La desigualdad hombre-mujer sustenta la violencia machista

Una prueba evidente de que no vivimos en el Estado igualitario que nos gustaría a muchas y muchos es que no tenemos ni una sola mujer como candidata a la presidencia del Gobierno

GEMMA ALTELL

Vamos a soñar: Si viviéramos en un Estado donde no existiera la brecha salarial entre mujeres y hombres, es decir, que las mujeres no cobraran un 24% menos por el hecho de ser mujeres; si tres de cada cuatro contratos laborales a tiempo parcial no los tuvieran las mujeres; si viviéramos en un Estado donde los libros de texto en las escuelas hablaran de las mujeres relevantes en la historia en la misma proporción que se habla de los hombres o donde alrededor del 85% de las personas cuidadoras de personas dependientes no fueran mujeres y, por el contrario, estuviera el cuidado distribuido en igual proporción entre mujeres y hombres y, sobre todo, no hubieran muerto casi 200 mujeres a manos de sus parejas hombres durante esta legislatura (por poner algunos ejemplos), quizás habríamos llegado a un situación ideal de igualdad y podríamos dar al patriarcado por finalizado después de muchos siglos. Si ese fuera el caso, quizás, el agravante por violencia de género y la ley contra la violencia de género en sí misma no tendría sentido porque habríamos alcanzado la igualdad real entre hombres y mujeres en España. ¿Qué relación tiene la violencia machista con los ejemplos de desigualdad expuestos? Toda. La desigualdad estructural entre hombres y mujeres es la que sustenta y legitima la violencia machista. Por esta razón tenemos una ley integral contra la violencia de género que agrava los delitos cometidos contra mujeres y los diferencia de otros delitos cometidos en el seno de las familias que responden a otras cuestiones.

Desgraciadamente no vivimos en el Estado Igualitario que nos gustaría a muchas y muchos. Una prueba evidente de ello es que no tenemos ni una sola mujer como candidata a la presidencia del Gobierno. Es importante que tomemos conciencia que la violencia contra las mujeres no surge de forma aislada dentro de algunas familias y en otros contextos altamente machistas. Las violencias machistas están constantemente presentes en nuestra cotidianidad cada vez que sufrimos desigualdades. De éstas, la violencia en el seno de la pareja, ha sido y sigue siendo es la más visible y es -especialmente la violencia física- el lugar donde esta sociedad ha decidido poner el límite de lo tolerable pero podríamos ponerlo mucho antes: cuando nos acosan con la mirada o con la palabra por la calle por ejemplo o cuando se ponen en cuestión nuestros derechos sexuales y reproductivos -cuestión que también ha estado encima de la mesa recientemente- replanteando la ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo y, especialmente, los derechos de las mujeres menores. También es violencia.

Las mujeres podemos ser también violentas, sin duda, como seres humanos que somos, igual que los hombres. Sin embargo la desigualdad estructural siempre nos sitúa en un plano inferior y ante una mirada del entorno diferente solo por el hecho de ser mujeres que permite que seamos vulneradas, invisibilizadas, minusvaloradas, etc. Ello es así ante cualquier situación, también en los delitos por violencia; por ello el agravante por violencia de género no sitúa de forma desigual a hombres y mujeres ante la ley. Justamente es todo lo contrario: es sensible a esa desigualdad estructural y pretende recogerla y modificarla a favor de las mujeres, no en contra de los hombres. La justicia es justa cuando establece medidas que reparen la desigualdad existente. Es una intervención simbólica y jurídica que contribuye a la igualdad y a la justicia. Pretender invisibilizarla también es ideológico y niega esa desigualdad estructural ¿Es este hecho también una violencia?

¿Por qué nos cuesta tanto -como sociedad- darnos cuenta de todas las violencias diarias que sufrimos que tienen su raíz en la discriminación por género? Tal vez porque nada más nacer empezamos a ser 'teñidos' de esa ideología patriarcal que nos categoriza en azules y rosas y esperamos de las mujeres que sean dóciles y de los hombres que sean valientes, de las mujeres que sean comprensivas y cariñosas y de los hombres que sean decididos y hagan valer su voluntad, de las mujeres que sostengan los hogares y de los hombres que gobiernen el mundo Y nos cuesta mucho mirar la realidad sin ese filtro.

En todo caso sería importante que todas las mujeres y todos los hombres que estemos a favor de la igualdad recordemos que la violencia no surge de la nada, no es un hecho aislado que se produce entre 'hombres machistas'. Es una enfermedad social que nos atañe a todos y todas. Este próximo domingo, cuando en la noche electoral veamos que no hay suficientes mujeres en las listas de los partidos constataremos, una vez más, que queda aún mucho camino por recorrer hacia la igualdad y cualquier medida que contribuya a visibilizar y reparar es imprescindible.

Gemma Altell. Fundación Salud y Comunidad. Analista de Agenda Pública

 

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