Cierra un restaurante a orillas del Cantábrico tras 93 años de andadura: «Ahora es tiempo de disfrutar»
La Marina cierra sus puertas de manera definitiva en Castro Urdiales tras casi un siglo de andadura
J.M.
Jueves, 27 de noviembre 2025, 06:44
El olor a sopa de pescado, calamares en su tinta y caracoles de San Andrés ya forma parte de la memoria sentimental de Castro Urdiales tras el cierre del restaurante La Marina, uno de los locales más emblemáticos del municipio a orillas del Cantábrico que ha bajado definitivamente la persiana, poniendo fin a una trayectoria de 93 años.
Sus últimos responsables, Ricardo Castillo y su mujer, Laura Trenco, se jubilan tras 27 años al frente del negocio y cierran un periplo que se remonta a 1932, cuando esta casa de comidas abrió por primera vez sus puertas.
«La hostelería es un poco esclava», reconocía Ricardo en los micrófonos de Más de Uno Castro Urdiales tras darse a conocer la noticia del adiós de La Marina. Nieto de los fundadores, ha pasado prácticamente toda su vida vinculado al local de La Plazuela, que no solo fue negocio familiar, sino también hogar. «Yo nunca he podido separar el negocio de la casa, porque nací allí. Mis primeros 16 años los viví en La Marina», recordaba. Sus abuelos se hicieron con el establecimiento a su regreso de Cuba y, desde entonces, tres generaciones han mantenido vivo el restaurante y la pensión en el mismo edificio.
Con Laura llegó la tercera etapa de esa historia. Madrileña, pero con raíces castreñas, conoció a Ricardo en 1991 y poco después dejó su trabajo para instalarse en Castro. Fue su suegra quien la convenció para incorporarse al negocio familiar. «Ha sido un trabajo muy duro, pero hemos estado juntos y estamos orgullosos de lo que hemos sacado adelante».
Con los años, el matrimonio decidió separar vida y negocio y dejar de vivir «encima del restaurante»: «Era una locura, 24 horas pendiente. Por la noche te tocaban a la puerta de la pensión, problemas con habitaciones, con el gas… No desconectabas nunca», explica Ricardo.
Tres generaciones en La Marina y un pueblo entero en sus mesas
La Marina ha sido durante décadas un punto de encuentro para vecinos, veraneantes y visitantes ilustres. Por sus mesas han pasado toreros como El Cordobés —al que un Ricardo adolescente pidió una entrada para la plaza—, artistas, turistas franceses en los años del boom del turismo europeo y generaciones enteras de familias castreñas.
En los años 60 y 70, el local combinaba restaurante y pensión completa con desayunos, comidas y cenas para más de un centenar de personas alojadas no solo en las habitaciones de La Marina, sino también en casas particulares del pueblo, que se alquilaban en verano por mediación del propio establecimiento. «A los franceses les encantaba, les parecía algo exótico, folclórico», recuerda Ricardo.
El restaurante también fue escenario de incontables celebraciones. Muchos matrimonios de la localidad se casaron allí, cuando las bodas eran más pequeñas que ahora pero mucho más frecuentes: «Había años con ocho bodas al mes», rememora.
Sabores, olores y un estilo de vida
Si algo queda grabado en la memoria de Laura y Ricardo son los olores de la cocina. Él guarda el recuerdo de las antiguas cocinas de carbón, el café molido a mano antes de ir al colegio y el trajín continuo desde primera hora de la mañana. Ella, que se incorporó ya a una etapa más moderna, se queda con el aroma de los caracoles de San Andrés, los calamares en tinta, la sopa de pescado y los pasteles caseros que elaboraba su suegro, desde la masa hasta el último detalle.
La hostelería, sin embargo, también ha dejado su factura con jornadas interminables, veranos sin descanso y festivos trabajando mientras el resto disfrutaba. «Tres meses sin librar ni un día», cuentan. Solo en los últimos años comenzaron a cerrar los martes, y nunca en temporada alta. «Las fiestas, el Coso Blanco, la Virgen del Carmen… siempre las veíamos desde la puerta, trabajando. Ahora queremos verlas desde el otro lado», confiesan.
Ricardo cumplirá 69 años el próximo año y podía haberse jubilado ya antes, pero su idea era aguantar «un añito más». Sin embargo, el final ha llegado antes de lo previsto por una cuestión ajena a su voluntad. «Mi pena es no haber podido traspasar el negocio para que continuara La Marina. Ese no era el final que yo hubiera querido. La Marina como tal desaparece. Está desmontada entera, ya no queda nada, ni cocinas ni nada», lamenta.
La despedida deja un poso de tristeza, pero también de alivio y esperanza. «Ahora llega el tiempo de disfrutar un poco de la vida, de los hijos y de las cosas que no hemos podido hacer», asegura Laura. Entre los planes de la pareja: pasear con su perra, viajar y, sobre todo, ir a pescar, una afición que comparten y que, hasta ahora, siempre quedaba supeditada al calendario del restaurante.