«Síndrome del edificio enfermo»: cuando el foco de la infección es el trabajo

Conducto de ventilación sucio./
Conducto de ventilación sucio.

Se estima que una tercera parte de los edificios de nueva construcción provocan descalabros en la salud de las personas que los habitan o trabajan en ellos

PEDRO GARGANTILLA

El asma, la bronquitis, las erupciones cutáneas, las alergias respiratorias, las náuseas, los vértigos, la fatiga mental, la somnolencia… son un compendio de síntomas que pueden ser producidos por un síndrome que ha cumplido más de un cuarto de siglo: el «síndrome del edificio enfermo».

Además de todo este universo de síntomas existe una entidad clínica específica: la lipoatrofia semicircular. Consiste, básicamente, en la pérdida de tejido graso bajo la piel, de forma semicircular y que dibuja manchas u hoyuelos a nivel de glúteos y muslos.

Esta enfermedad se relaciona con los efectos electromagnéticos o electrostáticos sobre el tejido graso, si bien hasta la fecha su patogénesis sigue siendo objeto de discusión en la comunidad científica.

Como es fácil imaginar, todos estos problemas de salud son una causa importante tanto de un bajo rendimiento laboral como de un elevado absentismo por parte de los que lo padecen.

Mala ventilación y cargas eléctricas

Fue en 1982 cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió el síndrome del edificio enfermo como un conjunto de molestias y enfermedades ocasionadas por la mala ventilación, la descompensación térmica, las cargas iónicas y electromagnéticas, así como las partículas en suspensión y vapores de origen químico y bioaerosoles.

Se estima que su incidencia es más elevada de lo que se pensaba, ya que afecta, al menos, a una tercera parte de los edificios de nueva construcción y rehabilitados. Entre ellos se encuentran no sólo edificios de oficinas, también escuelas, guarderías, centros comerciales e, incluso, viviendas.

En España hemos tenido varios casos llamativos como los de la Torre Agbar de Barcelona, la Ciudad de la Justicia de Málaga o la sede central de Gas Natural, en la Barceloneta.

Es una de las consecuencias derivadas de la ingeniería y arquitectura vanguardista, plantas diáfanas, con cristales que se prolongan desde el suelo hasta el techo, herméticamente cerradas y con un sistema de climatización lacrado, que neutraliza la temperatura exterior. Son auténticas jaulas electromagnéticas.

El exceso de agua en el ambiente favorece la proliferación de bacterias, hongos y ácaros. Además de estos patógenos, los expertos han encontrado más responsables, como son el gas radón, las fibras de vidrio, el asbesto, el dióxido de carbono o productos químicos (formaldehído, benceno o tricloroetileno).

En cuanto a las cargas eléctricas, hay personas que tienen una especial sensibilidad a las mismas y pueden verse afectadas debido a que el mobiliario de madera tradicional ha dado paso a otros fabricados en metal, que encubren la electricidad estática.

Por otra parte, los avances tecnológicos –señales de WIFI, cargas inalámbricas- han provocado que la exposición a las señales electromagnéticas sea una constante en nuestros puestos laborales.

Se puede prevenir

Hay una serie de recomendaciones básicas para prevenirlo y combatirlo, como son la limpieza periódica de los conductos de ventilación, mantener una temperatura entre los veintidós y veinticuatro grados Celsius, así como mantener la humedad en torno al cuarenta y cinco por ciento.

Además, es conveniente utilizar tomas de tierra o plantas para controlar la electricidad estática. También es importante que el ruido ambiental se encuentre por debajo del límite recomendado de los 50 decibelios, ya que se ha comprobado que valores superiores puede ser el origen de la fatiga que padecen algunos empleados.

En cualquier caso, es necesaria la coordinación de expertos multidisciplinares –arquitectos, ingenieros, médicos, autoridades políticas- para abordar de una forma eficiente la construcción de edificios que eviten daños innecesarios en la salud de sus ocupantes.