Estupenda corrida de Cuvillo en Illumbe

Manzanares y 'Halcon' compartieron triunfo en la tarde inaugural. Se hicieron buenos y mejores el uno al otro / Usoz

Premiado con la vuelta al ruedo un quinto de particular calidad. Premio que fue, de paso, para todo el conjunto. Seis orejas se reparten Ferrera, Manzanares y Cayetano

BARQUERITO

Siete toros trajo Núñez del Cuvillo a San Sebastián para abrir la Semana Grande. Seis de sorteo y un sobrero. Acabaron saltando los siete. Variada de hechuras y también de pintas, seria por delante sin excepción y bien rematada dentro de una relativa disparidad, la corrida no paró de moverse y emplearse. En esa línea de conducta estuvo incluso el único toro de aire guerrero, el segundo de sorteo, de cabos finísimos y un punto temperamental.

Después de verse jugada la corrida entera, los siete toros de la pelea, no pareció de razón haber dejado de sobrero un sexto bis que, terciado y rellenito, la cara precisa sin exagerar, fue lo que entre profesionales se llama un dije. Una joya, una alhaja. El toro más sencillo de una corrida sin curvas peligrosas ni segundas intenciones.

Los dos puyazos traseros que cobró el segundo se tradujeron luego en embestidas descompuestas y, sin embargo repetidas. No prosperó un amago inicial de soltarse a toriles. Fue oportuna la decisión de Manzanares de sacarse el toro a los medios con una tanda menor de muletazos por delante.

Con ese segundo ligeramente pendenciero se enlotó un quinto que fue el toro de la corrida. No estaba el título fácil para entonces. Fue de notable son el tercero, que se sobrepuso a dos desafortunados puyazos traseros y a dos terribles estrellones contra tablas en dos muletazos por alto de Cayetano sentado en el estribo. Se estiró desde la salida un cuarto colorado melocotón, pechugón, corto de manos y bajo de agujas. A pesar de ser el único que pareció apagarse al cabo de una caprichosa y larga faena de Ferrera, amuermado tras una estocada trasera, se resistió a doblar lo indecible y murió en tablas pero dándoles la cara y no aconchándose en ellas. Para esos dos toros sonaron en el arrastre muchos aplausos. Y para el que partió plaza, que, justo de fuerzas, fue toro de menos a más. Y tan noble como todos los compañeros de viaje con el solo paréntesis ligero de las intemperancias dolidas del segundo.

Con el toro de Cayetano, el tercero, empezó a cobrar altura la corrida de Cuvillo, que ya no dejó de volar. El quinto, de excelente nota en dos varas muy certeras de Pedro Chocolate, hizo el surco y hasta en las embestidas desplazadas, que fueron no pocas, planeó con singular calidad. Ninguno de los toros murió de manso, pero este quinto lo hizo de bravo. Herido de estocada desprendida y tal vez ladeada que Manzanares cobró en un recibo de vértigo, el toro se levantó hasta dos veces con la espada hundida dentro. Si es en plaza más fácil o menos pendiente del asunto, se pide el indulto. No procedía. Sí la vuelta al ruedo en el arrastre. Vuelta subrayada con las ovaciones más clamorosas de la tarde.

Con el quinto, en plaza más fácil, se pide el indulto. No procedía. Sí la vuelta al ruedo

Premio, pues, para el conjunto aunque el fin de fiesta no fuera del todo feliz. La corrida quedó marcada para bien por los tres toros de mejor nota, que se jugaron seguidos y en el corazón del festejo, y eso siempre importa. El sexto de sorteo, ojo de perdiz, acapachado, corto de cuello, fue una auténtica hermosura, pero saltó acalambrado y pareció derrengado después de encelarse con el caballo de pica sin que Pedro Geniz, el picador de turno, hiciera ni sangre. Un coro creciente de protestas provocó su devolución a las tinieblas. Y entonces vino a cerrar corrida ese sobrero tan de pasta flora que a todo quiso con particular dulzura..

El sobrero fue lo que entre profesionales se llama un dije. Una joya, una alhaja

Hubo diluvio de orejas. Una de cada uno de sus dos toros para Ferrera; dos del quinto para Manzanares en tarde espléndida del palco; y una para Cayetano del sobrero pastelero. Cayetano firmó los pasajes más atrevidos de la tarde: la apertura de rodillas por alto en el sexto, incluido un cambio de mano cosido con un molinete gitano y el de pecho; y una faena deshilvanada pero sin freno ni excusa, de sensible exposición aunque el toro no fuera de los de medir el riesgo. Con el tercero no hubo inspiración. Si una estocada, como la del sexto, de entrega sin reserva y acento heterodoxo.

Muy aparatoso, infalible en las apuestas de cites de largo, acomodado en el toreo a pies juntos a suerte no siempre cargada, hilvanando sin necesidad de ligar a lo clásico, bullidor y abusando de los paseos y las pausas, Ferrera anduvo más que fácil con los dos de lote. Con el toro de manteca, el cuarto, y con el de ánimo variable, el primero. A este le pegó los muletazos más despaciosos de toda la tarde. Manzanares, que sintió el ligero regalo de la música a las primeras de cambio, supo componerse con el toro descompuesto y se subió en marcha con un quinto, casi domado en muchos lances de los de amarrar, y, sin enroscarse en los momentos en que la cosa pudo haber tomado rango mayor, dio con la fórmula sencilla de tocar, acompañar y quedarse en el sitio para que una tanda parezca una madeja. La gente salió encantada. ¿Cuántas orejas? Seis. Doce llevaban los toros.

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