La burbuja de los tatuajes se agiganta

Solo en Donostia el número de licencias ha crecido un 133% en la última década. Las redes sociales han ayudado a multiplicar su presencia en las calles

Arkaitz se dispone a tatuar a un cliente/Eneko Pérez
Arkaitz se dispone a tatuar a un cliente / Eneko Pérez
ENEKO PÉREZ

La era de la digitalización ha supuesto en los últimos 20 años el desborde de un inmenso torrente de información que ha inundado las calles y hogares de nuestras ciudades. Tanto es así, que se podría decir que la perspectiva del mundo que tiene la sociedad ha cambiado significativamente. ¿Pero, tan grande ha sido esta revolución? Ateniéndonos a un campo concreto como el de los tatuajes, se vislumbran motivos para creer que sí. Cada vez son más los que creen que llevar la piel marcada de tinta no es algo malo ni propio de entornos marginales, como se podía pensar antes. Y cada vez son más los que llevan tatuajes. Estudiantes, empresarios, profesores, médicos, jubilados… La democratización del tatuaje sigue, año a año, ganando mucho peso. Pero, ¿esta corriente de los últimos años, es una tendencia pasajera o se ha instalado definitivamente entre nosotros?

«Bajo mi punto de vista, es una moda pasajera, todo es cíclico. Ahora parece que hay una mayor apertura al tatuaje, y además se está viendo mucha especialización en el sector, algo que ha contribuido a que la oferta haya crecido», sugiere Elena Daprá, psicóloga clínica, fototerapeuta, experta en 'coaching' y miembro activo del Colegio de Psicólogos de Madrid, y que, además, tiene muchos conocimientos en este campo. Los datos hablan por sí solos. Según unas cifras aportadas por la Unión Europea en 2016, por aquel entonces se estimaba que «el 12% de la ciudadanía europea tenía, al menos, un tatuaje en su piel». Un porcentaje que, según el mismo estudio, se eleva hasta el 24% en el caso de Estados Unidos. Igualmente, tal y como apunta la Academia Española de Dermatología y Venereología, «en países como Finlandia, Francia o Alemania, aproximadamente el 10% de la población tiene uno, elevándose a un tercio o a una cuarta parte de la población entre los jóvenes». Sin ir más lejos, solo en Donostia la cifra de licencias para realizar tatuajes ha crecido desde 2008 en un 133%, pasando de 9 a 21. «Es cierto que ahora el tatuaje está masificado. Casi como comprar algo en una gran cadena textil, parece que es muy banal todo», indica Daprá.

En 2016 se estimaba que el 12% de la ciudadanía europea tenía, al menos, un tatuaje en su piel

El bombardeo constante de imágenes que ejercen las redes sociales sobre la población -sobre todo entre la juventud- ha ayudado también a expandir la pasión por los tatuajes hasta límites insospechados. Peio Subijana y Arkaitz Eraunzetamurgil regentan el estudio de tatuaje Sugaar Tattoo, de Donostia, y ambos llevan cerca de dos décadas trabajando en el sector. «Es innegable que ha habido una subida importante y evidente en los últimos años, es como una oleada», admiten, pero advierten que «esto ya lo habíamos visto, ya hubo un pelotazo parecido en los 90 con todo el tema de los tribales, la música 'grunge', la irrupción de bandas como Red Hot Chili Peppers…».

Con todo, ambos coinciden en que no se puede tachar este movimiento como una 'moda'. «No, es que no es así. Es una tradición milenaria con mucho peso a sus espaldas», defiende con vehemencia Peio. Y, en efecto, así es. Tal y como refleja el escritor Pedro Duque en su libro 'Tatuajes. El cuerpo decorado', llevar la piel marcada era una práctica generalizada en sociedades ancestrales como la de los maoríes, en Nueva Zelanda, «que afean sus impresionantes diseños faciales con muecas que distorsionan todo su rostro antes de entrar en combate. Los primeros europeos que se encontraron con estos demonios pintados -en el siglo XVIII- ni se plantearon luchar contra ellos». O también los japoneses, cuya tradición se remonta al siglo III.

Las estrellas de la televisión y de Internet han sido otro de los factores determinantes que ayudan a comprender esta explosión. «En cada época hay un detonante que sirve para entender todos estos picos y descensos del negocio. Ahora parece que es más la música pop con artistas como Rihanna, y en el mundo del deporte, los futbolistas en mayor medida», argumentan los dos tatuadores. En cuanto a la supuesta libertad de pensamiento que impera hoy en día en el imaginario colectivo, Subijana es tajante: «No somos libres, todos estamos atados a las corrientes de pensamiento en mayor o menor grado». Sin ir más lejos, ambos echan de menos algo más de «imaginación» a la hora de que la gente elija los dibujos que se quiere grabar en la piel, «aunque al final son ellos, los clientes, los que deciden», sostienen.

Los prejuicios

¿Y qué hay del miedo a mostrar un tatuaje por la calle? Paul Arrieta es un joven donostiarra y apasionado del dibujo de 28 años que lleva año y medio practicando el noble arte del tatuaje. De momento lo hace sin cobrar y solo a amigos o gente muy cercana, para ir mejorando su técnica. En este sentido, él cree que «ese estigma sigue ahí, aunque está desapareciendo. Por ejemplo, no debería afectar para nada en el trabajo, donde lo único que tendría que importar es tu actitud, tu nivel de profesionalidad y el ser un buen compañero con los demás», al tiempo que se resigna con «los que no entienden o no quieren entender por qué llevas tatuajes. Quizás el problema lo tengan ellos».

En una línea parecida se explica Elena Daprá, quien opina que «esos prejuicios están entre nosotros, no se han ido. Lo ideal sería poder juzgar a las personas por otras cosas, esa debería ser la enseñanza de todo esto». Daprá también considera que «aún existe en la sociedad un poso sobre los tatuajes de 'macarrismo' y de clase social baja… Hay miedo aún a ese poso y a la idea de pertenencia para toda la vida de esa marca en la piel».

Para Arkaitz Eraunzetamurgil, «llevar tatuajes antes era sinónimo de que la gente pensase 'uh, qué mala pinta este'. Ahora toda esa percepción ha cambiado. El que todavía los vea mal a estas alturas… Este mundo estaba vinculado con la marginalidad, la cárcel y tonterías por el estilo. Ya se ha demostrado que no tienes que ser un delincuente para llevar uno». Aún y todo, destaca que «es muy positivo que haya gente a la que no le guste llevar tatuajes, es sano que haya diversidad de opiniones».

«Aún existe en la sociedad un poso sobre los tatuajes de 'macarrismo' y de clase social baja...»

Sin embargo, si hay un colectivo al que le suele importar más bien poco los prejuicios ese es el de los jóvenes y adolescentes. Adalides de la rebeldía. Desde el punto de vista psicológico, la experta consultada admite que «es un tema delicado. Un joven, por momento evolutivo, está en contra de los padres, así que estos tienen que cuidar mucho las formas al hablar con él. Si le dices que 'no', le van a entrar más ganas». «Los jóvenes pasan por muchas emociones en la adolescencia, son muy impulsivos y lo que ellos no saben es que igual a los dos años están hartos de verse el tatuaje que se hicieron», recalca Elena Daprá, quien aconseja que «deben tener más paciencia, porque en muchos casos lo que en realidad anhelan es lo que otros tienen y ellos no. Hay que hacerles ver que ese tatuaje va a formar parte de su identidad, y eso ellos, por norma general, no son capaces de discernirlo».

«Llegado el caso, a mí me daría mucho respeto tatuar a una chica de 16 años, por mucho que sus padres le den permiso. Le pediría que se lo pensase muy bien, que hacerse un tatuaje no es ninguna broma», asevera Paul, quien se atreve a calificar al futbolista portugués Cristiano Ronaldo «como una extraña excepción, ya que es una referencia para millones de chavales pero no tiene ni un solo tatuaje. ¡Messi, que parece muy tímido, tiene varios!», puntualiza. Peio Subijana, en cambio, focaliza el tema en lo difícil que era antes siendo un adolescente marcarte la piel. «Te lo tenías que ganar tú y casi te lo tenías que hacer en secreto. ¡Si se enteraba tu madre…! Ahora puede que se esté perdiendo algo el respeto al tatuaje y su esencia. Queríamos normalizar el asunto pero parece que nos hemos pasado», revela entre risas con su socio. Palabra de tatuadores.

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