Dos menores de 14 años acuden en coma etílico a los hospitales vascos cada fin de semana

Los médicos alertan sobre las graves consecuencias del consumo de alcohol para la salud de los jóvenes, que ha obligado al Gobierno de Urkullu a poner en marcha un plan de choque

MARTA MADRUGA

El fin de semana deja una estampa parecida en parques y plazas de muchas ciudades: botellas vacías de licores de alta graduación, bolsas -las que han servido para llevar las bebidas hasta esa zona- y colillas que se acumulan en una esquina. Es la resaca visible en las calles tras largas horas de 'botellón', una práctica ya habitual en la que los jóvenes se inician cada vez más jóvenes. Una ruleta rusa en la que están jugando con sus propias vidas por parecer más 'guays' o graciosos, para desinhibirse, no quedar fuera del grupo en el que se han integrado, estar más resultones con el chico o chica que les gusta Las cifras son alarmantes. Tanto como la realidad. Cada fin de semana, dos menores de 14 años en coma etílico son atendidos en los servicios de Urgencias de los hospitales vascos. Otros cientos se emborrachan de manera asidua, con la 'precaución' de empezar a beber pronto para que el 'pedal' ya se les haya pasado a las nueve o las diez de la noche, la hora que tengan fijada para regresar a sus hogares, sin que sus padres se enteren de nada. Hasta que el plan se tuerce y acaban en una camilla, con las constantes vitales en alerta roja y su salud en serio peligro.

Un centenar de chicos -en su inmensa mayoría de entre 12 y 13 años, en algunos casos de 11- sufren cada año esa terrible experiencia. Las cifras se mantienen estables desde 2012. Aquel ejercicio se dispararon un 155%. "El número de por sí es preocupante, pero hay que pensar que es solo la punta del iceberg", apunta el doctor Santiago Mintegi, del servicio de Pediatría del Hospital de Cruces, que trata los episodios más graves de "las borracheras masivas que se repiten cada fin de semana". "Algunos llegan inconscientes y empapados porque los han recogido directamente de la calle", relata. Esas escenas empiezan a ser habituales las tardes de los viernes y sábados en los principales centros sanitarios de Euskadi. El problema, que ha encendido la alarma de los responsables sanitarios, ha empujado al Gobierno vasco a aprobar un plan de choque, que ha presentado esta semana el consejero de Salud, Jon Darpón, para "atajar el consumo excesivo de alcohol entre menores y acabar con el clima social de permisividad" que rodea a esta práctica. La iniciativa contempla imponer trabajos sociales a los menores de edad que consuman bebidas alcohólicas en la calle y un estricto control de las lonjas frecuentadas por adolescentes.

Cerebros mutilados

Para miles de jóvenes vascos, la diversión de cada fin de semana está agarrada al cuello de una botella. "Utilizan bebidas de alta graduación, como vodka o tequila, y beben rápidamente para alcanzar la borrachera lo antes posible", señala Mintegi. Pero estas prácticas no redundan únicamente en aparatosos comas etílicos e ingresos en el hospital. Los efectos a la larga pueden resultar devastadores y más silenciosos. "El alcohol afecta directamente al lóbulo frontal, bloqueando los sentimientos y haciéndonos sentir felices y libres de problemas. Para un niño que debe desarrollar aún su cerebro, anestesiarlo cada fin de semana supone un daño irreversible", explica el neuropsiquiatra José Javier Aizpiri, quien también destaca la magnitud de un problema que ha generado un tercio de población "mutilada". "Lo que ocurre entre los 14 y los 21 años es determinante para el futuro del niño. Su profesión, sus creencias, su capacidad para relacionarse con los demás, para pensar, para amar... Encontramos personas de 40 años con el cerebro aún sin desarrollar a causa de la ingesta de alcohol a edades tempranas", destaca.

"No se trata de imponer medidas prohibitivas", coinciden los expertos. "Ya es ilegal y no funciona, un niño no puede comprar una botella de vodka y sin embargo, la obtiene", apunta Santiago Mintegui, quien también señala que "el principal problema es la permisividad, no se puede dar por normal algo que no lo es, hay que trabajar en la educación y la concienciación". A la preocupación por una práctica cada vez más extendida se suma la llegada del verano, y por ende del buen tiempo. Los expertos auguran un aumento de los botellones y de jóvenes bebiendo en la calle, desconocedores de que ese hábito puede tornar la diversión en un drama.