Continente guerrillero

Jaime Padilla, jefe del comando Melito Glordel Nuevo Ejército del Pueblo, alza el puñoante sus camaradas, que en las restantes imágenes se ejercitan en la selva filipina. / EFE
Jaime Padilla, jefe del comando Melito Glordel Nuevo Ejército del Pueblo, alza el puñoante sus camaradas, que en las restantes imágenes se ejercitan en la selva filipina. / EFE

Grupos armados que defienden diferentes ideologías luchan por todo tipo de causas en Asia. Los insurgentes comunistas de Filipinas cumplen 50 años

Zigor Aldama
ZIGOR ALDAMA

Mao Zedong ha sido el principal innovador en la estrategia guerrillera del comunismo asiático», escribía en 1968 el profesor estadounidense y consultor de la CIA Chalmers Johnson en el volumen número 8 de 'Asian Survey'. Este veterano, que combatió en la Guerra de Corea (1950-53), fue uno de los primeros analistas que estudiaron los movimientos guerrilleros que tanto éxito tuvieron en Asia a mediados del siglo pasado, y fue uno de los muchos que atribuyeron a los líderes comunistas su expansión por el mundo.

Al fin y al cabo, los insurgentes de Mao terminaron convirtiéndose en el ejército que otorgó al Gran Timonel el poder en China, y sirvieron de inspiración para otros movimientos, como los del Vietminh y el Vietcong en Vietnam, que se alzaron victoriosos frente a fuerzas invasoras teóricamente muy superiores -Francia y Estados Unidos- eludiendo entablar batallas al estilo tradicional. «Esta estrategia de combate cambiará para siempre el sentido de la guerra», vaticinó Johnson.

Tenía razón. Los enfrentamientos entre ejércitos regulares son cada vez más raros. Los conflictos bélicos ahora involucran a fuerzas gubernamentales y grupos armados, que para unos son terroristas y para otros libertadores. Eso sí, la suerte de estos últimos en el siglo XXI sigue siendo muy desigual en Asia: los maoístas nepalíes alcanzaron el poder en 2008 después de una sangrienta década de guerra civil, mientras que los tigres tamiles de Sri Lanka fueron barridos de la faz de la Tierra un año después tras haber llegado a controlar un tercio de la isla.

Muchos se enrolan en la guerrilla para escapar de la pobreza: les pagan 300 dólares al mes

El crecimiento económico y el aumento del bienestar en Extremo Oriente han resultado en gobiernos con mayor poder y en una caída del apoyo social que recibe la resistencia armada, pero hay quienes no abandonan la lucha ni siquiera cuando resulta evidente que está perdida. Buen ejemplo de ello es el Nuevo Ejército del Pueblo (NEP), un grupo de inspiración maoísta, creado para combatir al dictador Ferdinand Marcos, que ni es nuevo ni ejército ni cuenta con el respaldo del pueblo. No en vano, esta guerrilla comunista de Filipinas cumple ahora los 50 años que la convierten en la más antigua de Asia. Pero es solo una sombra de lo que llegó a ser.

«Nada ha cambiado»

El Gobierno de Manila afirma que en sus filas militan actualmente unos 6.000 combatientes, 20.000 menos que en su momento culminante de la década de 1980, y diferentes organizaciones añaden que muchos de ellos se enrolan para escapar de la pobreza: la guerrilla paga 300 dólares mensuales a sus miembros. La periodista de EFE Sara Gómez Armas estuvo a principios de abril con el comando Melito Glor, una treintena de proscritos armados con fusiles que cambian de ubicación en la jungla del país cada dos meses, y asistió a las celebraciones para rememorar medio siglo de una lucha que ha dejado 40.000 muertos.

«La situación es la misma, nada ha cambiado. Años de políticas neoliberales y privatizaciones hicieron que el país perdiera sus recursos para entregarlos al imperialismo, particularmente a Estados Unidos. Y el régimen de Duterte -presidente de Filipinas- está regalando el país al resto de mundo capitalista, como China o Japón», criticó una guerrillera veinteañera llamada Kathryn en su conversación con la reportera.

Curiosamente, aunque el NEP nació siguiendo los pasos de Mao, ha quedado anclado en el pasado y ahora reniega de las políticas de apertura que el Partido Comunista de China ha puesto en marcha para facilitar el milagro económico que ha convertido al gigante asiático en la segunda potencia mundial. «Es un monopolio de burócratas capitalistas que va contra la doctrina de Mao y es falsamente comunista», criticó el fundador del Partido en Filipinas, José María Sison, desde su exilio en Holanda. «Ahora vemos a China como otro poder imperialista que busca la dominación y la explotación del pueblo filipino», añadió en declaraciones al 'South China Morning Post'.

Su formación es minoritaria en la excolonia española y todo apunta a que, si sobrevive, la lucha de su brazo armado no tendrá mucho éxito en los próximos 50 años. Pero en el camino seguirá habiendo sufrimiento. Lo demostraron los guerrilleros en diciembre, cuando se hicieron con 14 rehenes tras un ataque a un puesto militar, o en ataques esporádicos como el que en marzo se cobró la vida de un policía. «Les dispararé aunque se rindan, porque no merecen clemencia», les advirtió Rodrigo Duterte. «No los consideréis revolucionarios. Son simples bandidos», añadió el polémico presidente, proclive también a apretar el gatillo: a balazos combate a los guerrilleros de Maute, la franquicia del Estados Islámico en Filipinas, y rechazó la oferta que le hizo el Frente Moro de Liberación Islámica, con el que Manila firmó un alto al fuego en 2014, para mediar y evitar el baño de sangre que terminó asolando la ciudad sureña de Marawi.

Adolescentes armados

Ese maoísmo que defiende el NEP también inspiró a los guerrilleros nepalíes y sigue vivo en países como India. En las colinas boscosas del país de Gandhi, los naxalitas llevan más de cuatro décadas luchando por la instauración de un Estado comunista que acabe con lo que consideran un régimen semifeudal burgués. Muchos de sus 10.000 combatientes pertenecen a minorías étnicas, para las que también exigen una mayor autonomía en el Estado federal. Para Delhi, una vez más, los naxalitas no son más que terroristas que desestabilizan al país y ponen en peligro su desarrollo económico y social.

Pero si hay un país asiático en el que la insurgencia tiene poder, ese es Myanmar. En la antigua Birmania todavía están activos una veintena de grupos guerrilleros que suman unos 100.000 combatientes y que controlan gran parte de la periferia del país. Son tantos, y tienen tanto poder, que incluso se reúnen en congresos para sumar fuerzas frente al Gobierno. No obstante, algunos también batallan entre sí. Todos pertenecen a algunas de las 134 minorías étnicas que componen el complejo mosaico social del país y exigen mayor autonomía en un Estado federal o incluso la independencia. Algunos controlan amplias zonas del territorio nacional y gestionan estados independientes 'de facto'. Este corresponsal pudo visitar tanto el del Ejército Independentista Kachin (KIA, por sus siglas en inglés), en la frontera con China, como el del Ejército de Liberación Nacional Karen (KNLA), frente al territorio de Tailandia. Ambos tienen exigencias similares y pertenecen a etnias mayoritariamente cristianas, pero sus estrategias divergen: el primero continúa en guerra mientras que el segundo ha firmado la tregua nacional propuesta por el Gobierno. El KNLA se financia sobre todo a través de los impuestos que recolecta en su área de influencia, pero el KIA tiene otros negocios más turbios: la suya es una zona rica en minerales como el jade y metales como el oro, y el grupo también está acusado de lucrarse con el tráfico de drogas.

Entre sus filas tampoco faltan adolescentes. La mayoría asegura que está todavía en la fase de entrenamiento propia de los nuevos reclutas, y muestran sus armas talladas en madera para probarlo, pero otros cuya edad despierta sospechas razonables ya cargan con uno de los fusiles que se fabrican de forma artesanal siguiendo las formas que Kalashnikov le dio a su mítico AK-47. «Queremos luchar por la libertad de nuestro pueblo», comenta una combatiente del KIA de 16 años. Los grupos guerrilleros siempre esgrimen ideales nobles. Cómo quieren hacerlos valer ya es otro cantar.