El fuego griego, la terrible arma secreta de la Edad Media que no se apagaba ni con agua

El fuego griego, la terrible arma secreta de la Edad Media que no se apagaba ni con agua

Este invento salvó al Imperio bizantino y frenó la expansión de los árabes en los siglos VII y VIII. Su fórmula fue un secreto de estado que se acabó perdiendo

GONZALO LÓPEZ SÁNCHEZ

«La sangre caía desde lo alto de su cabeza confundida con el fuego, y las carnes se desprendían de sus huesos, como lágrimas de pino, bajo los invisibles dientes del veneno. ¡Terrible espectáculo!». Esta espantosa escena de «Medea», de Eurípides, describe un arma incendiaria cuyas voraces y pegajosas llamas no solo no se pueden apagar con agua, sino que se avivan con ella. El fuego consume la ropa y se adhiere a la carne, hasta llegar a los huesos, tal como el napalm devoraba a sus víctimas durante la Guerra de Vietnam.

Un milenio más tarde de que se representase la escena, en el siglo V a.C., la historia haría realidad el arma de ideada por la bruja Medea, y se inventaría un fuego pegajoso e imposible de apagar con agua, un fuego frente al que no protegería la mejor armadura ni la mayor de las destrezas en combate. Se trata del fuego griego: un arma naval terrible, capaz de reducir flotas enteras a cenizas y que evitó la caída del Imperio bizantino y frenó la expansión del Islam.

«El fuego griego cambió la historia», ha explicado a ABC José Soto Chica, investigador de la Universidad de Granada experto en la historia bizantina y que aborda la importancia del fuego griego en « Imperios y bárbaros. La guerra en la edad oscura» (Desperta Ferro). «Si este arma no hubiera aparecido, la Europa de hoy no existiría, sería islámica», ha incidido.

En el siglo VII la expansión árabe era imparable por tierra y mar. En solo una generación, los árabes habían conquistado Siria, Palestina y Egipto, y los bizantinos estaban debilitados por su larga guerra contra la Persia sasánida. Los musulmanes capturaron el importantísimo puerto de Alejandría y construyeron una flota colosal, con la que se lanzaron a la conquista de la capital de lo que quedaba del Imperio romano: Constantinopla. Los árabes asediaron la ciudad en dos ocasiones, una entre el 674 y el 678 y otra entre el 717 y el 718. A pesar del titánico poder desplegado por el Islam, según las fuentes históricas la segunda flota de invasión reunió 1.700 naves y 200.000 hombres, el fuego griego arrasó las líneas de los atacantes.

Fuego y furia para los enemigos del Imperio

En el año 678 los bizantinos salieron al encuentro de la enorme flota árabe con unos dromones equipados con depósitos llenos de líquido inflamable y provistos de unos largos tubos de metal. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, los bizantinos liberaron el terrible poder de su arma secreta. «El enemigo veía un fuerte resplandor, mucho humo y un ruido estruendoso», ha descrito José Soto Chica. De las bocas de metal de los dromones bizantinos salió una especie de arco en llamas, como un rayo, que alcanzaba una distancia de 50 a 60 metros y que destruía cuanta nave alcanzaba.«Los enemigos temblaban de miedo», escribió el historiador bizantino Teófanes. El fuego, «se aferra a todo lo que toca, incendiando al instante cualquier material orgánico: los cascos de los barcos, los remos, las velas, el aparejo, la tripulación y sus vestimentas. Nada permanece inmune», pues incluso «saltar al agua resultaba inútil para apagar las llamas».

El fuego ardía sobre el mar, se avivaba al echarle agua y era pegajoso y adherente. Muchos hombres preferían morir ahogados antes que acabar devorados por el fuego griego. «Si el arco de fuego tocaba un barco, este se iba a pique», explica Soto Chica. «En una batalla, dos barcos con tres sifones –los lanzadores de fuego griego– podían acabar con 500 naves enemigas». El fuego griego fue, según el historiador Alfred Crosby, la introducción en la guerra naval de «algo nuevo, espantoso, inflamable y que se podía arrojar a distancia». «Todo hombre al que toca se sabe perdido, todo barco atacado con él termina devorado por las llamas, escribía un cruzado en el 1248.

El arma que detuvo a los árabes

La consecuencia más inmediata del uso del terrible arma fue que Constantinopla se salvó. «La derrota en los dos asedios fue un Stalingrado para los árabes», ha señalado Soto Chica. En relación con la batalla del 718, «fue una derrota tan gravosa, que la expansión militar de los árabes se detuvo en todo el mundo. El Califa pensó incluso en abandonar Al-andalus, en la otra punta del Mediterráneo, porque se veía sin recursos».

Sencillamente, los árabes no podían enfrentarse a la que fue el arma más devastadora de la cristiandad durante siete siglos. Tanto es así, que desde tiempos del emperador bizantino Romanos II (959-963) se consideraba que tres cosas jamás debían caer en manos extranjeras: las joyas imperiales, una princesa real o el secreto del fuego griego. Este último fue el único que, en efecto, jamás fue capturado por los enemigos del Imperio. De hecho, con la muerte de sus custodios, el secreto se perdió para siempre en el siglo XII.

Kallinikos, el inventor del arma

El origen de este arma se pierde en la leyenda. Según una tradición, la fórmula fue susurrada por un ángel al emperador Constantino el Grande, el primer emperador cristiano, en el 300 d.C. Pero, tal como escribe Adrienne Mayor, en « Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones» (Desperta Ferro), «en realidad, no apareció de la nada; mediaron siglos de observaciones, descubrimientos y experimentos con combustibles como el azufre, la cal viva y la nafta». Así surgieron diversas fórmulas con nombres como fuego líquido, maltha, pyr automaton, fuego marino, fuego salvaje, fuego volador, oleum incendiarium o la naft abyad. Finalmente, llevaron a la invención que los cruzados apodaron «fuego griego» en el siglo XIII, si bien es cierto que el término se generalizó y se comenzó a usar para hablar de armas incendiarias menos poderosas. Paradójicamente, los bizantinos nunca lo llamaron así, sino fuego marino o fuego brillante.

La primera aparición del fuego griego ocurrió en al año 673. Por entonces, las armas incendiarias se usaban desde hacía más de 1.000 años y, de hecho, el arma de asedio favorita de los árabes eran unas catapultas capaces de lanzar vasijas llenas de nafta, un líquido ligero e inflamable derivado del petróleo. Pero un ingeniero con grandes conocimientos de alquimia, de nombre Kallinikos huyó de las actuales Líbano o Egipto, conquistadas por los árabes, y llegó a Constantinopla en el 668. Allí, le ofreció al emperador un secreto capaz de ensombrecer a cualquier arma incendiaria de entonces: «Ya había sustancias inflamables, pero nadie consiguió la potencia y las extrañas cualidades del fuego griego», ha dicho José Soto Chica.

El funcionamiento del temible lanzallamas naval

Kallinikos empleó una nada extraordinaria mezcla de resina y nafta calentadas, y probablemente mezcladas con azufre y cal viva, pero añadió unas sales como comburente capaces de desencadenar una furiosa deflagración. Según Soto Chica, es probable que estas sales fueran óxidos de magnesio y nitrato potásico.

El fuego griego no solo dependía del secreto de la receta. Con la ayuda de Kallinikos, los bizantinos desarrollaron el proceso de destilación y un complejo sifón –siphon–, un artilugio diseñado para calentar el combustible y lanzarlo a presión a través de unos tubos de bronce (streppon) que se podían apuntar contra los navíos enemigos y que se basaban en los conocimientos de hidráulica y neumática de los antiguos griegos.

Dos operarios –siphonarioi– debían calentar una caldera con la mezcla de resina refinada y la nafta, usando balas de lino prensadas, e inyectar aire a presión con fuelles. Otro operario orientaba el tubo por el que debía salir el arco de fuego, que a veces estaba rematado por la figura de un animal furioso o un dragón. Según Soto Chica, es probable que antes de lanzar su mortífera carga, el operario introdujera un paquete de sales en la boca del tubo.

Cuando la mezcla brotaba de las entrañas de la caldera y entraba en contacto con las sales, se producía una potente deflagración, un rugido similar a un trueno y una nube de humo. Gracias a la naturaleza de la mezcla, las llamas del fuego griego solo podían apagarse si se ahogaban con arena o usando orina vieja o vinagre.

Un secreto vitalicio

El poder del arma fue tal, que los bizantinos consideraron un asunto de estado el mantener en secreto los mecanismos y la receta del arma. Según José Soto Chica, el secreto solo lo conocía el emperador y algunos miembros de la familia Lambros (que significa «brillantes»), descendientes de Kallinikos, que se lo pasaban de padres a hijos, y que vivieron en el puerto Cesáreo hasta el siglo XII. «Esta familia vivía en el barrio de los fabricantes. No podían salir de allí ni tener contacto con el exterior, salvo a través de un sacerdote», ha señalado el investigador.

El fuego griego era un arma muy compleja que requería usar barcos especializados, hacer una complicada destilación, fabricar dispositivos muy sofisticados y un avanzado entrenamiento. Esto facilitó que el conocimiento del arma estuviera altamente compartimentalizado, de forma que cada técnico u operador solo conociera los secretos de uno de los componentes. Todo esto dificultaba que un enemigo pudiera saber cómo funcionaba el conjunto.

Los múltiples enemigos del Imperio trataron de copiar este arma, pero sin el conocimiento de la receta secreta, solo pudieron obtener versiones menos poderosas. En el año 814, los búlgaros capturaron 36 sifones llenos de combustible, pero no supieron cómo usarlos ni mucho menos, como copiar su tecnología. En el 827, los árabes capturaron un sifón y diseñaron con éxito sus propias versiones para lanzar mezclas de resina y nafta, pero era posible apagarlas con grandes cantidades de agua.

El fuego griego se llegó a usar en tierra en batallas de asedio, como en la toma de Preslav (Bulgaria) e incluso se desarrolló una versión portátil (cheirosiphon), todo un lanzallamas medieval. Pero su uso más relevante fue en el mar: aparte de romper los importantes asedios árabes en el 673 y en el 718, se empleó con éxito en batallas navales en los siglos X y XI contra flotas rusas.

El final del Imperio bizantino

En opinión de José Soto Chica, el fuego griego provocó un desequilibrio en la guerra naval comparable al de la aparición de la artillería. Sin embargo, este as en la manga del Imperio bizantino tuvo su punto final.

En el 1185 una gravísima revuelta en Constantinopla provocó incendios y matanzas. El puerto Cesáreo ardió y la familia Lampros fue asesinada. Cuando el emperador recuperó el control y examinó las ruinas, descubrió que el secreto se había perdido. Desde ese momento, según Soto Chica, los bizantinos solo pudieron usar un sucedáneo menos potente y similar al empleado por árabes o venecianos.

Dos décadas después, en 1203, la cuarta cruzada fue desviada por el dogo veneciano y arrasó Constantinopla, sellando para siempre el destino del Imperio bizantino. «Desde entonces, el imperio siguió existiendo, pero ya como una potencia menor», ha explicado Soto Chica.

Alrededor del 1452, al igual que Kallinikos casi 800 años antes, otro ingeniero determinó el destino del antiguo Imperio romano de Oriente. En esta ocasión, un ingeniero húngaro de nombre Orbón le ofreció al emperador bizantino un revolucionario invento: una potente bombarda terrestre capaz de derrumbar las murallas más fuertes. Sin embargo, el emperador Constantino XI no tenía dinero suficiente para pagarle y carecía de materiales para fundir los cañones.

Orbón dejó Constantinopla y ofreció sus servicios al sultán otomano Mehmed II, quien le contrató y le dio abundantes recursos. Así fue como construyó un inmenso cañón y otros más pequeños que machacaron sin piedad las legendarias murallas de Constantinopla. Finalmente, en 1453 cayo el Imperio bizantino y temblaron los pilares del mundo medieval.

La larga historia de las armas incendiarias

El fuego griego es la culminación de una larga tradición de armas diseñadas para un infame objetivo: achicharrar al enemigo. Tal como narra Adrienne Mayor, en « Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones» (Desperta Ferro), la variedad de armas empleadas para tal fin es pasmosamente variada: de las flechas incandescentes o cubiertas de estopa ardiente se pasó a emplear la resina de pino, a la brea y a su destilado, la trementina, para crear proyectiles altamente incendiarios. Gracias a estos ingenios fue como en el 429 a.C. los espartanos hicieron estallar una gran pila de leña, empapada de resina y azufre, para hacer arder las empalizadas de Platea y producir gases altamente tóxicos, tal como escribió Tucídides.

El armamento incendiario se usó con más frecuencia en asedios y en batallas navales, ya fuera usando auténticas lanzas ígneas capaces de desbaratar al enemigo o proyectiles para incendiar los barcos del rival. Durante el asedio de Tiro, en el 332 a.C., Alejandro Magno tuvo que enfrentarse a barcos incendiarios y a diabólicas descargas de metralla incandescente y arena fundida capaces de introducirse bajo las armaduras.

En Siracusa, Arquímedes, el brillante matemático y filósofo, diseñó catapultas capaces de lanzar proyectiles incendiarios y grúas para destruir las naves romanas por encargo del rey Hierón. Pero su arma más famosa es un rayo calórico. Según los relatos antiguos, hizo pulir los escudos de bronce de unos soldados para crear una parábola con la que reflejar la luz solar y hacer arder los aparejos de las naves romanas. La escuadra de Claudio Marcelo quedó reducida a cenizas.

A la altura del siglo II d.C. comenzó a pensarse en las aplicaciones militares del pyr automaton, «fuego espontáneo o automático», que permitía que antorchas empapadas siguieran ardiendo después de sumergirse en el agua. Estaba compuesto de azufre, cal viva y otras sustancias. En otros casos, este pyr automaton se creaba almacenando herméticamente azufre, brea (resina de pino, pegajosa y muy inflamable), nafta y cal viva, de forma que, al contacto con el agua, esta sustancia hacía que la mezcla entrara en ignición. Y así fue como, poco a poco, surgieron armas incendiarias más complejas.

El poderoso petróleo

En esa historia tiene gran importancia el petróleo, muy abundante en Oriente Medio, y que desconcertaban a persas, babilonios o judíos por los fenómenos de los fuegos líquidos o los pozos de gas que ardían a perpetuidad. El petróleo tiene varios derivados, todos ellos combustibles, como el gas natural, y líquidos, como la nafta, pasando por el pesado petróleo en bruto, el betún alquitranado o el asfalto.

«Parece que el principal objetivo de las sustancias combustibles derivadas del petróleo líquido fue siempre calcinar vivos a los enemigos, para provocarles un sufrimiento extremo y unas gravísimas heridas», escribe Adrienne Mayor. Los legionarios romanos que persiguieron al rey Mitrídates, tuvieron que soportar ataques con nafta, que formaban auténticos torrentes de llamas: «la nafta parecía saltar hacia cualquier chispa e incendiaba el aire que hallara en su camino y era tan pegajosa que las llamas perseguían a quien intentaba huir. El agua no resultaba de ninguna ayuda, pues lo único que hacía era reaviviar la combustión».

El fuego convencional ya resultaba bastante malo, pero el provocado por sustancias químicas exotérmicas, que potenciaban su naturaleza pegajosa o que aumentaban las temperaturas, intensificaban su poder de destrucción en la piel, órganos internos o incluso los huesos. Además, según Mayor, prolongaban la agonía de las víctimas, infligían dolores insoportables y heridas incurables.

En tiempos de Mahoma, en el siglo VII d.C., los proyectiles de nafta eran el arma de asedio favorita en Oriente Medio. Según tratados árabes, persas y mongoles, la nafta fue inventada por Aristóteles, el mentor de Alejandro Magno. Fuera como fuera, en el siglo IX los abbasidas crearon unas tropas de élite, los naffatun (soldados de nafta), dotados con uniformes de amianto (por entonces conocido como hajar al-fatila), que aterrorizaban a sus enemigos al embadurnarse con nafta y cubrirse de llamas, o sencillamente por su poder real de abrasar a quienes se les oponían.