Rendidos al Whatsapp

Los móviles se han convertido en una extensión del cuerpo. /
Los móviles se han convertido en una extensión del cuerpo.

La mitad de los usuarios de aplicaciones de mensajería instantánea confiesa estar «enganchado» a ellas

JOSEBA ZUBIALDE SAN SEBASTIÁN.

¿Alguna vez ha notado una vibración en el bolsillo o el bolso y al sacar el móvil se ha dado cuenta de que nadie le ha enviado un mensaje? Se llama el 'síndrome de la vibración fantasma del móvil' y es algo que le ocurre a mucha gente. «Estamos acostumbrados a estar constantemente en comunicación y eso crea un hábito en nuestro cerebro, que espera recibir esos mensajes», explica Saioa Otegi, psicoterapeuta de Saiatuz Osasun Zentroa de Ordizia. Esa es una de las evidencias más palpables de que las nuevas tecnologías están cambiando, si no lo han hecho ya, la forma en la que nos comunicamos. Y en algunos casos para mal.

Whatsapp, Telegram, Facebook messenger, Twitter... La lista de aplicaciones y redes sociales que permiten estar en contacto con otras personas es muy amplia. Siete de cada diez personas en el Estado usa alguna aplicación de mensajería instantánea, según un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En el caso del Whatsapp el 48,8% de los encuestados admite consultar continuamente la aplicación, y de ellos el 40% confiesa estar «enganchado».

¿Significa eso que son adictos? Depende. La adicción es solo «uno de los problemas provocados por un mal uso de las nuevas tecnologías», apunta Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología de la UPV/EHU, un saco en el que también «caben diferentes problemas» como el ciberacoso. Por eso no cree que haya que tender al alarmismo y explica que «la línea fronteriza es cuando esa adicción interfiere negativamente en tu vida cotidiana, en tus relaciones sociales, familiares o estudios».

Lo que sí está claro es la influencia de las aplicaciones de mensajería instantánea. Echeburúa destaca las «alteraciones en la comunicación» derivadas del uso de estas 'apps'. «Nos hemos acostumbrado a que los mensajes sean cortos y directos y a que ahora las emociones se expresen a través de emoticonos», algo que «rompe» con lo que es la comunicación cara a cara, ya que «un emoticono no puede, en modo alguno, suplir el encanto y el valor que tienen en la comunicación las caricias, los gestos o la expresión real del rostro de una persona».

Para Iñaki García, psicoterapeuta y coordinador del centro de psicoterapia humanista Erain de Bilbao, el «fenómeno de Whatsapp tiene mucho que ver con la necesidad de afianzar vínculos». En ese sentido, opina que «es como si se hubieran ido deteriorando los vínculos sociales. Para mí las redes sociales y el contacto a través de Whatsapp son como una nueva manera, diferente, de contactar con el otro que, además de ser inmediata, nos permite maneras creativas de seguir en contacto y es muy fácil de llevar con nosotros gracias a los smartphones».

«Rompe el espacio»

«A veces, cuando estás hablando en grupo hay alguien que saca el móvil para mandar un mensaje, y para mí es como una falta de respeto hacia la persona con la que estás», explica Simón Setién, alumno de Magisterio en el campus de Donostia de la UPV/EHU. Su primer móvil lo tuvo a los 15 años y «uno con Whatsapp hace dos». Para este donostiarra de 22 años la aplicación es «una herramienta que comunica y descomunica, que rompe el espacio real que compartes con una persona», y por eso cree que «te acerca a las persona que están lejos, pero te aleja de las que tienes al lado».

Pese a todas las cualidades de la mensajería instantánea, «es mucho mejor hablar con una persona voz a voz», asegura Haizea Teria, estudiante de Historia, entre otras cosas, porque el Whatsapp da pie a «que se malinterprete el tono de la conversación». Además, con la inmediatez «algunas personas quieren que les respondas en el momento y a veces se ponen nerviosas porque ven que no lo haces e incluso te dicen 'sé que lo has leído y no me contestas'».

Para Echeburúa eso es síntoma de que «nos hemos acostumbrado a que la respuesta a los mensajes sea inmediata», una situación que se ve agravada con el «doble tic azul que permite saber si estás en línea, si has leído el mensaje... Parece que si no contestas de inmediato estás haciendo algo inadecuado».

En su opinión, hay personas que eligen Whatsapp para comunicarse con los demás «porque prefieren no tener a la persona delante y no ver cómo reacciona. Si se hace ese uso de la aplicación supone una falsificación de la comunicación y un empobrecimiento de la misma».

El 'ogro' tras el móvil

Pero el móvil también se puede convertir en un adición. «Cuando los padres, por la razón que sea, piden a sus hijos que limiten el uso del móvil y éstos se convierten en un ogro es cuando se dan cuenta de que algo no va bien y acuden a terapia», asegura Mamen Buigues, psicóloga especialista en adicciones del centro Nou per Tres gestio social de Valencia, labor que compagina colaborando con la ONG Padres 2.0. Aunque nadie está exento de ser adicto a las nuevas tecnologías, «estamos viendo que la adicción se da más en adolescentes, de entre 15 y 19 años de media, que en adultos». En ese sentido, destaca que cuando aflora «ya lleva un año o año y medio gestándose». Buigues no tiene dudas. «Se trata de una adicción», que causa «trastornos de ansiedad y el síndrome de abstinencia, igual que un adicto al cannabis».

Estar hasta altas horas de la madrugada chateando, no rendir en el colegio, sacar peores notas... también pueden ser indicios de una adicción. No obstante, en no pocas ocasiones esa dependencia hacia las nuevas tecnologías puede ser un síntoma de otro problema o una forma de enmascararlo. «Muchas veces hay un trastorno de conducta por debajo, un problema de baja autoestima, necesidad de buscar contacto de manera más fácil... y para eso el móvil es ideal porque no hay que esforzarse en conocer a los demás».

Buigues destaca que «los adictos al móvil generalmente también lo son a internet o a algún tipo de juego de rol online tipo 'World of Warcraft'». Durante el tratamiento asegura que sufren «síndrome de abstinencia, físico y psicológico, igual que el de otras adicciones. La única diferencia es que a nivel químico y biológico se les pasa mucho antes, pero tienen la misma ansiedad, pensamientos automáticos y ganas de utilizar el móvil que un adicto al cannabis de consumir».

No obstante, Buigues, que defiende que hasta los 18 años no se debería de tener móvil, destaca que «todos usamos y abusamos en algunos momentos de nuestra vida del smartphone, pero mi vida no se paraliza si me lo quitan. Si eso ocurriera tendría un problema». En lo referente al uso que hacen los adolescentes, habla de la importancia de la prevención, de «establecer ciertas reglas», y pone el foco sobre los padres: «Si una persona adulta no puede tener el móvil al lado sin mirar si le ha llegado algún guasap, ¿cómo podemos pretender que un chaval de 15, cuyo cerebro todavía no está formado a nivel de toma de decisiones, elija tener un autocontrol brutal. Eso no es real».

Por su parte, Echeburúa recomienda que «antes de los 13 años un joven no tenga un smartphone», y aboga por establecer unos «criterios de oposición» a todas las presiones consumistas y sociales. «A un niño de 12 años no le vas a comprar un coche. Eso no se cuestiona», asegura. Al margen de que sean «instrumentos útiles», los smartphones «son potencialmente peligrosos» y por ese motivo defiende que hay que «educar» a los menores en su uso.

Seguir investigando

El 'Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales', llamado DSM V, es una guía psiquiátrica de uso mundial. En ella constan diferentes adicciones, entre las que no se encuentra, de momento, la de las nuevas tecnologías. «Lo que viene a decir el DSM V es que estas adicciones todavía son relativamente recientes y hay que seguir estudiándolas», explica Echeburúa.

Esta cautela también responde al «temor» de que «si se califica que la adicción a internet o al móvil es un cuadro clínico, podría ocurrir que en EE UU, por ejemplo, dentro de la cartera de servicios que ofrecen las compañías de seguros, tal y como funciona la sanidad allí, una persona tendría derecho a un tratamiento psicológico o psiquiátrico. Hay una presión muy fuerte por las implicaciones económicas que tendría una situación de ese estilo». Por ese motivo «hay reservas», al igual que ocurre con la adicción al sexo o a las compras. No obstante Echeburúa hace hincapié en que también se trata de «rigor» y de no «psicopatologizar la vida cotidiana».

 

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