeños, donde el rico es avaro y cruel, y ha pasado por encima de sus principios, y el pobre es bueno y generoso y da lo poco que tiene.

Todo esto ha quedado en nuestro subconsciente, pero realmente lo que obviamos acaba rehuyendo. En el libro hablo de que aquello que desprecias acaba volviéndose contra ti. Si no cuidamos el dinero, si no lo respetamos, si no ponemos en él la conciencia necesaria, se acaba volviendo contra nosotros y es fuente de muchas insatisfacciones, preocupaciones y, en el fondo, de infelicidad.

- Pero por fortuna usted dice que esto puede cambiar. Hay un mensaje positivo de que «todo el mundo está a tiempo». ¿Cuál es el primer paso?

- Creo que el primer paso es hablar con nosotros mismos. Porque en el fondo, la mala gestión de nuestras finanzas personales es un reflejo del grado de confusión que tenemos con nosotros mismos. Es así porque perdemos un poco la perspectiva de lo que es el dinero, que solo es un medio de cambio que nos permite acceder a bienes y servicios. Pero no es nada más que eso. Es un instrumento que nos tiene que ayudar a cumplir nuestros objetivos vitales. Por eso este es el primer paso, un dialogo interior que nos permita saber cuáles son nuestros objetivos vitales, y nuestras prioridades. Pero es verdad que hay que empezar ya. Ya es hoy. A partir de aquí nos podemos poner a funcionar.

- Usted recuerda que el dinero por sí solo no da la felicidad...

- El dinero automáticamente no da la felicidad. Pero lo que sí creo es que una mala relación con el dinero es un seguro de infelicidad. No quiero decir con esto que no lo necesitemos. Claro que lo necesitamos, por supuesto. Pero tenemos que generar una buena relación con el dinero. Hay personas con mucho dinero muy infelices, y otras que, una vez cubiertas sus necesidades vitales, desde luego, tienen una relación muy sana, muy saludable, sin esa sensación de que siempre necesitan más.

Hay un dicho que dice: «somos lo que no podemos perder en un naufragio». Recordemos cuentos como el de la camisa del hombre feliz de Tolstoi, donde un rey que tenía una dolencia manda a sus emisarios a buscar la camisa de un hombre feliz para conseguir curarse. Resulta que cuando por fin encuentran a un hombre feliz se dan cuenta de que este no lleva camisa. Lo ideal sería sentir que no necesitamos.

Hay miles de estudios sobre la felicidad, y muchos de ellos coinciden en que se consigue con cosas muy pequeñas: el tiempo que pasamos con nuestra familia, amigos, amistades, el rato que pasamos en la naturaleza… lo que pasa es que para poder disfrutar de tiempo y serenidad necesitamos de unas finanzas saneadas.

- Se habla de enseñar muchas cosas en el colegio, pero falta educación financiera.

- Soy súper partidaria de al educación financiera en el aula. Hace poco leía una noticia que me entristecía enormemente. Decía que estamos cometiendo los mismos errores que antes de la crisis que azotó en España. Es decir, volvemos a vivir por encima de nuestras posibilidades y a endeudarnos. Y como principal causa se señalaba a la falta de educación financiera. También a una mayor tasa de vivienda en propiedad, a lo que dedicamos gran parte de nuestros sueldos.

Si hubiésemos recibido esa educación financiera desde pequeños, nos lo hubiésemos pensado un poco antes de pedir un crédito para unas vacaciones o cambiar de coche, porque sabríamos cuáles son las consecuencias de endeudarnos. Estaríamos también más habituados a las inversiones financieras, que pensamos que es un asunto solo para expertos que están todo el tiempo delante de un ordenador, siguiendo las cotizaciones. No es así.

Hay que perderle el miedo al dinero y dejar de pensar que todo lo relacionado con este es aburridísimo, o que es un tabú, complicado, farragoso… No es cierto. Podemos hacerlo mucho más ameno. Al final, si educamos a nuestros hijos desde pequeños en esto, será una excelente preparación para sus grandes decisiones en el futuro. Esta formación o educación de nuestros hijos nos salva también a nosotros mismos.

- ¿Y en casa, cómo podemos enseñarles a los niños?

- En efecto. Esta educación debe ir unida a hábitos cotidianos, aprendidos en la familia. En este sentido, me parece súper importante con los niños empezar distinguiendo «qué deseas» y «qué necesitas». No es fácil aprender a diferenciar entre cada aspecto, pero creo que eso es crucial. En dos generaciones hemos pasado en España de tener escasez, o situaciones de carencia, a una sociedad con una visión muy materialista de la felicidad.

Nos creemos que tenemos que tener de todo para ser felices. Esto sí que es trágico, porque una vez que tenemos muchas cosas, nos damos cuenta de que ahí no está la felicidad, y eso es fuente de insatisfacción. Además, otorgamos tanto poder a los objetos, que nos acabamos identificando con ellos, pero no somos ni la casa en la que vivimos, ni el coche en el que vamos. Ni siquiera la ropa que vestimos. Somos, afortunadamente, mucho más que eso.

Creo que con pequeños hábitos como hacer la compra con nuestros hijos y no caer en sus peticiones, planificar la lista de la compra (para que no acabe en la basura de media un 20%), prestar atención a la fecha de caducidad de los productos... mejoraríamos bastante.

- ¿Qué truco nos regala para no caer en caprichos?

- Darle una noche a una decisión de gasto. Eso es algo que hay que poner en práctica también con los niños. Creo que si se da un tiempo para que te baje ese impulso, puedes verdaderamente distinguir entre deseo y necesidad. Pero un consejo para que siga todo el mundo, ya desde hoy mismo, es que en la próxima compra se pregunte: ¿lo necesito?, ¿lo voy a usar?, ¿me lo puedo permitir? ¿me merece la pena? (Porque estoy poniendo tiempo y energía de mi vida). Luego, sobre todo, cuestionarnos si nos va a procurar algún bienestar, porque muchas veces estamos comprando algo para impresionar a los demás, o para tapar otro tipo de carencia, o de insatisfacción. Nuestras emociones son una pésima consejera financiera. Por eso insisto en el «mindfulness», que es poner conciencia» en el dinero. Esa es un poco la base, tanto en la generación como en la conservación y en la multiplicación del dinero.

- ¿Por dónde debe empezar esta «reconversión personal»?

- Hay que empezar haciendo lo que yo llamo la radiografía financiera, o la auditoría interna, que no es otra cosa que poner negro sobre blanco todos nuestros ingresos y nuestros gastos. Ese es el primer paso. Es como el diagnóstico que el enfermo necesita para empezar a cuidar su dolencia, que es nuestra relación poco saludable con el dinero. Es un ejercicio que da un poco de pereza, por tanto hay que buscar la forma más fácil de llevarlo a cabo. Puede ser una libreta, una hoja de cálculo... Para mí, desde luego, es rellenar un Excel, pero las nuevas generaciones usan numerosas aplicaciones en el teléfono. Hay algunas que conectan con tu banco, y este va volcando directamente los gastos, otras te van agrupando por categorías: alimentación, gasolina, ocio…

Realmente el extracto bancario dice todo de nosotros, más que una sesión de psicólogo. Está diciendo en qué gastamos, dónde y cómo, cuáles son nuestros gustos, preferencias, hábitos de consumo… ¡Nuestro tiempo también! Y la conciencia que estamos poniendo (o no) en el valor de las cosas. De verdad que llevar un control de los gastos y las entradas acaba cambiando las cosas.

- Dice usted que esa radiografía personal nos permite identificar las fugas, los gastos termita. ¿En qué consisten, y cómo se pueden recortar?

- En efecto, esa radiografía nos permite identificar las fugas, los gastos termita, y gracias a esto, directamente voy a saber dónde puedo reducir gastos innecesarios. Los gastos termita pueden ser, por ejemplo, los cafés que me tomo en el trabajo. El primero lo necesitas, el segundo, ni lo saboreas, el tercero te sienta mal. O las comidas que hago fuera de casa. Solemos incluir lujos innecesarios en nuestro día a día, en esa confusión entre lo que deseamos y lo que necesitamos. Sugiero tomar conciencia, independientemente de los ingresos, los ahorros, o las salidas. Debemos entender el gasto para luego responsabilizarnos de él. Todo el mundo puede. A la larga, cuando ya hemos incorporado esos hábitos, podemos empezar a despreocuparnos. No se trata de obsesionarte, es no dejarse llevar, es decir: responsabilizarse. Otra idea para controlar el gasto puede ser volver al efectivo: meter el presupuesto en un sobre y decirse a uno mismo «de ahí no salgo».

- ¿Hay alguna otra categoría de donde sea más fácil recortar?

- Sí, creo que en los tiempos de ocio. No siempre el ocio significa salir de casa. Se puede pasar más tiempo en el hogar, y en familia o con amigos, haciendo actividades que además se van a recordar mucho mejor y durante más tiempo: pueden ser juegos de mesa, cocinando… Incluso se pueden pasar unas vacaciones o un puente sin salir. Decimos a veces: «no, este fin de semana no hemos hecho nada. Fuimos de compras un rato, luego al cine, picamos algo, y ya…». La realidad es que te has gastado de 100 o 200 euros.

- ¿Qué le dice a esos que dicen «es que yo no puedo ahorrar»?

- Puede haber momentos puntuales en nuestra vida en los que no sea posible, pero la falta de ahorro es una falta de prioridades, que hace que al final no nos quede nada. Una clave para ahorrar sistemáticamente sería la de separar una cantidad al principio de mes y enviarlo a otra cuenta, nunca al final, porque no suele quedar nada.

- ¿Y para los que viven a crédito?

- Estas personas se deben hacer varias preguntas: ¿cuánto interés estoy pagando y cuánto me queda por pagar? ¿De verdad les merece la pena pagar un 12% o un 15%? Es de nuevo una falta de atención. Vuelvo a lo de antes. Realmente cuando compramos pensamos que la novedad nos va a hacer felices, pero esa felicidad es súper corta. Lo que le pasa a estas personas es que siempre están buscando esa sensación. Pero es justo al contrario: si estamos ahorrando durante un tiempo, aparte de que no nos vamos a endeudar más, se va a alargar esa sensación y ese momento de felicidad. Hay que ser consciente de que cuando se paga con tarjeta de crédito nos estamos endeudando, por eso, si es posible, hay que plantearse no volver a comprar a crédito. En los casos más graves tendrán que barajar una reunificación de deuda.

 

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