Subir a la torre

Aingeru Munguía
AINGERU MUNGUÍA

Hay una fascinación por llegar a lo alto de las torres y observar qué se ve desde allí. No sé si es la misma pulsión que lleva a los montañistas a encaramarse en las cumbres, pero está claro que allí que nos vamos todos. Quién no ha subido el Empire State o las antiguas Torres Gemelas (cuando estas existían) cuando ha viajado a Nueva York, al Campanile de Venecia, a la torre de la televisión de Berlín o a los miradores medievales que jalonan los pueblos de la Toscana. Ciudad que visitamos, torre que subimos. Ahora van a rehabilitar la torre de la catedral del Buen Pastor y dicen que la idea gusta a los donostiarras. A los donostiarras no sé, pero lo que es seguro es que será una atracción para los turistas. Lo único que podría frenar las colas será la reticencia a afrontar los cientos de escalones que habrá que subir (y bajar) para hacerse el selfie de rigor. Hay otro debate, que no es el turístico, sobre qué altura tienen que tener nuestros edificios residenciales. San Sebastián no ha sido una ciudad que haya apostado por construir en altura, salvo en la periferia urbana. Hoy la tendencia es a densificar, a aprovechar bien el suelo que se urbaniza. El planeamiento urbanístico del Infierno (Ibaeta) tenía vocación de coger altura mediante unas torres singulares, pero se va a quedar en el intento porque la contaminación acústica del viario de alrededor lo desaconseja. La torre de Atocha es uno de los pocos ejemplos en el cogollo urbano que se escapan de la norma. ¿Sabían que para mejorar las características térmicas y aislantes del edificio se llegó a realizar un proyecto que incrementaba en una decena de pisos más la torre a cambio de construir un cerramiento más eficiente por fuera de la actual fachada? La idea duerme el sueño de los justos en algún cajón de la Alcaldía.

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