Un animal de costumbres

Enric Barot, sentado a la mesa de El Giovale con una sartén de espagueti carbonara y agua de Vichy./GIUSEPPE FONTANI
Enric Barot, sentado a la mesa de El Giovale con una sartén de espagueti carbonara y agua de Vichy. / GIUSEPPE FONTANI

Enric se mudó a Formentera para dejar atrás el estrés y el trajín de Barcelona. Decidió vestir de blanco en verano y de negro en invierno. Come espagueti casi a diario..., vive despacio

FERNANDO MIÑANA

En verano, Enric Barot siempre viste de blanco. De negro en invierno. Y entre una estación y la otra..., de blanco y negro. Ya hace años que expulsó el color del armario. Más o menos desde que llegó a Formentera para instalarse y, de paso, dejar atrás el estrés de Barcelona y el trajín de su vida anterior. Un día cerró la puerta, se subió al barco y, nada más pisar la pequeña de las Pitiusas, bajó las revoluciones. A partir de ese momento comenzó a vivir despacio. Y en blanco y negro.

Hoy tiene una mesa reservada a las 13.30 horas en el restaurante El Giovale, en Sant Francesc, uno de los pequeños pueblos de la pequeña Formentera (18 kilómetros desde el puerto de La Savina, la única puerta de entrada, hasta el faro de La Mola, en la otra punta de la isla). Llega puntual, saluda a diestro y siniestro, y se sienta. Va vestido de blanco. Es verano. Una camisa remangada, unos pantalones anchos y unas sandalias. Deja el sombrero de paja en una esquina de la mesa. Y encima, las gafas de sol. No le hace falta pedir. Enric siempre toma lo mismo en El Giovale, célebre por su pasta fresca servida en sartenes, donde no sobra una mesa en todo el verano. Antes, cuando trabajaba, iba a diario. Ahora, 'solo' tres o cuatro días a la semana.

Enric espera la comanda leyendo 'Història Mundial de Catalunya', un voluminoso ensayo de casi mil páginas obra de Borja de Riquer, «un excelente historiador; muy bueno, muy bueno». Está rodeado de mesas con dos tipos de clientes: los que trabajan en Sant Francesc y los turistas. Los primeros en llegar ocupan las primeras mesas; los últimos van al final de la terraza, bajo la inmensa higuera -uno de los distintivos de Formentera, como la sargantana- que hay al fondo.

Durante una época se hospedó en el Bar Centro, siempre en la habitación 7

No tarda en llegar la comida: una sartén con espagueti carbonara y un botellín de agua de Vichy. Los ha probado cientos de veces y nunca le defraudan. Por eso, durante los años que mantuvo abierta la lavandería y la tintorería, antes de jubilarse, se comía unos cada día. «Hace años tuvimos la suerte en Formentera de que vinieran a vivir Mateo y Julia, que es una excelente cocinera. Los carbonara es uno de mis platos favoritos y aquí, en El Giovale, descubrí los mejores que he comido en toda mi vida. Tanto es así que tomé la costumbre de venir cada día, a mediodía, y luego complemento una dieta equilibrada con los desayunos y las cenas. No he encontrado en todo el mundo unos carbonara como los de Julia».

El gen 'F'

A Enric le fascina esa receta hecha con 'guanciale', la papada del cerdo, en vez de beicon, un huevo y «nada de nata ni aditivos». Lo del beicon, explica, parece ser que fue algo así como una especie invasora cuando los estadounidenses tomaron Italia durante la II Guerra Mundial. Pero lo fetén es el 'guanciale', presente en muchos otros platos de la carta.

El almuerzo se cierra siempre con un café 'shakerato'. Enric explica lo que es mientras, de fondo, se escucha el repiqueteo de la coctelera batiendo el café con un hielo. A él le gusta sin un toque de alcohol ni azúcar. Solo el café, su gruesa capa de espuma por encima y el remate de café espolvoreado. «Es la combinación perfecta. El café quita la sed y los carbonara se cocinan con mucha pimienta negra, que te deja el sabor en la boca. Cuando te tomas el café, se mezcla con la pimienta y deja un regusto exquisito en el paladar».

Formentera

La isla habo¡itada más pequeña de Baleares.
Formentera es la isla habitada más pequeña de las Pitiusas y las Baleares. Tiene una superficie de 82 kilómetros cuadrados y unos 18 kilómetros de largo.
No cayó en la tentación de ser una copia de Ibiza.
Cuando se expandió el turismo, sus gobernantes evitaron imitar el modelo ibicenco y optaron por una línea más exclusiva, limitando las construcciones y, recientemente, restringiendo los vehículos que entran en la isla.
20.700 vehículos.
Son los que forman actualmente la flota de Formentera. Unos 10.700 son de residentes. El resto, 8.000 motos y 2.000 coches, son de empresas de alquiler.
Solo hay tres lugares de procedencia.
La única puerta de entrada a Formentera es a través del puerto de La Savina (salvo que vayas en un barco particular), adonde solo llegan ferris de tres procedencias: Ibiza y, en los meses de verano, Denia y Gandía.
12.000 personas.
Son las que están censadas en la isla, aunque en los meses de invierno no llegan a la mitad los que viven allí permanentemente.

Este bohemio catalán vive en Es Cap, en el cabo de Barbaria, muy cerca del faro que hizo célebre el cartel de la película 'Lucía y el sexo' (1991), de Julio Medem, y que luego también explotó Estrella Damm en esos anuncios que daban la bienvenida al verano y que multiplicaron el interés por Formentera, hasta entonces casi desconocida. Él la descubrió mucho antes, cuando tenía 20 años y, durante un viaje a Ibiza, se escapó un día a la isla vecina. «En cuanto la vi, supe con certeza que este era mi lugar en el mundo. Y al cabo de unos años, en 1996, vine y me establecí».

«Soy una persona muy práctica y hace años decidí no preocuparme con qué ponerme» ENRIC BAROT

Ahora tiene 60 años y, después de más de veinte viviendo allí, asegura que ya tiene el 'gen F', que consiste en no vomitar ni marearse al cruzar 'Els Freus' -el agitado canal entre Formentera e Ibiza- y vivir la vida a ritmo pausado, tranquilo, sin prisas. «La isla te da la posibilidad de ser tú el que decide la velocidad a la que quieres vivir. Aquí, si quieres, puedes estresarte, pero también puedes no hacerlo. En una ciudad no hay elección». Porque hay censadas unas 12.000 personas, pero en el mes más tranquilo, febrero, solo son unos 4.000 los que viven realmente en ese terreno -el resto se empadrona para beneficiarse de las ventajas de ser residente- que los romanos convirtieron en un enorme trigal al que llamaron Frumentaria (la isla del trigo).

Se hizo su casa

Por eso los veranos son cada vez más incómodos. Los autóctonos no llevan bien las masificaciones, las colas en la única carretera que atraviesa la isla como una espina dorsal, las playas repletas de italianos presumidos y los restaurantes infestados de turistas con chanclas. Enric halló la solución con un amigo y una casa compartida, de manera que a partir de este año va a pasar los peores meses, julio y agosto, en el Pirineo, en la Cerdanya, y el resto en casa.

Enric vive en Es Cap, cuyo faro cercano hizo famoso Julio Medem con el cartel de la película 'Lucía y el sexo'.
Enric vive en Es Cap, cuyo faro cercano hizo famoso Julio Medem con el cartel de la película 'Lucía y el sexo'. / Sergi Reboredo

Cada vez quedan más lejanos los días en los que trabajó para el Ayuntamiento de Barcelona. Los del primer alcalde de la democracia, Narcís Serra, y el olímpico Pasqual Maragall. «Era funcionario, pero no de ventanilla. Entré en el equipo de Juventud y Deporte cuando no había nada en la ciudad, por herencia del franquismo, ni de juventud ni de deporte. Nos tocó organizar todo eso que ahora nos parece normal: lugares para los jóvenes, instalaciones deportivas, oferta cultural...». Después, cuando apareció la figura del objetor de conciencia -el ciudadano que no quería hacer el servicio militar obligatorio-, el Ministerio de Justicia le encargó al Ayuntamiento de Barcelona que desarrollara un plan de prestación social sustitutoria. «Un programa piloto que hice yo y que después se extendió por toda España», presume.

El siguiente cometido, coincidiendo con la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona, fue, en colaboración con la Universidad Autónoma y el Movimiento por la Paz, preparar la primera intervención de objetores de conciencia en periodo de prestación social en un país en guerra, la Yugoslavia fragmentada. «En 1992, en plenos Juegos, nos fuimos a los Balcanes. Organizamos un programa de solidaridad para los refugiados», recuerda.

«Sigo pensando que venirme aquí ha sido la mejor decisión de mi vida» enric barot

Cuando acabó la guerra regresó a Barcelona y, mientras se pensaban si lo mandaban a Colombia, pidió una excedencia para mudarse a Formentera. «Hoy, décadas después, sigo creyendo que es la mejor decisión que he tomado en mi vida», sentencia. Al principio, cuando aún trabajaba, se iba en barco el viernes por la noche, pasaba el fin de semana y regresaba el domingo por la noche. Con el tiempo, se compró un terreno en Cap de Barbaria. «Solo había un corral de cabras que fui rehabilitando. Y, mientras todo el mundo se iba a tomar hierbas a la Fonda Pepe -un histórico establecimiento de la isla-, yo me quedaba construyendo mi pequeña casita». En esa época se hospedaba en el Bar Centro, siempre en la habitación número 7, que los propietarios le guardaban religiosamente.

Ya en su casa, en el cabo, tomó una decisión. «Yo soy una persona muy práctica, tremendamente práctica, y muy organizada; no me gusta tener que improvisar y, con la ropa, ya hace años tomé la determinación de no tener que preocuparme con qué ponerme cada mañana. Así que, en un sitio como Formentera, que permite cierta informalidad, opté por el color blanco en verano, que ayuda a disipar los rayos del sol, y diferentes grosores de negro en invierno». Las cuatro patas de su entretenimiento son la ciencia, la filosofía, la música y el ajedrez. Aunque también le gustaba la pesca submarina en apnea y navegar. Y los carbonara de Julia, por supuesto.