Ellos y ellas

Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZ

La realidad, los nuevos tiempos, terminan antes o después por cambiar el lenguaje. 'Guachapeamos' ya igual que escribimos. Y a la inversa, también ocurre que a las palabras se les pide ejemplaridad para salvar ese abismo que sigue separando lo que se dice de lo que se hace. El cambio de himno de la Real Sociedad, con ese 'aurrera Erreala' en lugar del 'aurrera mutilak', y en verdad cualquier gesto institucional para que se tenga en cuenta la presencia de la población femenina en los discursos -el lenguaje inclusivo-, responden a esa teórica sensibilidad por encaminar las frases hacia la perseguida igualdad. Sin duda, las palabras importan mucho para crear conciencia. Hay que repetir el mensaje hasta la saciedad, para que termine calando.

Pero no es lo mismo parecer igualitario que serlo. Arrastrados por la ola del lenguaje políticamente correcto, se corre el riesgo de quedarse con el gesto, de conformarnos con el lazo del envoltorio y que dentro no haya ningún regalo. Ojalá se aplicara el mismo empeño que se tiene hoy con el lenguaje para cambiar también la realidad, para que haya una conciliación real, para que las empresas no se queden solo en la obligación de la ley, para que las mujeres no tengan que elegir entre progresar en el trabajo o tener hijos, para que los cuidados -de los críos, de los mayores- recaigan tanto en ellas como en ellos, para que ninguna mujer tenga que gritar el 'yo no renuncio' como lo hacen desde el club de las malas madres, para que los permisos de maternidad y paternidad sean igualitarios e intransferibles, para que la conciliación no sea solo cosa de mujeres.

Empujemos con palabras, sí, pero sobre todo con los hechos.

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