ASUN BALZOLA ENTRE NOSOTROS

MARIASUN LANDA

Asun Balzola se nos fue hace ya un año, pero la que fue su Biblioteca junto con el conjunto de impresos, monografías, correspondencia, documentación profesional y obra gráfica queda entre nosotros, en el Centro de Documentación Infantil de la Biblioteca Central de Donostia. La decisión de sus herederos y la disposición de Donostia Cultura es una gran noticia para todos los que reconocemos en Asun la gran artista innovadora que fue, la aportación que supuso su obra a la Literatura Infantil vasca y el lujo que representa haberla tenido como maestra y colaboradora durante tantos años.

Por mi parte, mi agradecimiento y emoción son aún mayores ya que, de forma simbólica, esta decisión me devuelve a la gran amiga que la muerte me arrancó sin avisar, de una forma tan inesperada como brutal, dejándome una ausencia que será muy difícil de sustituir.

Recuerdo que, hace un año, cuando se conoció la noticia de su muerte, me llamaron muchos medios de comunicación recabando información u opinión. Fui incapaz de atenderles, sólo quería retirarme para ir digiriendo aquella noticia que me dejó, por unos días, sin poder sentir el suelo, sin poder asirme a cualquier ilusión, sin neuronas para escribir en el folio blanco de la pérdida. Porque Asun y yo, además de formar un tandem escritor/ilustrador ya conocido, éramos, sobre todo, amigas. Ella ocupaba un lugar que es difícil de sustituir, una referencia inevitable, una interlocutora única e inolvidable. Cuando le dediqué el cuento Elefante txori-bihotza/Elefante corazón de pájaro me limité a poner: «Para Asun Balzola, amiga». Y resumía con ello no sólo el reconocimiento que le profesaba sino también la secreta complicidad que nos unía, el bagaje de anécdotas, viajes, confidencias y experiencias en común amasado durante más de 20 años.

Bilbaína, vasca, cosmopolita

Asun no podía ser más que de Bilbao, al menos, entre nosotras, era habitual hacer chistes sobre ello. Nació en 1942 en una familia acomodada y estudió grafismo en la Escuela de Bellas Artes. A los 22 años tuvo un accidente de coche que la dejó paralizada cambiando su vida radicalmente. La Asun Balzola adulta que conocimos no se puede comprender sin ese tremendo revés, su personalidad luchadora, su creatividad y la lección de vida que continuamente nos proporcionaba, así como su obra plástica y literaria, no pueden entenderse sin aludir a ese desgraciado accidente.

Años de sufrimiento y disciplina, años de rehabilitación estoica, la hicieron llegar a ser la artista plástica, la ilustradora reconocida internacionalmente y la mujer seductora que yo conocí en los años 80. Para entonces, ella había vivido unos años en Italia donde se casó, se había establecido en Madrid dedicándose por entero a la ilustración, no sólo los libros infantiles de otros sino también escribiendo los suyos, así como colaborando en prensa o traduciendo obras al castellano del inglés, alemán o del italiano. Su obra está refrendada por reconocidos premios, como el Golden Appel de Bratislava (1985), el Premio Nacional de Ilustración (1986) o el Premio Euskadi de Literatura Infantil (1991) entre otros.

Cosmopolita y plurilingüe, siempre reivindicó sus raíces vascas y puso mucho entusiasmo en aportar lo mejor de sus ideas innovadoras a la titubeante edición infantil en euskera al comienzo de los 80: Margoak, Zenbakiak, Itziar eta Anton, Negua... libros que publicó con la recién nacida editorial Erein. De aquella época, ella solía afirmar que tenía una deuda con el euskera y no sabía cómo pagarlo; al vivir fuera se sentía incapaz de aprender la lengua pero, con aquel trabajo sintió que podía trabajar para la cultura vasca y además tuvo la oportunidad de tejer una serie de relaciones ricas y amistosas. También cabe destacar, dentro de su amplia bibliografía, las magníficas ilustraciones de Leyendas Vascas (Erein), cuatro volúmenes donde Asun quiso dar lo mejor de sí misma y de las que, según me dijo en más de una ocasión, se sentía especialmente satisfecha.

Esta estrecha comunicación con los autores e ilustradores vascos se mantendría hasta su muerte. Fue la ilustradora innovadora, carismática y maestra de muchos de nuestros ilustradores actuales, así como la colaboradora inolvidable de muchos de nuestros autores entre los que tengo el honor de encontrarme.

Escritora intuitiva

y peculiar

A partir de 1978 comenzó a escribir sus propios textos, estrenándose con el delicioso libro Historia de un erizo. Las razones que adujo para ello son muy similares a otros grandes autores de literatura infantil: a veces, recibía para ilustrar unos textos tan planos y sosos y con un planteamiento tan atrasado, que decidió que la única solución era comenzar a escribir sus propios textos. De todas formas, siempre pensó que el trabajo del ilustrador era tan importante como el del escritor y que un libro hay que valorarlo también desde el punto de vista plástico.

Personalmente, creo que sus álbumes sobre Munia forman parte de lo mejor de la obra de Asun Balzola. Aquellas acuarelas que sugerían más que describían las escenas, la sencillez formal al servicio de las cosas esenciales que rodeaba a sus ilustraciones, la forma innovadora de buscar las sensaciones, sugerir ambientes, dejar espacios abiertos a la complicidad del lector resultaron para mí un verdadero hallazgo estilístico. Fueron aquellos álbumes, aquel maravilloso personaje de Munia, quienes me hicieron llamar a su puerta de la calle Clara del Rey en Madrid a finales de los años 80. Había encontrado en Asun Balzola las mismas características que yo perseguía al escribir mis textos sobre Iholdi. Ella puso forma, color y vida a unos textos minimalistas que luego conocerían un gran reconocimiento dentro y fuera del Estado. Iholdi, en el primer capítulo de mi libro, se quita la chapela para saludar a Munia que lleva su sombrero azul. Son amigas ya. El libro no podía comenzar de otra forma, es decir, con un gesto de admiración y reconocimiento hacia Asun Balzola.

De pequeña, en casa, le llamaban txoriburu, y así tituló ella su autobiografía, Txoriburu/Cabeza de chorlito (Destino 1998), un libro tan apasionante como original.

En efecto, creo que se trata de la obra más ambiciosa, más elaborada y lograda que Asun emprendió a finales de los 90. Esas memorias de infancia constituyen un acceso privilegiado hacia la personalidad de Asun, hacia su sustrato, labor arqueológica emocionante y evocadora. Txoriburu termina a los siete años coincidiendo con la súbita y trágica muerte de su padre. Una tragedia que, a menudo, Asun comparaba con la suya: aquel accidente de coche que marcaría su vida

El aniversario de su muerte coincide con la donación de su Biblioteca y documentos a Donostia Kultura, proporcionándonos una ocasión más de reivindicar su presencia entre nosotros e invitar a seguir disfrutando de su obra plástica y literaria. Una forma de homenajearla, de escuchar su voz y sus vivencias.

Y, también, de oírla cantar ya que, en la edición en euskera (Erein), el libro va acompañado de un CD con algunas canciones de su infancia cantadas por ella. Y, la verdad, es que Asun Balzola, entre otras cosas, cantaba muy bien.

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