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Protegida. Una doctora administra una vacuna a una niña.

La guerra de los antivacunas

Los padres que se niegan a inmunizar a sus hijos contra enfermedades que pueden ser mortales ponen en riesgo a toda la población, advierten los médicos

LUIS ALFONSO GÁMEZ

Sábado, 13 de junio 2015, 08:16

Un niño de 6 años se debate en Olot entre la vida y la muerte porque sus padres no han querido vacunarle contra la difteria, una enfermedad que mata a dos de cada diez infectados. Casi inexistente en Europa Occidental desde hace décadas, no se había registrado ningún caso en España desde 1987. La difteria reaparece ahora -al igual que el sarampión y otros males que las campañas de inmunización masiva habían acorralado- de la mano de los antivacunas, padres que se niegan a proteger a sus hijos frente a graves enfermedades porque, según ellos, las vacunas no son ni efectivas ni seguras.

«El riesgo de complicaciones de las vacunas es mínimo y, desde luego, mucho menor que el de renunciar a ellas», dice Guillermo Quindós, catedrático de microbiología de la Universidad del País Vasco (UPV). «Gracias a las vacunas, hemos erradicado la viruela, estamos en vías de erradicar la poliomielitis y hemos eliminado de la circulación la rubeola y el sarampión», explica Javier Arístegui, pediatra, infectólogo del hospital de Basurto y profesor de la UPV. Para él, el caso del pequeño de Olot demuestra que «no se puede bajar la guardia» en la lucha contra males como la difteria. «Por fortuna -añade-, la cobertura de vacunación contra esta enfermedad en España es altísima y supone que esta protegida la inmensa mayoría de la población».

Millones de vidas a salvo

La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que las vacunas evitan cada año en el mundo «entre 2 y 3 millones de defunciones por difteria, tétanos, tos ferina y sarampión». Allí donde se han introducido masivamente las vacunas contra la difteria, sarampión, tos ferina y otras enfermedades, las muertes por esas dolencias han desparecido. Tampoco pasean por nuestras calles menores de 30 años con la cara marcada por la viruela ni vascos menores de 20 años cojos a consecuencia de la polio, cuyo último caso en Euskadi diagnosticó Arístegui en 1985. El problema es que, si las inmunizaciones caen, cualquier enfermedad en retroceso puede resurgir y convertirse en una amenaza para la población desprotegida. Arístegui recuerda que en los años 90 se registró un grave brote de difteria en varios países de la antigua órbita soviética en los que la inestabilidad política había hecho que se dejara de vacunar a la población contra la enfermedad: hubo cientos de muertos.

En diciembre pasado, los bajos índices de vacunación provocaron en Disneylandia (California) un brote de sarampión que superó los cien casos en 14 estados. Según un estudio publicado en la revista 'Jama Pediatrics', «las tasas de vacunación de la triple vírica (que protege contra el sarampión, la rubeola y las paperas) entre la población expuesta en la que se produjeron los casos secundarios podrían ser tan bajas como del 50% y probablemente no superaran el 86%. Dada la naturaleza altamente contagiosa de sarampión, son necesarias tasas de vacunación del 96% al 99% para garantizar la inmunidad de grupo y prevenir futuros brotes». El sarampión es una enfermedad para no tomársela a risa. «Puede ser grave en niños pequeños y causar neumonía, encefalitis (inflamación del cerebro) y la muerte», explican en su web los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, que añaden que «es tan contagioso que, si alguien tiene la enfermedad, el 90% de las personas a su alrededor también se infectarán si no cuentan con protección».

Sea el sarampión o cualquier otro mal prevenible mediante vacunas, en la actualidad «la situación en España no es alarmante. Nuestra tasa de vacunación es de las mejores del mundo», afirma Fernando García-Sala, pediatra y coordinador del grupo de vacunas de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP). «Eso no quita para que existan bolsas étnicas, religiosas o de otro tipo de población no vacunada», advierte Arístegui, miembro del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría.

Aunque ha habido opositores a las vacunas desde que se desarrollaron las primeras, el moderno movimiento antivacunas tiene su origen en un artículo científico. Lo publicó en 1998 el médico británico Andrew Wakefield en la prestigiosa revista 'The Lancet'. Tras examinar a doce niños autistas, él y sus colaboradores aseguraban que existía una conexión entre la administración de la vacuna triple vírica y ese trastorno. La comunidad científica recibió los resultados con escepticismo, pero el estudio tuvo un gran impacto en Reino Unido. En los diez años siguientes, el índice de vacunación bajó del 92% al 85%, y los casos de sarampión se dispararon.

El apóstol de los antivacunas

Wakefield se convirtió en el líder del movimiento antivacunas mundial, impulsado en Estados Unidos por Jenny McCarthy, conejita Playboy, y su entonces novio, el actor Jim Carrey, a quienes apoyó en televisión la periodista Oprah Winfrey. Desde entonces, se ha registrado un progresivo un incremento en los casos de rubeola, sarampión y paperas en Estados Unidos. Sin embargo, en 2004, diez de los coautores de la investigación original retiraron su firma del artículo que conectaba la triple vírica con el autismo, y 'The Lancet' publicó una rectificación poniendo en duda las conclusiones del trabajo, que acabó retirando de sus archivos en febrero de 2010. Oficialmente, es como si nunca hubiera existido. Es decir: no hay ninguna prueba de que las vacunas provoquen autismo; fue todo un fraude.

Por si eso fuera poco, en mayo de 2010, el Consejo General Médico del Reino Unido prohibió a Wakefield ejercer en el país por su actitud deshonesta e irresponsable en ese estudio. Y, en enero de 2011, el periodista Brian Deer desveló en 'The British Medical Journal' que el médico había planificado una serie de negocios para obtener millones aprovechándose del miedo hacia las vacunas que su fraudulenta investigación iba a infundir al público. A partir de estos méritos la revista 'Time' consideraba un año después a Wakefield el autor de uno de los más grandes fraudes científicos de la historia.

A pesar de eso, hay en España colectivos que siguen los pasos y consejos del desacreditado médico británico. Ante eso, ayer la SEPEAP recordaba que los movimientos antivacunas basan su postura en argumentos anticientíficos y «el seguimiento del calendario vacunal gratuito nacional es garantía de la prevención de enfermedades». La organización profesional no dudó en tachar de «irresponsable» la actitud de los padres que se niegan a que sus hijos sean inmunizados. «Quien no vacuna a su hijo está jugando con la salud de toda la comunidad. El niño no vacunado supone un riesgo relativo para todos», indica García-Sala.

Paradójicamente, los antivacunas se benefician de que la inmensa mayoría estamos inmunizados y somos una barrera ante posibles contagios. «Si yo no vacuno a mi hijo en una sociedad de personas vacunadas, casi con toda seguridad no le va a pasar nada ya que hay una probabilidad muy baja de que alguien le contagie. Es lo que se conoce como inmunidad de rebaño. Claro que puede ocurrir que una infección, que al niño vacunado le produzca una enfermedad leve y pasajera, al no vacunado le provoque una grave», explica Félix Goñi, director de la Unidad de Biofísica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la UPV. Además, el aumento de niños no vacunados pone en riesgo la salud de los lactantes, de aquellos pequeños que no pueden ser inmunizados por circunstancias particulares, de quienes nacieron antes de las campañas de vacunación masivas y no pasaron la enfermedad, y de quienes han perdido o tienen debilitadas las defensas ante los agentes infecciosos, como los receptores de trasplantes de médula ósea, los diabéticos y los infectados por el VIH.

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