Aves de paso

Aves de paso

Cincuenta millones de ejemplares de 300 especies sobrevuelan España cada primavera para criar. Son los supervivientes de un viaje lleno de peligros

INÉS GALLASTEGUI

Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar... o no. Gustavo Adolfo Bécquer sabía mucho de endecasílabos, pero ignoraba lo dura que es la vida de la 'Hirundo rustica' y otras aves migratorias: si sobreviven a la sequía y a las tribus comedoras de pájaros en África, en el viaje de vuelta a Europa se enfrentan a las letales tormentas de arena del Sahara y, una vez cruzado el Estrecho, aún pueden chocar contra un aerogenerador, electrocutarse en un poste eléctrico, ser arrolladas por coches o trenes y resultar envenenadas por algún desalmado. Hoy se celebra su día mundial para recordarnos la belleza y el coraje de estos animales, capaces de recorrer miles y miles de kilómetros en un viaje por la supervivencia que a menudo termina mal.

Las aves no viajan por placer ni por afán aventurero, sino para comer. «En la zona tropical siempre hace buen tiempo y no necesitan moverse -explica el biólogo Alejandro Onrubia, técnico de la Fundación Migres-. Se desplazan para sobrevivir a la estacionalidad del alimento». Sea este semillas o insectos -como en el caso de los pájaros-, pequeños mamíferos y reptiles -las rapaces- o peces -las especies marinas-, cuando las condiciones meteorológicas varían y la comida escasea, necesitan moverse en busca de alimento. Huyen de los fríos del norte y el centro de Europa en busca de temperaturas más amables y un ambiente más seco en el sur y en primavera, cuando la vida estalla en sus lugares de origen, guiados por un fuerte instinto filopátrico, regresan a sus hábitats natales para emparejarse y criar.

El Estrecho de Gibraltar es un cruce entre dos de las principales autopistas invisibles que recorren unos 50 millones de aves migratorias de 300 especies. Por la vía terrestre África-Europa vuelan cada primavera unas 400.000 aves planeadoras -cigüeñas y rapaces como milanos, águilas, halcones y buitres- y varios millones de pájaros 'batidores', entre ellos vencejos, golondrinas, aviones y abejarucos. Por la ruta marítima Atlántico-Mediterráneo pasan unas 750.000 aves marinas, en su mayoría pardelas cenicientas. Eso convierte el punto más meridional de Europa en un sitio estratégico para contar ejemplares, a simple vista, con dispositivos automáticos y en estaciones de anillamiento que permiten realizar después un seguimiento exhaustivo de sus movimientos.

«Las aves son buenos indicadores de lo que pasa en el planeta» Alejandro Onrubia Fund. Migres

«Es difícil proteger a animales que nacen, comen y crían en distintos países» Ana Bermejo SEO-Birdlife

La Fundación Migres lleva veinte años haciéndolo, con ayuda de cientos de voluntarios, desde sus observatorios en la provincia de Cádiz. Y no solo para profundizar en el conocimiento de estos animales. «Son muy visibles, están en todas partes y tienen diferentes tipos de hábitat y de alimentación; por eso son muy buenos indicadores de lo que ocurre en el planeta», explica Onrubia.

En los últimos treinta años han desaparecido en Europa más de 400 millones de aves. Algunas, como las rapaces, se han visto beneficiadas por la protección frente a la caza y la recuperación de las masas forestales. En cambio, las poblaciones de especies que se alimentan de semillas e insectos han quedado mermadas por la agricultura intensiva a causa del uso de pesticidas, la eliminación en los campos de árboles que servían como lugar de cría o la expansión del monocultivo.

Que paren los molinos

Algunos riesgos que afrontan estas criaturas en el viaje son naturales. Por ejemplo, el paso de barreras geográficas como las montañas o el mar, la posibilidad de ser devoradas por depredadores o morir de inanición por la sequía en el Sahel o de ser engullidas por una tormenta de arena en el Sahara. Pero ni siquiera estos fenómenos son ajenos a la zarpa del hombre: el calentamiento global está detrás de la intensificación de los vientos desérticos y del agostamiento de la tierra. Las especies marinas sufren los efectos de la contaminación de los océanos y la sobreexplotación pesquera.

En nuestro país, otros peligros son la colisión contra cables y palas de aerogeneradores y la electrocución en los postes eléctricos. Tanto la Fundación Migres como SEO-Birdlife colaboran con la industria eléctrica para minimizar esos daños, aportando soluciones como la colocación de 'salvapájaros' en las instalaciones aéreas o la actuación de vigilantes capaces de parar durante unos segundos las aspas de los molinos eólicos cuando se acercan bandadas grandes o individuos de especies en peligro de extinción. «A las empresas les supone una disminución mínima de la producción y, en cambio, la mortalidad de las aves se reduce muchísimo», afirma el biólogo.

La persecución humana sigue diezmando a estos animales. Cada vez menos en España -aunque en abril fueron hallados en Soria 14 milanos y cigüeñas envenenados a posta- como en las zonas de invernada. Los pobladores de Cross River (Nigeria) aprovechan la concentración de millones de golondrinas en un dormidero para cazarlas por miles y comérselas. En Líbano y Egipto aguardan con avidez la migración para hartarse de disparar al cielo por deporte.

La dispersión de esos riesgos es, precisamente, uno de los principales problemas para proteger a esta fauna itinerante, explica Ana Bermejo, coordinadora del programa Migra de SEO-Birdlife: «Queremos utilizar las aves como un punto de unión entre países para mejorar las condiciones sociales y económicas en África». El turismo ornitológico, que en Norteamérica y Europa tiene un gran tirón, podría sumarse al atractivo de las rutas de los grandes mamíferos del continente negro.

Más preciso que un GPS

Las aves migratorias encierran aún muchos enigmas para la ciencia. Aunque se sabe que perciben el campo magnético de la Tierra y eso les ayuda a orientarse, sigue siendo increíble su sistema de navegación, tan preciso como un GPS. Hay pajaritos con el cerebro del tamaño de una lenteja y 8 gramos de peso que cruzan montañas, mares y desiertos para pasar el invierno en Sudáfrica y en primavera regresan al mismo árbol en el que nacieron en Finlandia.

También fascina su comportamiento social. Especies muy agresivas y territoriales en época de cría se juntan para viajar -a veces por miles, formando bandadas espectaculares-, porque esa colaboración eleva las posibilidades de éxito, apunta Onrubia.

Tanto la Fundación Migres como SEO/Birdlife capturan aves y las 'marcan' con emisores electrónicos para poder rastrear sus movimientos. Eso les ha permitido descubrir cómo afecta el cambio climático a sus hábitos migratorios. «Más del 80% de las cigüeñas europeas ya no cruzan a África; se quedan en España», explica la ornitóloga. No solo los inviernos son más benignos; ahora consiguen suficiente comida en los vertederos de basura de la Península y en los arrozales del Levante y el Delta del Ebro, donde la invasión de cangrejos americanos les proporciona un manjar rico y accesible.

Algo parecido ocurre con las golondrinas, apunta su colega. Su número ha caído un 70% en las últimas décadas; ahora muchas se quedan en Andalucía y las que cruzan el Estrecho regresan cada vez más temprano. No son todas: cientos de miles mueren en el camino. Esas no volverán.

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