La palabra hecha piedra

Roncaleses y baretoneses renuevan mañana en la Piedra de San Martín, en el collado de Ernaz, un pacto sellado en 1375. Desde entonces, la ceremonia sólo se ha suspendido dos veces

PAISAJE Y PAISANAJE ANDER IZAGIRRE

Los roncaleses y los baretoneses son gente de palabra. La cumplen todos los años, el 13 de julio, cuando se reúnen junto a un mojón del collado fronterizo de Ernaz, a 1.760 metros, para repetir la ceremonia por la que los vecinos del valle de Baretous entregan tres vacas a los del Roncal. Desde el año 1375 sólo se conocen dos interrupciones. En 1794, durante la Guerra de la Convención, los representantes de Baretous no acudieron a la cita. Pero los roncaleses les recordaron que el tributo no tenía nada que ver con las guerras entre España y Francia, sino con los pactos entre los dos valles, y a los pocos días los baretoneses bajaron a Isaba con las vacas pendientes. Y en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis impidieron el acto por temor a que los franceses lo aprovecharan para cruzar la frontera y escapar. A modo de compensación, en los dos años siguientes los baretoneses añadieron en cada entrega una vaca más, hasta que los roncaleses perdonaron la tercera que faltaba. Por lo demás, los habitantes de estos valles pirenaicos llevan 632 años cumpliendo la palabra dada. Una palabra que ha terminado petrificándose: en la Piedra de San Martín precisamente.

Riñas y tratos

El Tributo de las Tres Vacas se fecha en 1375, pero los tratos fronterizos y la costumbre de hincar piedras en la muga se remontan muchos siglos atrás. Lo escribe el filósofo Rafael Gambra, citado por el periodista Javier Pagola: «Cuando, tras la victoria de Poitiers, los francos lograron expulsar de la Galia a los ejércitos árabes, los montañeses del Pirineo tuvieron por costumbre colocar en los puertos divisorios piedras de muga, bajo la advocación de San Martín [patrón de Francia], a fin de que su patrocinio les librase de tan temibles visitantes. La más famosa de estas Piedras de San Martín se encuentra en el puerto de Ernaz, alto y desolado».

Expulsados ya los árabes, estallaron mil disputas entre los pastores de un lado y del otro, como consta en documentos del siglo XIII. Peleaban por el uso de los pastos y las fuentes de alta montañas. A veces se arreglaban con pactos orales, cartas de paz o con el régimen de facerías (una figura que regula la explotación de un territorio por parte de varios municipios, incluso de países distintos, como en este caso). Pero abundan las noticias de altercados, muertes y revanchas que acabaron encendiendo una guerra abierta entre los vecinos de Baretous y del Roncal.

La guerra que dio origen al Tributo de las Tres Vacas empezó con una riña entre pastores. El relato, que en algunos momentos se impregna con pinceladas de leyenda, dice que en 1373 el roncalés Pedro Karrika y el baretonés Pierre Sansoler se enfrentaron por el uso de una fuente en el cercano monte Arlás. Karrika mató a Sansoler, y según cuenta el autor Alfredo Feliú, Zinzarri, los parientes del muerto bajaron a Belagua en busca de venganza. Encontraron a Antonia Garde, esposa de Karrika, que estaba embarazada, la mataron y se ensañaron con el cadáver. Y la sangre pidió más sangre: se reunió una partida , atravesaron la cordillera, asaltaron la casa del difunto Sansoler y asesinaron a toda su familia. A la vuelta, los baretoneses los acorralaron en un desfiladero y se desató una matanza. El toque legendario que siempre barniza estas historias dice que a los de Baretous los capitaneaba un agote de cuatro orejas, que acabó traspasado por el lanzazo de un hombre de Garde. Y entre unas y otras versiones brumosas de la historia se concluye que murieron más de trescientas personas en aquellas trifulcas.

El rey Carlos II de Navarra y el duque Gastón III de Foix-Béarn intervinieron para frenar la masacre y se decidió que el alcalde y cinco habitantes del vecino valle de Ansó hicieran de intermediarios entre los contendientes. El 16 de octubre de 1375 dictaron una sentencia que establecía con minuciosidad los derechos de cada valle sobre el aprovechamiento de los pastos y las aguas en las zonas fronterizas. Y en una de las cláusulas se establecía el famoso pago de las vacas: «Pronunciamos et mandamos por sentencia que los dichos baretones den et paguen por cada un anno perpetuamente, de aquí adelante, las dichas tres vacas sines mácula». Al contrario de lo que a veces se dice, el tributo de las vacas no es por tanto el pago de una deuda de sangre. Como señala el catedrático Víctor Fairén, experto en las facerías del Pirineo, se trata de una compensación por el disfrute que hacen los baretoneses de los terrenos de Leja y Ernaz durante 28 días a partir del 10 de julio, como estipula aquel reglamento de 1375. Después los roncaleses tienen derecho a usarlos desde la primera semana de agosto hasta el 25 de diciembre, pero ya es una época en la que predominan el frío y el mal tiempo, con lo que el rendimiento disminuye.

'Pax avant'

Aquellos litigios se pierden en la noche medieval; ahora roncaleses y baretoneses comparten proyectos transfronterizos. Entre otras cosas, están impulsando un itinerario cultural que enlaza los museos etnográficos de Isaba y Arette y que se llamará el Circuito Pax Avant. El propósito es rememorar el flujo que durante siglos ha transcurrido entre los dos valles: por este collado que roza los dos mil metros han atravesado la cordillera pastores, madereros, tratantes, artesanos, constructores, contrabandistas, guerrilleros Y dos tipos peculiares de viajeras: las auchas, que según el etnógrafo Fernando Hualde eran mujeres de Zuberoa supuestamente endemoniadas, a las que llevaban ante la virgen de Garde para que las sanara; y las golondrinas, mujeres del Roncal (y de las zonas aragonesas de Ansó, Fago y Urdués) que en octubre cruzaban el Pirineo a pie para trabajar en las fábricas de alpargatas de Mauleón y no volvían hasta la primavera.

Por el collado de Ernaz ya no pasan emigrantes alpargateras, endemoniadas ni contrabandistas; apenas quedan unos pocos pastores que en mayo suban con sus rebaños desde Las Bardenas, y desde luego no tienen que pelearse por los terrenos. Pero la comarca revive con la afluencia de montañeros, excursionistas y visitantes, especialmente el 13 de julio, porque el Tributo de las Tres Vacas se ha convertido en una fiesta multitudinaria.

El ombligo de esta ceremonia medieval es la Piedra de San Martín. La piedra primitiva fue sustituida en 1858, porque un par de años antes el Tratado de Límites ordenó la instalación de 1.300 mojones a lo largo de toda la frontera pirenaica, y uno de esos mojones modernos se levanta ahora en el collado de Ernaz, en el paraje de La Contienda (topónimo de orígenes evidentes). Es el 262.

El rito mantiene petrificados muchos de sus detalles desde hace siglos. A un lado de la piedra comparecen los representantes roncaleses, vestidos a la manera tradicional: sombrero, capote negro, valona y calzón corto. Al otro, los de Baretous, trajeados de domingo y con la banda tricolor francesa cruzada sobre el pecho. El alcalde de Isaba, que preside la ceremonia, pregunta en tres ocasiones a los baretoneses si están dispuestos a pagar el tributo. Responden que sí tres veces. Entonces, uno de los alcaldes galos pone su mano sobre el mojón. Después, de manera alterna, se van colocando una encima de otra las manos de roncaleses y baretoneses. Cuando el regidor de Isaba coloca la suya sobre todas las demás, pronuncia el deseo solemne: «¿Pax avant!» («paz en adelante»). Los baretoneses responden con las mismas palabras y la fórmula se repite tres veces.

A continuación, un veterinario roncalés reconoce las vacas y da el visto bueno. La tradición dice que dos de los animales son para Isaba y el tercero va rotando cada año entre Garde, Urzainki y Uztarrotze, aunque hoy en día las vacas vuelven por donde han venido y el trato se cierra con su equivalente en dinero. Los roncaleses entregan un recibo a los baretoneses, se toma juramento a los guardas que cuidarán de la facería, se invita a dar un paso adelante a quien tenga algo que alegar, se levanta la sesión y se firma el acta. Como no podía ser de otro modo, los representantes terminan la ceremonia con un banquete en la Casa del Valle del Roncal.

Y también siguen con su jornada los cientos de montañeros y visitantes que han asistido al tributo, porque año tras año se reúne una multitud de espectadores en el collado de Ernaz. El rito es hermoso, pero lo que quizá seduzca a la gente, en el fondo, sea la esencia del acto: la palabra que mantiene su valor a través de los siglos, la confraternización y el deseo de paz.

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