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Relatos de verano

Lo-cu-ra

Esta vez no me resistí. Quizás porque en situaciones así te mueves como una hoja, donde te lleve el viento.

11.08.11 - 07:41 -
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Esta vez no me resistí. Quizás porque en situaciones así te mueves como una hoja, donde te lleve el viento. Me dejé llevar. Y la primera impresión fue buena. Al otro lado de la puerta encontré un rostro agradable, con una belleza madura y atractiva. A pesar de mi estado me fijé en eso. Esta vez había llegado hasta allí por el empeño y la ayuda de buenas personas, y también arrastraba a mi marido.
– Por supuesto que podemos trabajar con ustedes pero será por separado. ¿Tienen alguna predilección por el sexo del profesional?– Estaba claro que ella ya había decidido con quién se quedaba de los dos porque la pregunta se la dirigía a mi marido.
– No, no, ninguna. Para mí es mi primera vez.
– Estupendo, les pondremos el mismo día para que puedan venir juntos. ¿Toman alguna medicación?
– Yo no, mi mujer sí.
Sabía lo que pensaba mi marido: él no lo necesitaba. Lo hacía por mí. Para él no había cura, solo resignación, aceptación bajo la lógica aplastante, esa que no tiene nada que ver con los sentimientos. Él siempre fuerte. Solo yo que, como si hubiera conocido el futuro, había sufrido con anterioridad de ‘terrible presagio’, corría el peligro de volver a recaer. Pero cuando se rompe el corazón y la hemorragia que se produce es de lágrimas, pocas cosas, pocas personas, son capaces de cortar, de cauterizar esta herida y la locura puede llegar a cualquier persona, hasta la más cuerda. Él me pedía aceptación y yo no podía aceptar, eso significaba resignarme y no luchar para encontrar justicia.
Llegó mi primera sesión y enseguida conecté con ella. Estuvo cercana, reconfortadora, no callaba si yo no hablaba. No repetía mi última palabra para formular con ella la siguiente pregunta. Me animaba a llorar o hablar, sutilmente, sin apenas darme cuenta. Me daba consejos muy valiosos.
– Y recuerde, economía de guerra, como decía mi abuela. No haga planes a largo plazo, solo de hoy para mañana. La situación en la que está es de conflicto, es una guerra de dolor, no hay que derrochar fuerzas ni energías. Solo hay que tratar de curarse. Lo lograremos.
A veces, las sesiones estaban plagadas de momentos de muchas lágrimas y de ‘mea culpa’. Culpabilidad de no haber hecho, no haber dicho, no haber dado, todo era sentimiento de culpa. El sentimiento de culpa que produce ‘sobrevivir’. Sentía que había sido inflexible. Cuando siembras un árbol intentas que prospere y crezca recto, frondoso, abonas y podas, nunca piensas que se vaya a secar antes que tú. Quizás si hubiera sabido que su tiempo iba a ser tan pequeño, habría dejado que sus ramas crecieran con alegría, no les habría infligido cortes drásticos, en la dirección adecuada, exigiéndole frutos en un tiempo tan corto.
Con el paso del tiempo las lágrimas se agotan y se aprende a llorar sin ellas. Y los sentimientos de culpa se diluyen, se olvidan, porque tú ya no eres importante, solo los recuerdos adquieren importancia, se convierten en el alimento indispensable para seguir viviendo. Pero, ¿y la locura? Si en anteriores crisis no admitía lo que tenía y me resistía al diagnóstico, en esta ocasión me reconocía como loca. Encerrada en mí. Apenas hablaba con mi marido. Solo escribía. Aquí, allá, a éste, a otro. A personas que no conocía de nada. Loca como un Quijote, blandiendo palabras escritas contra rufianes de carreteras. Contaba mi pena, sin vergüenza, sin pudor, con afán de cambiar las cosas que me habían producido tanto dolor.
Ella me tranquilizaba.– No es locura, usted no está loca. Está tratando de curarse y para ello necesita ese recogimiento. Y en la escritura ha encontrado su forma de cura.
Nadie me había proporcionado tanta ayuda hasta ese momento. No tenía nada que ver con mis anteriores crisis, en esta ocasión distinguía perfectamente que no es lo mismo estar triste que tener una depresión. Ahora mi tristeza tenía motivos y explicación. Y un día apareció la palabra clave. Esa que, de repente, actúa como una descarga eléctrica para sacarte del shock y comienzas a caminar, con pasitos pequeños, porque el camino de la vida está lleno de pasitos cortos, uno detrás de otro, aunque a veces nos parezca que son zancadas por lo rápido que pasa.
– Si cree que está loca, repita muchas veces conmigo, deletreando, «locura» – me decía. – Lo-cu-ra, lo-cu-ra, una y otra vez todo seguido: lo-cu-ra-lo-cu-ra-lo-cu-ra-lo-cu-ra-lo-cu-ra, y al final, ¿qué resulta? ¡«Cúralo»! Eso es. Eso es lo que está haciendo, curándolo.
No se curó en días, ni en meses, ni en años, porque la locura de perder a un hijo es incurable, pero se aprende a vivir con ella, a seguir, a sobrevivir. A no ensuciar a otros con tu dolor, porque para muchos el dolor es sucio, feo, mejor no sentirlo, no conocerlo, no hablar de ello.
Esa profesional de los sentimientos me enseñó a encontrar caminos para no morir. A canalizar la fuerza de la rabia. A no odiar pero sí a luchar para que las acciones de otros no produzcan muerte y desolación. Pero, sobre todo, hizo posible que la frase «cuando la muerte entra por la puerta, el amor sale por la ventana», esta vez, no se cumpliera.
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