El cerebro de la montaña

Se empezó a construir en 1982 y hoy se distribuye en tres grandes salas de trabajo. / FOTOS: ANTONELLO NUSCA
Se empezó a construir en 1982 y hoy se distribuye en tres grandes salas de trabajo. / FOTOS: ANTONELLO NUSCA

Dentro del pico del Gran Sasso y bajo 1.400 metros de roca, se halla el laboratorio subterráneo más grande e importante del mundo. Es el orgullo de la ciencia italiana

DARÍO MENOR

Más de diez kilómetros mide el túnel que atraviesa el Gran Sasso, el pico más alto de la cordillera de los Apeninos con sus 2.912 metros. Es una montaña de roca que impone al verla de lejos. En mitad del túnel, que se hace largo hasta para los que no son claustrofóbicos, hay una salida de la autovía. La primera vez que se pasa por allí con el coche resulta inquietante. Una barrera impide el paso y, un poco más adelante, se ve un enorme portón metálico. El cartel que anuncia el desvío tampoco le aclara mucho a los profanos hacia dónde lleva: «I.N.F.N. Laboratorio Gran Sasso». La imaginación se desata y resulta inevitable ponerse a fantasear con las investigaciones que se llevarán a cabo ahí dentro, al abrigo de la montaña y de las miradas de los curiosos.

«Este es el laboratorio subterráneo más grande e importante del mundo». Antonio D'Addabbo es uno de nuestros cicerones en la visita a esta peculiar instalación formada por tres grandes salas de unos 100 metros de largo, 18 de ancho y 20 de alto, que acogen 15 experimentos en diversas fases de desarrollo, pero unidos por una necesidad común: precisan de una radioactividad lo más baja posible. «Todos nosotros estamos continuamente siendo atravesados por rayos cósmicos. Nuestros proyectos son extremamente raros y necesitan no ser perturbados por esa radiación. Ese ambiente se consigue aquí, al estar bajo 1.400 metros de roca dentro del Gran Sasso. Mientras que fuera hay un rayo al segundo por cada superficie similar a un palmo, aquí dentro hay sólo un rayo a la hora por cada metro cuadrado», explica D'Addabbo, estudiante de posdoctorado del Instituto Nacional de Física Nuclear (INFN), el organismo italiano del que depende el Laboratorio Nacional del Gran Sasso (LNGS), construido en los años ochenta. Alrededor de un millar de científicos de 25 países, entre ellos España, trabajan en turnos de hasta 200 personas al mismo tiempo para estudiar astrofísica nuclear y física fundamental, descubrir qué es eso a lo que se le llama materia oscura o intentar domar los neutrinos, las partículas de la materia más ligeras y sin carga eléctrica.

Visitar el LNGS provoca dos sentimientos inmediatos: fascinación y miedo. El primero viene por estar en un lugar único en el mundo y que los científicos italianos consideran un orgullo nacional, donde se trabaja para intentar saber cómo nació el universo o cómo es el funcionamiento de una estrella. El segundo, por saberte tan lejos del aire libre y tan dentro de la montaña, dependiente de un sistema de ventilación que bombea 35.000 metros cúbicos de aire a la hora y de un autobús que, si su motor no se rompe, te tiene que sacar de allí para permitirte volver a ver el sol, los árboles y el magnífico paisaje de los Apeninos.

Al laboratorio se llega por un túnel de 10 kilómetros y la temperatura es de 7 grados en su interior

Para intentar combatir el canguelo sirve de poco el casco que te entregan nada más comenzar la visita o el vídeo de trece minutos sobre seguridad que toca ver antes de meterte en el túnel. Por fortuna, es el sentimiento de fascinación el que prevalece al empezar a caminar por la red de vías subterráneas que conectan las tres salas principales, en las que hace fresco (la temperatura es de unos 7 grados centígrados) y se escucha de fondo el ruido de las bombas que sacan el agua que se filtra por entre las rocas. El ambiente de película futurista al que recuerda este lugar provoca que el visitante se deje llevar y acabe olvidándose del miedo inicial.

«Este es LVD, siglas en inglés de 'Large Volume Detector', un experimento para recabar información cuando una supernova explote en nuestro entorno», ilustra Stefano Di Lorenzo, un joven de 27 años que estudia el doctorado en el Gran Sasso Science Institute, un centro académico vinculado al INFN. «LVD se construyó en 1992, cinco años después de la última explosión de una supernova, que es el estadio final de una estrella. Las estadísticas nos dicen que cada 30 o 40 años se produce una de estas explosiones, por lo que es fácil que estemos cerca de una. LVD nos podría proporcionar información muy valiosa sobre cómo funciona el universo», cuenta el joven, que también ejerce de cicerón voluntario en el laboratorio.

Ni una gota de sudor

Varios de los proyectos de investigación instalados en las tres salas del LNGS están dedicados a estudiar la naturaleza y el funcionamiento de los neutrinos. Uno de ellos es CUORE, dedicado a descifrar «la naturaleza más íntima» de estas partículas. Para ello se utilizan cristales de óxido de telurio refrigerados a 273,14 grados bajo cero. «Es el metro cúbico más frío del universo», apunta orgulloso Di Lorenzo. Este experimento es tan delicado que los científicos tienen que cubrirse por completo con un mono, guantes, máscara y gafas cada vez que trabajan con él. No es para proteger su salud, sino para evitar alterar la investigación. Una gota de sudor bastaría para dar todo al traste. En CUORE colaboran 15 universidades de todo el mundo, algo habitual en los proyectos de este laboratorio subterráneo, algunos de los cuales tienen un coste que supera los diez millones de euros.

Junto a los neutrinos, el otro gran campo de estudio del LNGS es la materia oscura. Así llaman los científicos a la mayor parte de la masa del universo (alrededor del 85%) porque no es luminosa: ni emite ni absorbe radiación electromagnética. Uno de los experimentos que trata de saber más sobre las partículas que podrían formar la materia oscura es XENON1T, que consiste en un contenedor cilíndrico lleno de una tonelada de xenon líquido. La alta capacidad que ese material tiene para provocar chispas puede ayudar a descubrir qué es la materia oscura y saber así algo más sobre la composición de nuestro universo. «Son impensables los descubrimientos que pueden llegar de los experimentos que se hacen aquí dentro -reconoce D'Addabbo-. Si conseguimos controlar los neutrinos puede cambiar nuestro modo de entender el mundo. Basta pensar cómo se modificó la vida del hombre cuando se dominó la electricidad».

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