Adiós a la tora

Se han despojado del traje negro y los tirabuzones para sentirse libres. Son jóvenes judíos que rompen con la vida ultraortodoxa para abrazar un mundo nuevo. Una organización de Jerusalén les ayuda a dar el paso

Adiós a la tora
MIKEL AYESTARAN

Fui víctima de abusos sexuales en la yeshiva (centro de estudios talmúdicos). Fue asqueroso. Al principio llegué a pensar que fue una equivocación mía, pero luego me percaté de la gravedad del asunto y me di cuenta de que no era el primero que lo sufría en casa porque a mi hermano gemelo le había ocurrido lo mismo», relata Shlomi en tono pausado y voz baja. Habla en hebreo y mezcla algunas palabras sueltas en inglés. Luce dos pendientes, pantalones vaqueros rotos en las rodillas y lía un cigarro tras otro. Realizada esta confesión se disculpa y abandona la tertulia que se ha formado en la terraza del refugio que la organización Hillel tiene en Jerusalén para acoger a aquellos que deciden abandonar el judaísmo ultraortodoxo.

A simple vista parece increíble que Shlomi haya nacido y crecido entre los fieles más devotos, aquellos judíos que viven de acuerdo a unas normas muy estrictas y separados del resto del mundo, a quienes se les conoce también como jaredíes (los que temen a Dios). Pero solo hay que sentarse y escuchar para asomarse a ese pasado ahora oculto en el nuevo aspecto de este veinteañero.

Este lugar es un refugio porque aquí se ofrece techo y comida durante cuatro meses, pero en realidad es una casa de tres plantas situada en el barrio residencial de Malha, una de las zonas más modernas y caras de la ciudad santa. Los inquilinos tienen entre 18 y 25 años y «buscan aquí un primer techo, un lugar desde el que empezar a abrirse camino en su nueva vida y a integrarse en la sociedad. Rompen de raíz con su pasado religioso, pero no saben nada de la vida secular, la tienen demasiado idealizada y necesitan ayuda desde lo más básico, como puede ser la ropa, la cocina o la limpieza, hasta cosas más complejas como aprender a relacionarse con el otro sexo o a buscar trabajo», informa Neta Duvdevani, responsable de poner en marcha para Hillel este refugio, que es uno de los tres con los que cuentan junto a los de Tel Aviv y Haifa. Pasados los cuatro meses, se ayuda a los jóvenes a instalarse en pisos subsidiados; después el Ejército suele ser una de las salidas para muchos de ellos porque allí encuentran techo, comida y un orden.

«Quería ver mundo y antes lo único que podía hacer era estudiar la Torá y obedecer al rabino»

En un primer momento Meir no quiere hablar con la prensa, pero al ver que es un medio extranjero, no hay cámaras de por medio y puede usar un nombre falso, se lleva un cigarro a la boca y se relaja. Estudiaba en la misma yeshiva que Shlomi, pero ninguno de los dos sabía cuando estaban allí que pensaban dejarlo, así que se han reencontrado en Jerusalén, lejos de su comunidad en Beitar. Hace tres años de su cambio de vida y tomó la decisión porque quería ver mundo y explorar nuevas cosas. «Ahora sueño con ser cantante o presentador de televisión».

Veía películas a escondidas y fue la serie 'Gossip Girl' la que le empujó de manera definitiva a quitarse su traje negro y camisa blanca y cortarse los tirabuzones para ser un nuevo Meir. «Con el tiempo, mi madre y mis hermanos lo han aceptado. Mi padre nunca lo hará», lamenta este joven de 21 años, que también chapurrea algo de español gracias a 'La Casa de Papel', serie que arrasa en Oriente Medio. El acceso a la televisión es una de las primeras cosas que aprenden y los responsables del centro deben imponer normas severas y horarios para que no se pasen el día frente a la pantalla.

Única organización en Israel

Según los datos del estudio anual que realiza el Instituto de la Democracia de Israel, se calcula que en 2030 los ultraortodoxos supondrán el 16% de la población judía de Israel y en 2065 el porcentaje se elevará al 40%. Un crecimiento basado en la media de 6,9 hijos que tiene cada mujer ultraortodoxa, muy superior al 2,4 del resto de mujeres no jaredíes. «Aunque no hay datos oficiales sobre el tema, estimamos que unas 1.300 personas abandonan este mundo cada año y de ellos unos 250 se acercan hasta Hillel en busca de ayuda», explica Shirley Itzhaki, responsable de comunicación de esta organización, cuyo trabajo no es sencillo «en un Estado religioso y en el que los partidos ultraortodoxos forman parte del Gobierno». Pese a ello, un 23% del presupuesto anual de Hillel está cubierto por ayudas públicas. Es la única organización de este tipo en Israel y sus servicios tienen cada vez más demanda. La previsión para 2019 refleja un alza del 18,9% en el número de personas a las que atenderán, según sus datos internos.

Daniel ha sido el último en llegar al refugio, hace solo dos meses. Tiene 19 años y nació en Kiryat Ekron, en el centro del país, en el seno de una familia que emigró desde Yemen. Su sonrisa llena la terraza. Delgado, menudo y nervioso, quiere resumir 19 años de vida en una entrevista, en una frase, en una palabra. No le sale. «¡Soy libre! -exclama emocionado-. Se acabaron las oraciones diarias, las normas para todo y la misma rutina».

En los últimos dos meses ha descubierto a Bob Esponja y Facebook. «Pero sobre todo ahora entiendo que hay mujeres en el mundo, que tienen sentimientos y que son seres humanos como los hombres», apunta con rotundidad, pero sin perder la sonrisa. «No echo nada de menos de mi vida anterior, absolutamente nada. Sé que mi padre nunca aceptará este cambio porque es rabino, pero no me importa. Es mi vida», concluye. Cuando se le pregunta sobre sus planes de futuro responde en la misma línea que Meir: «Cantante, yo quiero seguir los pasos de Eyal Golan, el gran cantante mizrají» (los judíos descendientes de las comunidades de Oriente Medio y el norte de África). Daniel es el único que acepta que le hagan fotografías.

Ultraortodoxos

Una población que va a más
En un país con 8,5 millones de habitantes, los jaredíes —ultraortodoxos judíos— son un 12% de la población. Según los datos del estudio anual que realiza el Instituto de la Democracia de Israel, en 2030 la comunidad ultraortodoxa supondrá el 16% de la población judía del país y en 2065, el 40%
1.300
Aunque no hay datos oficiales sobre el tema, se estima que unos 1.300 israelíes abandonan cada año el mundo ultraortodoxo judío y de ellos unos 250 se acercan hasta la organización Hillel en busca de ayuda. La previsión para 2019 refleja un alza del 18,9% en el número de personas a las que atenderá Hillel, que tiene tres refugios, en Jerusalén, Tel Aviv y Haifa.
6,9
La media de hijos de una ultraortodoxa es de 6,9 hijos, muy superior al 2,4 del resto de mujeres no jaredíes en la sociedad israelí. Esto explica el fuerte aumento que experimenta esta población cada año y su peso creciente en la vida del país. Curiosamente, como los hombres se pasan el día rezando, son ellas las principales fuentes de ingresos de la familia con sus salarios. Mientras las mujeres ultraortodoxas cobran de media mensual unos 1.400 euros, el resto percibe 2.000 euros.

Cambio externo sencillo

Tehila sigue la conversación en silencio. De vez en cuando consulta los mensajes que llegan a su teléfono móvil. Tiene 27 años y es la única mujer del grupo. Abandonó su comunidad en Beit Shemesh hace un año, justo cuando sus padres estaban a punto de casarla en un matrimonio concertado.

«En ese mundo creces pensando que el mundo exterior está lleno de peligros y es horrible, sucio... Yo, de verdad, quería creer en Dios, pero no podía entender que Dios fuera tan cruel y por eso planteaba muchas preguntas en un mundo en el que no se pueden hacer preguntas, solo obedecer al rabino», explica en un perfecto inglés. Lo ha aprendido en los últimos dos años, en los que ha hecho el Servicio Social, alternativa al Servicio Militar obligatorio para unos religiosos que en su mayoría no acuden a la llamada a filas, como tampoco trabajan porque deben consagrar su vida al estudio de la Torá, el libro sagrado de los judíos.

«Por fuera cambian muy rápido. Llegan vestidos con sus ropas, entran en una habituación que tenemos y salen transformados, pero es por dentro donde les cuesta cerrar el gran agujero», reflexiona la responsable del refugio, Neta, que no pierde detalle de las entrevistas. Su especialidad son los enfermos mentales y aquí se enfrenta cada día a «lo más parecido que experimentan los trabajadores sociales que trabajan con emigrantes llegados de países y culturas lejanas. Estos jóvenes vienen de otro mundo, aunque esté a unos pocos kilómetros de distancia».

Meir, Tehila y Daniel asienten. Esta es ahora su nueva familia.