«Te enseñan a hacer brazos y piernas pero nadie nunca a hacer unos zapatos»

Será la bota de un baserritarra irreductible. Andoni y Mikel preparando calzado con alza, dismetría de 9 centímetros en bajada y suela reciamente antideslizante. Estamos en Avenida de Madrid 28. / LOBO ALTUNA
Será la bota de un baserritarra irreductible. Andoni y Mikel preparando calzado con alza, dismetría de 9 centímetros en bajada y suela reciamente antideslizante. Estamos en Avenida de Madrid 28. / LOBO ALTUNA

Andoni y Mikel Gracia: Todo empezó en la posguerra. De la Primera y la Segunda

Begoña del Teso
BEGOÑA DEL TESO

Son cuatro hermanos. Mari Carmen, auxiliar de enfermería, Juan Carlos, funcionario y Andoni y Mikel, técnicos ortopédicos oficiales por la facultad de Medicina de Barcelona. Tuvieron tienda y taller en Isabel II pero en este nuevo siglo abrieron dos nuevos establecimientos, Ortopedia Gracia. En Isabel II y en Plaza Gipuzkoa. Han ido reciclando sus titulaciones pero como dicen en el titular, a hacer zapatos ortopédicos no te enseñada nadie ni en ningún sitio.

- Y si nadie enseña en ningún lado, ¿cómo aprendiste tú, Mikel?

- Con nuestro padre. Siempre me gustó su oficio. Las hormas, las pieles, las suelas, el corcho, las agujas, los clavos, los hierros. Los olores. Me gustaba manualmente. Y creo que también por cuestión solidaria. Sea como sea, hay que hacer, hay que lograr que la gente ande. Que pueda andar. Que vuelva a andar. Se acabaron los tiempos en que por una malformación, una lesión, una parálisis, una amputación, unos juanetes, tenías que quedarte encerrado en casa. Hoy todo es más fácil. nacemos más protegidos, las malformaciones de nacimiento se detectan y tratan rápido, hasta las dismetrías pueden aliviarse porque en muchos casos es posible alargar los huesos. Pero aún viven (y que vivan mucho) personas de otras generaciones. Y hoy, las hemiplejias, ictus o derrames pueden dejarte un caminar torpe, desajustado que debemos tratar de aliviar con calzado especial. Existe de fábrica, claro. Los tres artesanos que quedamos lo hacemos par a par, cliente a cliente.

- ¿Cómo empezó vuestro padre?

- Era recadista de un taller de zapatería. Le enseñaron el oficio. La Guerra Civil había desarbolado muchas fábricas. También las de zapatos, así que empezó a hacer calzado. No; ortopédico todavía no. Zapatos sin más. También sin menos. Cuando la industria del calzado se recuperó, Eduardo Blanco, un amigo sastre que a su vez conocía al gran Balenciaga y trabajaba en París, le convenció para que se fuera allá y se especializara en zapatos de ortopedia, calzado especial. Le propuso hasta el maestro al que acudir, un fino artesano catalán: Pedro Moñino. Así fue que cambió la calle General Arteche de Gros por París. Se fue con la familia. Tres metros tenía que coger para llegar de casa al taller. Eso, y que los hijos iban creciendo, acabaría haciéndole volver con el paso del tiempo.

- ¿Por qué mencionamos ahí arriba otras posguerras, la de la Primera y la Segunda Guerras Mundiales?

- Porque la crueldad de toda contienda deja cientos, miles de soldados (y también civiles) con los miembros amputados, con mutilaciones y deformaciones tremendas. Y eso, por otra parte, provoca un avance en la investigación y las técnicas que intentan aminorar o aliviar tanto dolor. Tiene su lógica, una lógica terrible, que en los años 20 y después del 45, los países punteros en ortopedia fueran Francia y Alemania.

- ¿Por qué no se enseña el oficio, por qué no se aprende, por qué no hay escuelas?

- No tenemos respuesta para eso. Es curioso lo que hemos comentado. Cuando te titulas como técnico ortopédico y vas añadiendo diplomas a esa primera titulación, diplomas que te habilitan para la venta, fabricación y otras exigencias planteadas por Osakidetza, te enseñan a hacer esos brazos y piernas que antes se llamaban 'artificiales'. Pero zapatos, no. Los artesanos que hubo por aquí, Mutuberria, Pozo Ardanaz, se fueron jubilando y no hubo reemplazo. Yo (Mikel) tampoco tendré relevo. Ni nadie ha venido oficialmente a proponerme que enseñe mi oficio en ninguna facultad. Y sin embargo...

- ¿Qué?

- Los pies merecen y exigen el cuidado máximo. Nos sostienen. Nos apoyamos en ellos. Nos traen. Nos llevan. Gracias a ellos podemos ir a comprar el pan. O a tomar un vino. No deberíamos dejar el calzado especial en manos de fábricas. Claro que hay marcas buenas, mucho, pero un artesano te mide tu pie de la punta al talón. El empeine. El metatarso. Investiga dónde te hacen daño esos dedos martillo, esos juanetes. Crea el alza que necesitas. Estudia la caña, porque acaso padecieras polio de chica y una de tus piernas sea más delgada. O tal vez tengas el tobillo suelto y tu zapato precise un refuerzo que lo mantenga firme. Hay que llevarlo a la guarnicionera, Jone, para que lo cosa. Hay que poner y quitar los clavos Y al terminar el zapato...

- ¿Sí?

- Comprobaré que tus hombros no estén descompensados, que tu columna esté recta y tus caderas se muevan todo lo bien que tu mal les permita. Que no titubees al dar un paso. Que no te pese el zapato al levantarlo. Que no resbales. Los artesanos hacemos calzado para que la gente, toda la gente, ande. Lo mejor posible.