La alquimia expresionista de Schiele en el Guggenheim

El museo bilbaíno muestra un centenar de los prodigiosos dibujos del atormentado artista austríaco que retrató los desgarros del alma

MIGUEL LORENCIBILBAO
Desnudo femenino yacente con las piernas abiertas. / Egon Schiele/
Desnudo femenino yacente con las piernas abiertas. / Egon Schiele

Los dibujos de Egon Schiele son como relámpagos. Su trazo seguro y vertiginoso, su fuerza eléctrica y su rara belleza sacuden a quien los contempla. Su singularidad permanece en la memoria del observador. El artista austriaco (Tulln, 1890 - Viena, 1918) fue un gran motor y renovador de la estética del siglo XX. Vivió solo 28 intensos y convulsos años y concentró lo mejor de su producción en la última década de su vida. Dos lustros prodigiosos en los que se detiene la muestra que acoge el museo Guggenheim de Bilbao. Reúne un centenar de piezas sobre papel, pequeñas grandes obras que desvelan el talento indómito, atormentado y potente de un artista único y de influencia determinante que reflejó como nadie los desgarros del alma.

El museo Albertina de Viena, santuario mundial del dibujo y el arte gráfico, cede sus mejores fondos de Schiele. Un centenar de dibujos, gouaches, acuarelas y fotografías que permiten trazar un certero perfil de la cambiante y rica trayectoria del artista, un mago del color que con muy pocos y convencionales elementos plásticos renovó la sintaxis expresionista.

Atento a su admirado Gustav Kilmt y movido en sus inicios por la poderosa ola del modernismo vienés, Schiele no tardó en diferenciarse y encontrar su desafiante camino en el dibujo. Alejando del naturalismo, combinó con inaudito poder expresivo las manchas de color y la línea, aliándolos con un vigor y una determinación tan radicales como nuevos.

Apenas unos trazos certeros y rápidos le sirvan para hacer de un dibujo una gran obra. Se concentra en una parte, -el rostro, las manos, un detalle- y parece dejar a medio camino el resto de la composición sin restarle un ápice de fuerza al resultado final. Genuinos e inolvidables retratos que son espejos de las tensiones que anidan en el alma de sus modelos.

Su estilo se depura y se singulariza entre 1908 y 1918, la década prodigiosa en la que con todas las influencias metabolizadas su inconfundible originalidad fluye libre y poderosa. Personaje atormentado y atrabiliario, la temprana visita de la muerte truncó su ascendente camino cuando se empezaba a reconocer su singular genio. Tuvo antes que enfrentarse a las peores lenguas y las denuncias que le señalaban como pornógrafo, pervertidor y abusador de las crías que retrataba. Pasó por la cárcel y conoció el descrédito y la necesidad.

Legado

A pesar de esta corta y azarosa vida, a menudo al borde de la miseria y la exclusión, su legando es tan rico como apreciado. Más de 2.500 dibujos sobre papel, tres centenares largos de pinturas sobre madera o lienzo y unos cuadernos que son el verdadero laboratorio de este alquimista del trazo y el color capaz de hacer de cada dibujo una obra magistral.

El Guggenheim nos trae un centenar de sus dibujos, muchos de sus últimos y mágicos años, aunque ofrece ejemplos de su obra más temprana. El responsable de la selección y comisario de la exposición es Klaus Albrecht Schröder, director del Albertina vienés que ve en Schiele un artista "capaz de plasmar el desgarro interior de la personalidad".

Schiele concedió pronto a sus dibujos la categoría de obra mayor, equiparándolos con los lienzos, al contrario que Klimt y otros tantos maestros que lo concebían como boceto para otras piezas. Esta determinación dota a sus piezas del enorme poder expresivo y la capacidad de deslumbrar y fascinar al espectador.

La obra de Schiele se apega a su tiempo. No es ajena a las corrientes científicas y de pensamiento del inicio del siglo XX en el que la fotografía explota y la medicina y el psicoanálisis abren nuevas sendas. Mezcla sexualidad e inconsciente en unos desnudos femeninos en los que la teosofía y la espiritualidad toman carta de naturaleza. A menudo orla a sus ninfas y mujeres con una aureola blanca como 'Luz que emana de los cuerpos' y refleja como pocos la soledad existencial.

Hijo de un familia sin recursos y pésimo estudiante, el precoz talento de Schiele le abrió las puertas el Academia de Bellas Artes de Viena con 16 años. Era un selecto y conservador club en la ciudad de Freud, Mahler, Wittgenstein y el propio Klimt, cuyo trabajo fue el primer referente de Schiele. Interesado por las clases de de anatomía, abominó pronto de las claves historicista y conservadora del entorno y puso tierra de por medio.

El autorretrato es su vía de ruptura y escape. Transcurrido un siglo, sus piezas de la primera década del siglo XX pasman por modernidad, con un eficaz desaliño compositivo y un descaro gestual que no sería habitual hasta la era punk. Su otro canal de huida del academicismo está en sus sensuales desnudos femeninos. Recurre de nuevo a insólitos encuadres y posturas y con una sintética estilización que remite a El Greco y a las esculturas de Giacometti aun por llegar.

Equilibrio

A finales de esta década su estilo está plenamente definido y se materializa en retratos como el del pintor Anton Faiestauer y 'El violonchelista' al quien dibuja sin su violonchelo, con tiza y acuarela sobre papel de embalaje en 1910. Anticipa el expresionista lenguaje corporal que por un lado perfila figura y por otro omite el detalle. Un efectivo equilibrio entre la imitación realista y la abstracción más pura. Son los años de sus crudos y conmovedores retratos infantiles como 'Tres chicos en la calle' 'Muchacha desnuda de cabello negro' y Muchacha desnuda sentada'.

Cuando su talento es ya reconocido y expone en Múnich o Budapest llega el escándalo. Es acusado sin fundamento del secuestro de una menor y de "exhibir desnudo eróticos", lo que supone un mes de encarcelamiento y la caza de brujas. Algunos de sus dibujos se queman en público. Pinta acuarelas en la cárcel que están en la muestra y, superado el bache, expone en Berlín, Roma, Bruselas y París.

Reclutado para la primera guerra mundial, un destino en una oficina vienesa le permite seguir dibujando. Calmó sus pulsiones tras el matrimonio con Edith Harms, recurrente modelo de madurez junto con su hermana Adele. Para entonces su genial esquematismo es ya una marca inconfundible reconocida en Ámsterdam, Estocolmo y Copenhague. Reconocido como un puntal de las Secesión vienesa, sus dibujos se tiñen de un pesimismo atroz que bascula entre la vida y la muerte. Su esposa, embarazada de seis meses, contrajo la gripe española que mató a millones de europeos. Edith murió en 28 de octubre de 1918 y el virus acabó con la vida de Egon Schiele tres días después.

El Albertina de Viena atesora una de las colecciones de obra sobre papel más extensas y notables del mundo, con cerca de 50.000 dibujos y acuarelas y unas 900.000 estampas del gótico a nuestros días.

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