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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

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Parece que las declaraciones del escritor donostiarra Fernando Aramburu no han sentando muy bien y han suscitado un poco de lío. No comparto para nada algunas de sus apreciaciones (en el supuesto de que los medios las hayan recogido bien), pero no me parece que esté muy equivocado en cuanto al meollo de la cuestión. Este mundo moderno es el mundo de la imagen, es el mundo en donde solo queda y solo vale la imagen que queda al final. Es la percepción social de lo vivido lo que prevalece, esa sensación final de que las cosas han sido más o menos así, aunque pensemos que han ocurrido de otra forma, o aunque, a nivel individual, estemos convencidos de que han sucedido otras cosas. Queda lo que queda en la superficie, las estelas en la mar. Ese, no otro, es el relato de lo sucedido.
Pues bien: lo que ha quedado en toda esta siniestra historia es que los escritores vascos no han alzado su voz cuando lo tenían que hacer. No la han alzado con independencia de la lengua utilizada para escribir sus páginas. No sólo los escritores. No la han alzado los intelectuales, no la ha alzado la universidad. No en público, desde luego. Diría que tampoco en privado. Lo que queda al final en el fondo de nuestras retinas, la estela que distinguimos, después de todo, es nuestro oneroso silencio. Ha habido excepciones, claro, pero las excepciones no hacen sino acentuar el silencio de la mayoría. Los intelectuales -tampoco la Iglesia, no la olvidemos-, han sido incapaces, en su conjunto, de alzar la voz contra ETA cuando había que haberlo hecho.
Ahora, al final, es de prever que el personal intente colgarse medallas, y rebusque aquella frase que se coló como pidiendo permiso en un artículo; aquel libro en el que uno de los personajes hacía un comentario que sólo podía ser interpretado como condenatorio del terrorismo; aquella vez que en un acto público, empujado por las circunstancias, hubo que decir algo que quizás en un contexto adecuado se podía haber entendido como lo que realmente quería que se interpretase quien la pronunciaba, con la confianza interna de que no se enteraría demasiada gente... hemos vivido unos años en los que teníamos que rodearnos de exégetas y de intérpretes dotados de un buen diccionario para poder aclararnos en lo que realmente queríamos decir: «Sí, pero no; no, pero sí; quizás sí, pero en el fondo...». Así hemos construido nuestra historia. Esa es la imagen que hemos dejado. Esa es la estela. Eso es lo que queda. Pregunten, pregunten a los familiares de las víctimas, pregunten cuántos de entre ellos han sentido a su lado el calor de escritores, profesores, universitarios o intelectuales en general. No nos engañemos una vez más. Por lo que sea, por planteamiento ideológico, por desidia o por miedo, no hemos sabido dar la cara, ni ponernos del lado de los débiles, ni defender los principios éticos mínimos que deben regir en las relaciones humanas. Esa es nuestra triste historia. Y eso es lo que va a quedar.
Ni siquiera, por desgracia, a nivel privado. Hemos rehuido en nuestras conversaciones hablar del tema. Incluso cuando la persona que teníamos enfrente reivindicaba sin complejos un posicionamiento ideológico que nos causaba náuseas: incluso entonces hemos callado. En marzo de 1996 presidí en la universidad, en un acto de gran valor simbólico, un homenaje a Tomás y Valiente, profesor universitario y brillante intelectual asesinado por ETA. Ese día hubo enfrentamientos y destrozos en varios locales de la universidad. Las sillas que salían volando por las ventanas fueron imágenes que se colaron en los telediarios del día. Quitando las que se produjeron en el momento, ¿cuántas otras llamadas de solidaridad recibí? ¿Cuántos universitarios se preocuparon por lo que pasaba? ¿Cuántos fueron capaces de enviar una nota en un sobre cerrado? ¿Cuántos intelectuales levantaron la cabeza? ¿Cuántos escritores, sea en euskera o en castellano, reflexionaron en voz alta? ¿Dónde estaban? ¿Dónde, en esa ocasión y en otras muchas?
¿Dónde están ahora? Porque ahora también están sucediendo cosas. Ahora se intenta tapar el tema, se intenta reescribir la historia y extender la amnesia, revisando todo lo pasado a la baja. Incluso algunos no tienen remilgos en alentarnos defendiendo que la amnesia es necesaria para que todos vivamos en paz. La intelectualidad permanece callada y muda ante semejante ataque a los principios éticos más elementales. No se trata, por tanto, sólo del pasado. Estamos hablando del presente.
El reciente comunicado de la familia Uria vuelve a dejar las cosas en su sitio. «Es el dolor natural de las víctimas», dirán algunos. «Tienen nuestra comprensión», añadirán otros. «No tenemos por qué compartir sus planteamientos», sentenciará la mayoría, de forma explícita o callada, con su silencio. Y, sin embargo, es elemental lo que dice el comunicado. Piden solo solidaridad real, piden que se condene con claridad esa barbaridad. Y que quien lo impulsó, con su actitud activa o silenciosa, acepte lo sucedido. Y diga que se equivocó. ¿Es mucho pedir? Tampoco hoy sé dónde están nuestros escritores e intelectuales. Aquí, que firmamos manifiestos hasta para protestar por el trazado de un camino rural, seguimos en silencio. Y no creo que sea por no saber escribir.

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