Un estudio desmiente que el euskera se usara en código en la Segunda Guerra Mundial

Abad, Jesús María Leizaola y Beldarrain, en una sede gala de la OSS./
Abad, Jesús María Leizaola y Beldarrain, en una sede gala de la OSS.

Dos investigadores acreditan en archivos nacionales extranjeros que «el vicelehendakari Leizaola trabajó para la inteligencia británica»

JESÚS J. HERNÁNDEZ

Es muy conocido que unos 300 navajos facilitaron las comunicaciones de los marines en la Segunda Guerra Mundial. Los dialectos locales de aquella lengua indescifrable dieron una enorme ventaja a los Aliados y, durante décadas, fueron muchos los que creyeron que también el euskera había servido para encriptar las comunicaciones del mismo bando. Se hablaba de que la lengua vasca fue clave en la batalla de Guadalcanal, un mítico desembarco que supuso en 1942 el primer varapalo para la armada imperial japonesa.

Sin embargo, un reciente estudio histórico que ha visto la luz esta semana contradice esa tesis. El doctor en Historia Pedro Oiarzabal, del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Deusto, y el investigador de la Asociación Sancho de Beurko, Guillermo Tabernilla, especialista en historia militar, firman «Basque Code Talkers en la Segunda Guerra Mundial», un trabajo revolucionario que echa por tierra teorías asentadas hace décadas en la historiografía actual.

La idea de que un grupo de unos 60 vascoamericanos, liderados por el capitán Frank Carranza, habían extendido la lengua vasca entre los Aliados como fórmula para encriptar las comunicaciones aparece recogida por primera vez 1952 en la edición mexicana de Euzko Deya, una publicación auspiciada por el Gobierno vasco en el exilio. Fue replicado poco después por la revista de la Armada española, que adaptó el mito a favor de la propaganda franquista.

Las primeras dudas de los investigadores nacieron al darse cuenta de que «no hay ningún Carranza en el cuerpo de transmisiones de los marines y, cuando cruzamos los datos con otras bases, vemos que tampoco aparece. Hemos encontrado personas que responden al nombre de Frank Carranza entre los alistados, pero que no tienen nada que ver con su perfil: sin rango militar o de edades muy avanzadas». Y es que los dos expertos han rastreado los archivos nacionales de EE UU en una extensa investigación que se inició en 2001. Y no se quedaron ahí. Buscaron a continuación el rastro de esos 60 vascoamericanos que supuestamente extendieron el euskera como idioma codificado. Las dos únicas fuentes escritas relataban que provenían de California, Idaho, Montana, Nevada y Oregón. «Hemos revisado todos los listados de los miles de marines de esos estados. No están. Solo hemos encontrado cinco apellidos vascos en Nevada y ninguno está vinculado a las transmisiones», destaca Tabernilla. «Vemos claramente que es un mito desde el momento en que no aparece ni uno de ellos. Ni Nemesio Aguirre, ni Sánchez Bakaikoa, ni nadie. Y no hay rastro de ese personaje casi teatral que es Carranza hasta que Deia publica en abril de 1979 que ha muerto, en un final apoteósico, atropellado en la quinta avenida de Nueva York», añade Oiarzabal. Los dos investigadores manejan la hipótesis de que «Carranza fue un agente de la Office of Strategic Services (OSS), la precursora de la CIA y la única inteligencia que existía en aquel momento».

«Hay que cuestionarse a quién beneficiaba el mito de la presencia del euskera en las transmisiones aliadas», se preguntan los autores retóricamente. «A la causa nacionalista vasca, al Gobierno en el exilio. Sirvió para generar simpatías de cara a una futura relación entre la inteligencia vasca y la norteamericana». Su estudio, respaldado por numerosos expertos, se extiende en esa faceta.

Oiarzabal y Tabernilla incluso se pusieron en contacto con Reino Unido para pedir la desclasificación del expediente del vicelehendakari Leizaola, mano derecha y sucesor de José Antonio Aguirre. Aunque estaba prevista para 2031, lo lograron. «Tuvimos que enviar la esquela para certificar su muerte. El expediente deja claro que trabajó para la inteligencia británica. Estuvo a nómina en el SOE británico (Dirección de Operaciones Especiales, en inglés), un ejército secreto creado por Churchill para el espionaje, las operaciones especiales y el sabotaje». Una sorpresa más en un texto que hace virar el curso de la historia oficial.

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