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El embajador francés

1918: Su muerte supuso una de las grandesmanifestaciones de duelo habidas en San Sebastián

Salón de Plenos de la antigua Casa Consistorial./Kutxateka
Salón de Plenos de la antigua Casa Consistorial. / Kutxateka
JAVIER SADA

Estando de actualidad las visitas guiadas, culturales e históricas a través de distintos lugares de nuestra geografía local, podría ser interesante punto de encuentro uno de los edificios de la Parte Vieja que fue escenario del quehacer de San Sebastián entre 1828 y 1947: la antigua Casa Consistorial de la plaza de la Constitución.

Desde los calabozos del subsuelo hasta la ornamentación de la parte alta de su fachada, pasando por el que fuera su Salón del Trono, donde se celebraban los plenos municipales, sus estancias han conocido el paso de personajes que abarcan desde la reina Victoria I de Inglaterra hasta presidentes de la República española, sin olvidar hechos como el que se recuerda en este comentario que viene a cuento, precisamente, porque hoy se cumplen cien años del suceso.

La numerosa colonia francesa y la no disimulada simpatía francófona de los donostiarras hizo que en la tarde de ayer, hace un siglo, por todos los mentideros corriera como la pólvora el fallecimiento por ataque al corazón, en el hotel María Cristina donde estaba alojado, del embajador de Francia en España Joseph Thierry, que en su país había sido ministro de Finanzas y de Obras Públicas.

Había tomado posesión de su cargo en octubre del año anterior y trabajado activamente para que España adoptara una posición de «neutralidad benévola» en la contienda mundial. Convertido, muchas ocasiones, en portavoz de los aliados en la guerra, protagonizó encuentros informativos con la prensa internacional e hizo que sus largas estancias en San Sebastián hicieran de nuestra ciudad, y más concretamente del hotel donde murió, obligado punto de cita para corresponsales de los más destacados periódicos mundiales.

Tal día como el de hoy podía leerse en los papeles que desde primera hora de la mañana se vivió inusitada animación en las calles, debido a los corrillos que formaban en el Boulevard, Avenida y paseo de los Fueros las personas que se dirigían a la Casa Consistorial para visitar la capilla ardiente. La corporación municipal convocó una sesión en la que se acordó que ondeara la bandera a media asta, ofrecer el Salón de Plenos a la familia y asistir a los funerales.

A las once y media de la noche, el cadáver ya era recibido en la Casa Consistorial por el alcalde y varios concejales, instalándose la capilla ardiente, a la que hacía guardia un piquete del regimiento de Sicilia, al tiempo que el rey firmaba un decreto concediéndole los honores de capitán general con mando en plaza.

Apenas amanecido y hasta el mediodía se celebraron misas abiertas al público en el Salón del Ayuntamiento, por donde desfilaron personalidades que iban desde embajadores de los países aliados hasta el obispo de Londres, el ministro de Estado, Eduardo Dato, o el propio rey Alfonso XIII. Las misas continuas no dejaron de celebrarse hasta el día 25.

Mañana, día 24, en la Batería de las Damas, en Urgull, desde la amanecida hasta las diez de la noche, se dispararán cañonazos cada media hora. La conducción, presidida por el infante don Fernando, tuvo lugar el día 25 por las calles Mayor, Hernani y Avenida hasta la plaza de España. Obvio resulta comentar el elevado número de políticos que acompañaron el traslado del féretro colocado sobre un armón de artillería, al que seguía el coche estufa y tres carruajes con coronas.

Los cronistas escribieron que, desde el entierro de José María Usandizaga, San Sebastián no había conocido tan grandiosa manifestación de duelo. Terminó en la Estación del Norte, desde donde se llevarían los restos hasta Marsella para llegar a su ciudad natal, Haguenau.

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