LAS LEYENDAS DE IZARO

Lanzando una teja al mar, Bermeo ratificará hoy que la isla de Izaro le pertenece. Es una ceremonia antiquísima salpicada de verdades y mentiras que aclara Aingeru Astui, director del Museo del Pescador

ANDER IZAGIRRE

La isla de Izaro es un pedazo de tierra (675 metros por 150) que emerge del Cantábrico frente a Bermeo y Mundaka. Aparte de su importancia como colonia de aves marinas (gaviotas, paíños, garcetas y cormoranes) y como parte de la reserva de la biosfera de Urdaibai, el islote no tiene mayor relevancia. Acogió durante siglos a una comunidad de frailes franciscanos, que recibía visitas de reyes, y en el XIX se arrendaron sus tierras para el pastoreo, con la curiosa estampa del pastor que navegaba una milla y media de mar con su rebaño.

Aquí podría acabar toda la historia. Pero resulta que Izaro ha protagonizado unos cuantos episodios bastante curiosos. Repasemos tres de ellos. Primero: en septiembre de 1596, el convento franciscano sufrió el ataque del pirata Drake, quien destruyó parte del edificio, mutiló algunas imágenes sagradas y obligó a bailar desnudos a los frailes. Segundo: años más tarde, la isla se vio envuelta en disputas territoriales entre Bermeo y Mundaka, que se jugaron la propiedad en una regata hasta Izaro; ganaron los bermeanos, dueños del terreno desde entonces. Tercero: para conmemorar aquella famosa regata, todos los 22 de julio se celebran las bulliciosas fiestas de las Magdalenas en Elantxobe, el tercer pueblo en discordia, que se retiró de la disputa y aceptó ejercer de árbitro. Estos tres episodios tienen algo en común: son leyendas tan populares como falsas. En ellas hay mentiras, medias verdades y puros despropósitos.

De Bermeo, siempre

La legendaria regata nunca existió, pero su historia ha crecido como una bola de nieve en las últimas décadas. Y se la presenta como justificación para la fiesta que se organiza en Elantxobe, una fiesta que en pocos años se salió de madre hasta convertirse en una serie de juergas desastrosas con muertos y heridos, lo que obligó a tomar medidas drásticas hace un par de años. Por todo esto, Aingeru Astui, director del Museo del Pescador de Bermeo, cuenta la realidad de los hechos a quien quiera escucharla y pide que se respete el sentido de la fiesta, para tranquilidad de «los sufridos elantxobetarras, los injustamente involucrados mundaqueses y, sobre todo, los indignados e hipercabreados bermeanos».

¿Por qué se cabrean tanto los bermeanos? Porque Izaro siempre ha pertenecido a su municipio, sin ninguna duda. Cuando hace unos años algunos periodistas y algunos historiadores rastrearon la pista de aquella legendaria regata, no encontraron en los archivos ni una sola mención a ninguna disputa territorial. La primera vez que Izaro se menciona en un documento, el 27 de febrero de 1422, ya aparece ligada a Bermeo. «Es posible que antes existiera en la isla un refugio de ermitaños, bajo la advocación de Santa María Magdalena», explica Astui, «incluso pudo haber un lazareto, pero la primera mención es la del convento y consta que fue el Concejo de Bermeo el que donó los terrenos a los franciscanos».

Aquellos frailes, según relata Astui, se alimentaban de «galletas, hierbas o peces», así como de los huevos de las gaviotas que anidaban en la isla. También recibían víveres de los marinos bermeanos, a quienes orientaban haciendo señales o encendiendo fogatas; y cuando pasaban apuros, colocaban una bandera blanca en lo alto del convento y los vecinos acudían a socorrerles.

Los poderosos tenían una devoción especial por Santa María de Izaro, como reflejan las visitas de los monarcas que venían a jurar los fueros, como Enrique IV (en 1457), Fernando el Católico (1476) o su esposa Isabel (1483), que ordenó construir una escalinata de 255 peldaños (cuyos restos aún pueden verse) desde la orilla hasta la entrada de la iglesia conventual. Otros personajes de la realeza enviaron grandes limosnas o pagaron cientos de misas todos los años.

En 1596 llegó a Izaro una visita menos agradable: un ataque corsario. La tradición atribuye el asalto al temible sir Francis Drake, pero a Astui se le ocurre un pequeño inconveniente: «El ataque fue el 1 de septiembre y Drake había muerto en enero de ese mismo año. En realidad fue una flota de corsarios hugonotes (protestantes franceses) que primero intentaron asaltar Bermeo. Pero los vecinos cerraron las puertas defensivas y pidieron ayuda a los pueblos vecinos, como estaba establecido en el Señorío de Vizcaya. Llegaron cuatrocientos hombres de apoyo y entre todos expulsaron a los corsarios». Parece que en la huida los corsarios se desahogaron destruyendo el convento de Izaro. Dicen que el padre prior se escondió en una cueva con el Santísimo y los cálices, pero que los hugonotes encontraron a dos monjes y les hicieron bailar desnudos. Y en el punto donde la historia empieza a diluirse con la fábula, el relato no deja impunes a los malvados: se cuenta que uno de los barcos encalló en las rocas y que todos los tripulantes se ahogaron, excepto el grumete, que fue quien relató los hechos. «Castigo de Dios», sonríe Astui. Otra leyenda habla de un fraile que algunas noches remaba hasta la costa, para visitar a una novia (que tenía en Bermeo, Mundaka o Elantxobe, según las versiones) y que le indicaba el camino con un farol. Hasta que el padre de la chica se enteró y puso la luz en una zona rocosa para que el fraile encallara y se ahogara. Castigo humano, esta vez.

La regata fantasma

En las aguas cercanas a Izaro, el alcalde de Bermeo toma una teja y la lanza al mar: «Horraino heltzen dira Bermeoko itoginak!» («¿Hasta allí llegan las goteras de Bermeo!»). Y entonces explotan los cohetes, las músicas y los cantos en las embarcaciones que han acompañado a los miembros del Ayuntamiento a reafirmar la posesión del islote, como todos los 22 de julio, día de Santa María Magdalena, fiesta grande. Unos minutos antes, algunos concejales han colocado la bandera de Bermeo y la ikurriña en la cumbre de Izaro.

Hace unas décadas empezó a correr esa historia de que, con esta ceremonia, los bermeotarras rememoran la regata con la que ganaron a los mundakarras la posesión de la isla. Nadie ha podido documentar tal regata, pero hay quien dice que la apuesta la organizó el Señor de Vizcaya, harto por las disputas territoriales entre los dos pueblos; hay quien la sitúa en 1719 (casualmente, el año en que los franciscanos abandonaron Izaro para mudarse a Forua); hay quien cita textos de cronistas anónimos Y también se ramifican las versiones del triunfo bermeotarra. En Mundaka se contaba que las lanchas debían zarpar con el canto del gallo, pero los bermeotarras encendieron hogueras para que el gallo cantara antes y así consiguieron la ventaja suficiente para ganar.

También decían que la víspera los bermeotarras aparecieron por Mundaka para dárselas de amigos y emborrachar a los remeros contrarios. O que Bermeo venció pero que uno de sus remeros se ahogó (aquí se adivina un reproche por las excesivas ansias de los bermeotarras, tan empecinados en ganar que dejaron morir a uno de los suyos). Otra versión similar dice que llegó primero Mundaka, pero que cedió la isla a sus rivales para compensar la muerte del remero. Y todavía hay versiones que involucran a Elantxobe como tercer municipio pretendiente, que renunció a la disputa y aceptó ser árbitro (cuando Elantxobe ni siquiera fue pueblo hasta 1858; sólo era el puerto de Ibarrangelua). «La historia de la regata ni siquiera puede considerarse leyenda», dice Astui, «porque no tiene ninguna referencia histórica; es un puro despropósito. Se la inventó alguna cuadrilla de marinos, después de la guerra, y se propagó con éxito».

El rito de la posesión de Izaro es antiquísimo, se celebra al menos desde que el Concejo de Bermeo cedió la isla a los frailes en el siglo XV. Se trata de un acto de reconocimiento de los límites del municipio. En la tradición vasca, la teja es símbolo de jurisdicción, símbolo de la casa: hasta donde llega el alero, llega la protección del hogar. En algunos lugares echan tejas a los arroyos fronterizos o se hincan en los límites. En Bermeo la lanzan todos los años a las aguas de Izaro. Y, aunque tiene menos eco, los ediles bermeotarras también acuden al islote de San Juan de Gaztelugatxe el 29 de agosto, para reafirmar allí el límite occidental del municipio y pedirle un inventario de los bienes al abad del santuario. En esta otra fiesta participan los habitantes de Bakio, los vecinos del oeste. Así que estamos ante una ceremonia común a bastantes pueblos y curiosa de por sí, sin necesidad de regatas espectrales.

Mientras los frailes vivían en la isla, los bermeotarras celebraban allí la comida del 22 de julio, después del rito de la teja. En los últimos casi tres siglos la han organizado a veces en Sukarrieta y últimamente en Elantxobe, donde el alcalde y los vecinos acogen a los bermeotarras y comen con ellos. Alrededor de este banquete creció una fiesta cada vez más concurrida, que acabó desmadrándose en los últimos años, y empezó a extenderse la falsa idea de que las Magdalenas eran una fiesta de Elantxobe. «Los elantxobetarras acogen magníficamente a los de Bermeo, pero la comida sólo es una escala de la gira», explica Astui, «y si alguna vez se decidiera hacerla en otro pueblo, en Elantxobe no se celebraría nada relacionado con las Magdalenas».

Después de la sobremesa, la comitiva embarca de nuevo y regresa hacia Bermeo, aunque primero rinde visita de cortesía a Mundaka. En este último tramo empiezan las bordeadas, cuando los barcos acompañantes hacen ciabogas por la proa de la embarcación oficial, en plena marcha. Es de suponer que el banquete, el vino abundante y las vueltas y revueltas entre el oleaje dejarán un poco tocados a los bermeotarras, que además llegan a puerto entre los tañidos de las campanas, las sirenas de los barcos y los sones de la banda municipal. Pero aún tienen por delante el baile de biribilketas, arin-arin y fandangos, incluso la verbena y será difícil encontrar un bermeotarra que confiese haberse mareado en el Cantábrico.

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