Cuatro niñas piden ayuda psicológica dos meses después de volver del udaleku de Bernedo
Sus familias relatan a DV las secuelas emocionales que sufren y por las que precisan atención profesional
David S. Olabarri
Sábado, 8 de noviembre 2025, 06:42
Han pasado más de dos meses desde que Irati (nombre ficticio) volvió del udaleku de Bernedo. Su madre ya se asustó cuando su hija, de ... 15 años, le relató que volvía «asustada» por las duchas mixtas y los adultos paseándose desnudos por el campamento. En ese momento no comentó mucho más, a pesar de la insistencia de sus padres, como si no hablar de ello «fuese la mejor opción».
Con el paso del tiempo la chica ha ido empeorando. Sus padres ya notaban que se mostraba «excesivamente pudorosa» cuando estaba en el baño. También percibieron que estaba muy irascible con la gente que le quiere. Pero hace unos días sufrió una crisis de ansiedad por la que tuvo que ser hospitalizada y fue derivada a una psiquiatra infantil. La niña confesó que le venían imágenes del campamento. Esta semana la doctora les ha comunicado que es muy probable que la niña esté sufriendo «estrés postraumático» por todo lo que vivió en la localidad alavesa. Incluso les han advertido de que tiene riesgo de autolesionarse.
Irati no es la única niña que va a precisar ayuda psicológica después de volver del udaleku de la asociación Sarrea. El Diario Vasco ha recibido el testimonio de varias familias y ha contrastado que, además de Irati, al menos otras dos niñas han comenzado recientemente tratamiento psicológico. Y otra más lo va a hacer en los próximos días. En paralelo a la investigación judicial que se está desarrollando por lo que pasó este verano, todas estas niñas necesitan apoyo profesional -insisten sus familias- por las cosas que vivieron en el udaleku y que, en varios casos, dejaron plasmadas en las cartas que enviaban a sus familias. Una de las menores -aclara- ya recibía atención previa, pero la experiencia en Bernedo ha empeorado muchísimo las cosas.
Es decir, por lo menos cuatro menores necesitan asistencia psicológica por lo ocurrido este verano, aunque las familias insisten en que podrían ser más porque, básicamente, la mayoría de afectadas no se conocen entre ellas. La Ertzaintza ha recibido hasta ahora 21 denuncias por supuestos delitos contra la libertad sexual de los menores de edad.
La semana que viene las niñas acudirán a psicólogos particulares, pagados con los ahorros de sus padres. Porque -y esto es otra queja en la que coinciden todas las familias- ninguna ha recibido apoyo real para tratar a sus hijas. La mayoría no han recibido la llamada de ninguna institución pública. Unas pocas fueron telefoneadas por cargos políticos cuando EL CORREO publicó el malestar de numerosas familias y después de que este periódico desvelase que ninguna institución pública controlaba lo que ocurría en Bernedo desde hace años. Ahora, con el paso de las semanas, creen que los políticos y los asesores que les llamaron lo hicieron sólo para tratar de calmar su enfado y que el escándalo no afectase a sus carreras políticas. Pero la realidad -insisten- es que «nadie» se ha interesado por el estado de las niñas y por si precisaban ayuda profesional.
También les duelen mucho las derivas políticas que ha tomado el escándalo de Bernedo. Sobre todo, porque se está olvidando lo fundamental: hay al menos una veintena de menores que han sido víctimas de delitos de las que nadie ya habla. El «debate» se ha tornado hacia posturas políticas -«transfeminismo, ultraizquierda y ultraderecha»- que «nada tienen que ver con el objeto de nuestra denuncia». Lo explica Josune, una madre «feminista, de izquierdas y abertzale», que tiene una hija que lo ha pasado muy mal. Le duelen las críticas y las manipulaciones «de nuestra gente, nuestro entorno feminista, euskaldun y de izquierdas», que han mostrado «indiferencia o incluso falta de empatía» cuando se han referido a lo que han sufrido sus hijas. «Nunca pensé que tendría que escribir sobre algo que debería ser tan sencillo: confiar en que los campamentos de verano son espacios seguros para nuestras hijas», subraya.
Por eso, en medio del «fango político» y del «olvido» institucional, lo que quieren es que no se olvide que lo que ha pasado este verano en Bernedo tiene consecuencias para personas reales. Lo ha tenido para Irati, pero también para Nerea y Haizea. Y también para sus familias.
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Nerea 13 años
No hablaba de lo ocurrido y se iba sola al parque
Nerea es una niña de Gipuzkoa de 13 años que estuvo en agosto en Bernedo. No hablaba mucho de lo ocurrido. Al principio del curso todo iba aparentemente bien. Nunca ha sido una niña de sobresalientes, pero pronto descubrieron que sus resultados académicos estaba cayendo en picado. Seguía sin hablar, pero el 21 octubre explotó emocionalmente. Sus padres descubrieron que no estaba yendo a clase y que se quedaba en un parque. Ella sola, sin amigas. Al final habló del udaleku y acabó admitiendo que no está bien, que necesita ayuda. Ahora empieza un proceso en el que no ha recibido ningún tipo de asistencia pública. Su madre, como el resto, lo tiene claro. «Proteger a nuestras hijas, visibilizar lo que ocurre y exigir justicia trasciende ideologías y debates políticos».
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Haizea 11 años
«¿Ama, a dónde me has llevado?»
Haizea es una niña de Bizkaia de sólo 11 años que estuvo en julio en el udaleku. Esta pequeña es introvertida. Cuando llegó comentó alguna cosa, pero sus padres percibían que algo no iba bien porque lloraba mucho por las noches y no quería saber nada más de ningún campamento. Todavía hoy, de vez en cuando, comenta algún detalle de lo que pasó en las instalaciones alavesas que sus padres no conocían. Lo último que dijo, hace unos días, fue que las monitoras se echaban cola cao por el pecho y se lo lamían entre ellas. A su madre le entra rabia y frustración cuando escucha estas cosas. Porque insiste en que jamás hubiese mandado a su pequeña a ese lugar si hubiese sabido lo que hacían. Ella quería que aprendiese bien euskera, no esto. No le importa que la ayuda psicológica suponga un sobresfuerzo económico para la familia, porque está convencida de que le va a venir muy bien. También le duelen las palabras que un día le dijo su pequeña. «¿Ama, a dónde me has llevado»?
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