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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Para salir de esta crisis, la receta es clara: o nos integramos más y mejor, o nos desintegramos como proyecto europeo e iniciamos una dramática carrera de las diversas economías estatales marcada por el lema de 'sálvese quien pueda'

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Quo vadis, Europa?
:: JOSEMARI ALEMÁN AMUNDARAIN
A estas alturas todos hemos tomado ya plena conciencia sobre la gravedad de la crisis económica, desplazada desde la inicial esfera financiera a la dimensión más dolorosa socialmente, la de la economía real. En el marco estatal español los desequilibrios macroeconómicos acumulados durante la fase de expansión económica, un sector de la vivienda sobredimensionado y otros factores que han demostrado ahora la ausencia de bases sólidas en su endeble sector productivo han servido de base para focalizar la voracidad insaciable de los especuladores financieros, amparados en la pasiva inercia europea.
Tras evitar poner un cortafuegos a la crisis griega hace ya casi dos años, las instituciones europeas (en realidad debería hablarse de una decisión casi unilateral de Alemania) han propiciado la situación de zozobra actual, sin rumbo, constantemente parcheando soluciones incoherentes y costosas, y, lo que es más grave, atentando al método y al espíritu comunitario/europeo en la toma de decisiones, ancladas ahora en el bilateralismo en lugar del actuar conjunto de los estados y con un rebrote anárquico de autarquía estatal, de dominio abrumador del peso de lo intergubernamental (los estados) sobre la idea política de Europa como superadora de la mera suma de egoismos estatales.
Angela Merkel ha rechazado, hasta el momento, tanto la posibilidad de reforzar el papel del Banco Central Europeo (BCE) como la alternativa de emitir eurobonos. Incluso en la propia Alemania cada vez más expertos advierten que su obsesión por la disciplina podría sumir a Europa en un mayor caos. La parálisis política en Bruselas es aprovechada desde Alemania (y en menor medida, desde Francia, que manda menos de lo que la elocuencia y el afán de protagonismo mediático de Sarkozy pudieran dar a entender, y cuya economía atraviesa por serios problemas estructurales, todavía no aflorados) para gripar los dos motores de la construcción europa en sus más de 50 años de existencia: la solidaridad y la búsqueda de la eficacia.
Para salir de esta crisis, la receta es clara: o nos integramos más y mejor, o nos desintegramos como proyecto europeo e iniciamos una dramática carrera de las diversas economías estatales marcada por el lema de 'sálvese quien pueda'.
Los ciudadanos europeos nos debatimos entre la desafección y el malestar ante la forma de comportarse y de reaccionar frente a la crisis desde las instituciones europeas. No estamos en contra del proyecto europeo, sino de su actual rumbo. Es preciso reconstituir políticamente Europa. Hay que apostar por un liderazgo inquívocamente fuerte para reorientar bien la empresa común que representa Europa.
Suele afirmarse que Europa tiene problemas de comunicación. El mismo Jacques Delors calificó al proyecto europeo como un Objeto Político No Identificado. No debe sorprendernos demasiado comprobar que la percepción de la opinión pública es borrosa y confusa. Y ese déficit de imagen y de apoyo social no reside en una mera falta de comunicación que se pueda resolver sin más con una mejor campaña de marketing. Es una falta de comprensión y de convicción (entre sus ciudadanos y sus gobernantes) acerca de la originalidad, significación y complejidad de la construcción europea.
Así se explican los miedos de los ciudadanos y las escasas ambiciones de buena parte de sus dirigentes. Y así pasa con frecuencia que unos países parecen muy europeístas porque en el fondo aprecian las subvenciones que han recibido, mientras que otros ven en Europa una amenaza y dejan de percibir la oportunidad que representa. Unos y otros tienen una percepción equivocada de lo que Europa representa y, mientras no se disuelva ese equívoco, la adhesión al proyecto político de la UE seguirá siendo débil o superficial.
No se puede avanzar en la integración política si no abordamos abiertamente la cuestión de la naturaleza de Europa, si escamoteamos las preguntas de fondo acerca de lo que es y puede llegar a ser. Comprender Europa es el primer paso para conferirle un sentido e imprimirle una dirección, para indicar a la ciudadanía el camino a seguir para superar esta tremenda crisis.
El éxito y la originalidad de la integración europea residen en haber sabido dosificar siempre, desde su fundación, en cada decisión y en cada reforma, elementos intergubernamentales y elementos netamente europeos o integracionistas. Es decir, legítimos intereses nacionales y legítimos intereses comunes. Aunque las instituciones podrían adscribirse a unos u otros elementos e intereses, sin embargo cada una de ellas combina ambos ingredientes. Pero Europa vive ahora en un ambiente de desencanto y desorientación. Esta crisis ha destruido muchas ilusiones sobre la solidez de su economía, incluso de su sistema monetario, como también sobre el papel que la Unión podría desempeñar en el escenario mundial, particularmente en un momento en que afirman su presencia y sus ambiciones muy legitimas países emergentes de tal importancia como China, India o Brasil.
El mercado único, la unión política y monetaria debe serlo a las duras y a las maduras. No vale prevalerse, aprovecharse del mercado interior de la UE para favorecer tus exportaciones intracomunitarias (Alemania se 'sale' en ese ranking de aprovechamiento o beneficios derivados del mercado de los 27 estados) y mirar para otro lado cuando viene mal dadas. Porque el fracaso de tus socios (a los que Alemania mira en realidad como competidores) es tu propio fracaso. Solo cuando seamos conscientes de ello iniciaremos, juntos, el inicio del final de esta dura meseta que representa esta crisis sin precedentes.

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