Equilibrios europeos

La cumbre europea que comenzó ayer en Bruselas corre el riesgo de fijarse tanto en el diseño institucional de la UE que olvide que la urgencia para relanzar la Unión viene dada por los desafíos a los que Europa se enfrenta, como los derivados del cambio climático, la inmigración, la seguridad común y la competitividad en el mercado mundial. La carencia de un texto constitucional y las dificultades para que sea suplido por tratados con contenido representa un problema en sí mismo. Pero su gravedad viene dada por el peligro de que el futuro de los europeos acabe lastrado por las diferencias entre estados y la inexistencia de un proyecto compartido ante la globalización. En la dura negociación que libran los gobiernos en el seno del Consejo Europeo, una amplia mayoría de países -liderados por España, Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Portugal y Luxemburgo-, pretenden retener las innovaciones sustanciales en el sistema de toma de decisiones de la Carta Magna: doble mayoría, presidencia permanente del Consejo Europeo y ministro europeo de Asuntos Exteriores. Otro grupo, limitado a Dinamarca, Irlanda y algunos estados del este, sólo quieren rescatar algunas de estas propuestas. Y, por último, el Reino Unido, la República Checa y Polonia apenas comparten la propuesta de compromiso elaborada por la presidencia germana.

Angela Merkel tiene un deber de neutralidad por presidir la UE, pero al mismo tiempo concibe esta cumbre como la gran ocasión para que su país gane peso en el Consejo de Ministros y se separe de la paridad histórica con Francia, aplicando la doble mayoría pactada con Sarkozy del 55% de los estados con el 65% de los ciudadanos. Esta aspiración se enfrenta a la firme oposición de Polonia, que junto a España es el país que más perdería en un sistema como el diseñado. Lo cual hace ineludible una transacción entre Berlín y Varsovia en este tema; transacción para la que la mediación española podría resultar decisiva. Por su parte, las exigencias británicas ante esta cumbre contradicen la aceptación en su día de la Constitución por parte de Tony Blair.

Aunque sea con una reforma de mínimos y con algunas asimetrías, la UE está condenada a tener un mínimo éxito en esta cumbre. Lo contrario sería imperdonable después del fracaso de la Constitución y de los dos años de reflexión y pausa transcurridos desde los referendos en Francia y Holanda. Dentro de lo posible, lo deseable sería que del Consejo Europeo de Bruselas saliera un mandato detallado para que durante la siguiente presidencia europea, que corresponderá a Portugal, se redacten los nuevos artículos de los Tratados para su definitiva aprobación a finales de otoño.