PAMPLONA CREA TENDENCIA

La venta ambulante de San Fermín tiene cada año continuidad en el resto de fiestas estivales. Este año la estrella es un megáfono que imita a la perfección el sonido de la sirena de policía. Seguro que sigue atronando...

XABIER URRESTARAZU

Como si de una de las grandes pasarelas de la moda se tratase, Pamplona se convierte cada año en el escaparate perfecto para conocer qué novedades trae consigo una nueva temporada de fiestas estivales en el variopinto mundo de la venta ambulante. La condición ineludible para triunfar: provocar una simpática sonrisa la primera vez que se ve, y ganas de destrozar todo el género existente al final del verano.

Mención especial en este apartado merece la archiconocida rosa de plástico de los inacansables chinos. Estos habilidosos vendedores han logrado que su producto haya sobrevivido al verano a base de emerger entre las masas de los bares los fines de semana y de una inagotable paciencia para soportar los mil y un vaciles y regateos a los que son sometidos.

Sin embargo, no todos sus artilugios superan el verano. Quién no recuerda esas espadas multicolor que se iluminaban al extenderse o esos aros luminiscentes que se colocaban en la frente o el cuello y sobre los que corrían terribles rumores acerca de los daños físicos irreversibles que podían provocar en los portadores y que los hacían aún más atractivos para el público.

Pues bien, según la pasarela de San Fermín todo apunta a que la estrella del verano que comienza será un pequeño megáfono que se caracteriza por imitar los sonidos de los servicios de urgencia más conocidos: policía, ambulancia... El aparato, que ya apuntaba maneras en Irun durante San Marcial, ofrece además el servicio básico de todo megáfono, amplificar la voz hasta límites tan desagradables que el sentimiento de la sociedad pamplonesa se ha hecho generalizado. «¿Estamos hartos del dichoso megafonico!», afirman desesperados los encuestados.

Por 10 euros -con derecho a regateo- la máquina está haciendo las delicias de los más pequeños y, sobre todo, de aquellos personajes a los que les hace falta muy poco para soltarse la melena y convertirse en rey y azote de todas las fiestas. Esos que, si ya incordian sin megáfono, imagínense lo que pueden hacer con él. «Quieto todo el mundo, esto es un atraco», grita un joven a la entrada de la plaza del Castillo. Después, hace sonar hasta la saciedad la estridente sirena de la policía ante la mirada atónita de los viandantes.

Precisamente la policía municipal, la de verdad, ya está al tanto del escándalo que provoca el juguete y se ha puesto manos a la obra para retirar del mercado la mayor cantidad de megáfonos posible. Hasta el momento han requisado más de 1.300 ejemplares, algo que agradecerán muchos oídos. El Ayuntamiento de Pamplona argumenta que el sonido de estos aparatos se parece «demasiado» a los verdaderos por lo que podrían despistar a los profesionales.

Habrá que ver cómo reaccionan las autoridades de los pueblos y ciudades que celebran sus fiestas en las próximas semanas, ya que éste parece ser un invento que promete extenderse a todos los festejos.

La devaluada tradición de comprar ajos en San Fermín también está teniendo su particular revisión en los últimos años por parte de los vendedores callejeros de artículos festivos. Año a año va a menos la venta de este producto en fiestas que muchos adquirían para colgarse del cuello y pasearse de calle en calle con la ristra como bufanda. La incomodidad de llevar todo el día colgando un montón de ajos y, sobre todo, el olor que estos desprenden han obligado a los pamploneses a dar un pequeño giro a la tradición. Los ajos siguen colgando de muchos cuellos, pero ahora son de plástico. Un invento muy práctico que evita olores y que se puede manipular sin miedo a romper el manojo.

El otro triunfador de las fiestas es un clásico que aparece en todas las ediciones. Se trata de los toros y vacas de Kukuxumuxu. Las camisetas, peluches, llaveros y demás productos de la marca arrasan entre la gente y en las fachadas de los edificios ya que muchos balcones de Pamplona lucen engalanados con el simpático toro asomado.

Un turismo diferente

Steve es uno de los muchos debutantes en estas fiestas. Es sudafricano y llegó el viernes pasado a Pamplona. Cuando se le pregunta por la razón que le ha traído hasta Pamplona desde tan lejos lo tiene tan claro que no le hace falta responder. Con el dedo índice de su mano derecha señala la litrona de cerveza que sujeta con la izquierda mientras bebe. Pasa las noches a la intemperie, junto a un árbol enfrente del popular Café Iruña en la plaza del Castillo. Steve apenas puede mantenerse sentado sin caerse pero, tras dar otro largo trago de la botella de cerveza, asegura que no se marchará de San Fermín sin correr el encierro.

Como Steve, los bancos y parques están llenos de gente que duerme a la intemperie. En favor de los visitantes y de las fiestas hay que decir que no todos vienen a beber y dormir al raso. En las últimas ediciones Pamplona ha vivido un incremento del turismo extranjero de lujo. El hotel La Perla, de cinco estrellas en cuya habitación 217 se alojó Hemingway, así lo demuestra. Durante el pasado fin de semana estuvo lleno a rebosar y ahora entre semana su ocupación es del 80%, la mayoría clientes estadounidenses. Cada año es más fácil ver en las calles de la ciudad turistas de mediana edad que se involucran al máximo en el ambiente.

De una forma u otra son muchos los visitantes que recibe Pamplona cada año, pero San Fermín es mucho más que eso. Es una fiesta de múltiples capas que cada uno vive y entiende a su manera. La unión y convivencia de esas capas seguramente sea lo que hace de esta fiesta la mejor del planeta.

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