Otero de Sanabria: 26 vecinos y una estación de AVE

A la izquierda, una imagen del centro de la localidad zamorana. Encima, el alcalde, Antonio Prada, con su perro y Jesús Nevado, un vecino que pasea para «buscar conversación»./
A la izquierda, una imagen del centro de la localidad zamorana. Encima, el alcalde, Antonio Prada, con su perro y Jesús Nevado, un vecino que pasea para «buscar conversación».

Fomento inicia en febrero la construcción del apeadero en una de las comarcas más aisladas de Zamora. «O vienen turistas o en 10 años aquí no va a quedar nadie»

OCTAVIO IGEAOTERO DE SANABRIA.

No hay ambulatorio. Ni bar, ni supermercado, ni farmacia. No hay niños, ni jóvenes, ni adultos en edad de trabajar. Pero habrá AVE. El ministerio de Fomento iniciará el próximo mes de febrero la construcción de una estación del tren de alta velocidad en Otero de Sanabria, una localidad ubicada al oeste de la provincia de Zamora en la que residen 26 vecinos. Eso dice al menos el último padrón, aunque la verdad es que ya son «algunos menos», reconocen en el pueblo. La parada ferroviaria, que va a costar 6,5 millones de euros, pretende evitar el aislamiento de una de las zonas con menor densidad de población de todo el país e impulsar el turismo, el único motor económico que mantiene a flote la comarca. «La verdad es que ningún habitante de Otero va a coger el tren, lo que queremos es que venga gente. Teníamos casas rurales pero se las están quedando los bancos... esta es nuestra última oportunidad para sobrevivir, vamos hacia el desastre», explica el alcalde, Antonio Prada García. «¿Que si es un proyecto desproporcionado en plena crisis? No lo sé, pero si no funciona en diez años aquí no quedará nadie».

Otero se sitúa junto al inmenso lago de Sanabria. Ese que da nombre a la comarca e inspiró la novela de Unamuno 'San Manuel Bueno, mártir'. Más allá de la mística, la zona queda «lejos de casi todo»: A 107 kilómetros de Zamora, a 135 de Ourense y a 40 de Bragança, en el norte de Portugal. Antaño funcionaba la agricultura, pero el entorno, en el que residen unos 6.000 vecinos, vive desde hace tiempo aferrado únicamente al turismo. Al encanto de sus embalses, de sus parques naturales y de un monumental castillo del siglo XV que utilizaron los Reyes Católicos. En su época de esplendor recibía 700.000 visitantes anuales; hace escasas fechas, había media docena en Puebla de Sanabria, la capital de la comarca -1.541 habitantes- . En Otero, a cuatro kilómetros, no había ninguno. Y vecinos casi tampoco. Exactamente salieron de casa cuatro en cinco horas.

Tan complicado resulta tender una vía por una zona tan agreste que la primera línea ferroviaria convencional desde Madrid hacia Galicia por Zamora no se inauguró hasta 1958, muchas décadas después de que se hiciera en otros puntos de España. Del AVE comenzó a hablarse en la zona hace diez años y ahora se ha convertido en una de las mayores prioridades de Fomento. Inicialmente, el trazado de alta velocidad pretendía conectar Madrid con Olmedo y Medina del Campo -Valladolid- para seguir hacia la capital zamorana y Ourense, donde se unirá con la actual ruta hasta Santiago.

Otero de Sanabria no entraba en esos primeros planes. El ministerio contemplaba construir allí un área de adelantamiento y estacionamiento de trenes, un desvío que la normativa de seguridad ferroviaria obliga a instalar cada ciertos kilómetros, pero el Gobierno de Zapatero anunció su reconversión en una flamante estación en 2009. ¿La razón? «Cuando se inaugure el trazado del AVE absorberá todos los trenes de media y larga distancia que ahora utilizan la línea convencional y paran en la estación de Puebla de Sanabria. Si no hacen el apeadero nos quedaremos sin conexiones. Ni a Zamora, ni a Madrid, ni a Galicia, ni a Valladolid... nada de nada».

Lo cuenta Manuela García. Es cartera y el miércoles visitaba Otero por primera vez en toda la semana. «La ley postal obliga a venir cada día, pero es que casi nunca hay nadie para coger las cartas y ni siquiera hay un buzón», confiesa. El PP revisó el proyecto de la estación de Sanabria al llegar al Gobierno central y pidió un estudio de viabilidad ante la previsible baja demanda de usuarios. «No tiene sentido destinar dinero de los impuestos de los españoles a pagar infraestructuras innecesarias», advirtió hace un año el entonces secretario de Estado de Infraestructuras y actual ministro de Justicia, Rafael Catalá. Ningún informe económico avalaba el proyecto de Otero, pero Fomento le dio el visto bueno definitivo y puso en marcha la maquinaria administrativa.

Pensando en el verano

«Tampoco queremos que paren todos los AVE, uno por jornada valdría... con que tuviéramos doce ó catorce visitantes cada día sería la bomba», calcula Jesús Nevado, uno de los vecinos que se preparan para pasar el gélido invierno en Otero. «Vienes en mal momento para hablar con gente, yo creo que estos días estaremos en el pueblo unos diez y algunos ni salen de casa porque son muy mayores», explica al periodista. Nevado tuvo una explotación ganadera pero ahora está jubilado y vive solo. «Salgo a la calle a buscar conversación», reconoce, «y la verdad es que no es fácil», se resigna mientras carga leña.

El pueblo es una desordenada sucesión de calles llenas de desniveles en las que se intercalan casas ruinosas y flamantes adosados con las persianas cerradas a cal y canto. En el centro una minúscula plaza con un banco. Y una iglesia, claro. «Hubo que tapiar la puerta del campanario porque se colaban animales y aquello olía a rayos», explica a gritos Rosalía, una mujer de 68 años cuando pasa de largo en busca de la cartera. El eco de sus palabras resuena durante varios segundos hasta que aparece el alcalde con su rebaño de ovejas. A Antonio Prada, que tiene 46 años y vive en Puebla de Sanabria, se le iluminan los ojos cuando piensa en el verano. «Esto se pone a rebosar, hay mucha segunda residencia y llegamos a los 1.600 habitantes. Viene gente de Madrid, del País Vasco...». Pero el día a día es otro, y el regidor no puede evitar acordarse de la cercana localidad de Escuredo. Marca un precedente. «La han cerrado, ya no quedaba nadie».

 

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