Cómo morir ahogado en un desierto

«En los dos Orientes -Próximo y Medio- se está viviendo la peor crisis desde 1948. Y lo más grave de todo ello es que las dos líneas de falla que configuran la región, el conflicto palestino-israelí y las tensiones en Golfo, se han cruzado definitivamente»...

ÁLVARO BERMEJO

Es posible que el descalabro total que vive Palestina hoy, desangrada en una guerra fratricida entre Hamás y Al Fatah, acabe maquillándose con una alta justificación política. Hace un año, cuando el ejército israelí masacró el sur del Líbano y la franja de Gaza, hubo quien lo justificó en función de una lógica de realpolitik. Sin embargo, lo que el mundo entero ve reflejado en los rostros de esta tragedia colectiva es el fracaso final de una lamentable Hoja de Ruta.

Hace cinco años, la Administración Bush intentó justificar la guerra de Irak con la promesa de crear un «Gran Oriente Próximo» donde el uso unilateral de la fuerza por parte de EE UU sería compatible con las nuevas raíces democráticas del olivo de la paz. Cinco años después el resultado no puede ser más catastrófico. Palestina, hoy, vive la paradoja de ser el único país del mundo que cuenta con dos gobiernos enfrentados a muerte y ningún Estado. Líbano sufre un clima de continuas revueltas en los campos de refugiados, tomados en el norte por milicias próximas a Al Qaeda y en el sur por Hezbolá. Irak persevera en su guerra civil entre chiíes y suníes, paralela a la guerra contra las tropas de ocupación.

Y entre tanto, Ahmadineyad prosigue con su escalada atómica desde Irán, anunciando día tras día que el fin de Israel está próximo, mientras crecen los rumores de un posible ataque estadounidense contra su planta nuclear de Natanz.

En los dos Orientes -Próximo y Medio- se está viviendo la peor crisis desde 1948. Y lo más grave de todo ello es que las dos líneas de falla que configuran la región, el conflicto palestino-israelí y las tensiones en el Golfo, se han cruzado definitivamente como preludio de un seísmo global del que ya podemos comenzar a temer las peores consecuencias.

Desde los Acuerdos de Oslo, donde se acuñó el concepto de «paz por territorios», hasta la cumbre árabe de Beirut de 2002 pasando por el patético «Cuarteto para Oriente Próximo», lo cierto es que el mundo civilizado suma ya más de veinte años asegurando que la salida a este conflicto no es difícil de ver. Pero el gran problema no radica en visualizar esa solución idónea, sino en llegar a ella.

La gran mayoría de los israelíes y de los palestinos -hasta las tres cuartas partes- se muestran partidarios de la solución de los dos Estados regresando a las fronteras anteriores a 1967. Pero un cuarto de cada bando, siempre poseído por un celo religioso extremo, sólo desea la victoria total sobre el otro. Así, cuando la paz parece cercana, los extremistas de uno y otro bando provocan un estallido para desbaratarla. Y hacen que los moderados parezcan débiles y estúpidos «idealistas».

Aterra bastante pensar que la mayoría de los agentes decisivos en este conflicto coinciden en su extremismo religioso. Sea desde el fundamentalismo puritano de los «Cristianos renacidos» de George Bush o desde el talante veterotestamentario de los halcones de Ehud Olmert. Sea desde las milicias de Hamás o de Hezbolá, por no mencionar a los que sueñan con la resurrección del ayatoláh Jomeini al frente del «Partido de Dios», lo cierto es que todos los botones rojos que conectan Oriente están en manos de iluminados de diferente signo en cuyo ADN el Apocalipsis figura unánimemente codificado como signo de redención.

«La ruta de Jerusalén pasa por Bagdad», decían en Washington para hacernos ver que tras su demostración de fuerza en Irak los palestinos se resignarían a las condiciones de un Ariel Sharon que destruía sistemáticamente las infraestructuras de la Autoridad Nacional Palestina. Tras el barrido purificador, en febrero de 2006 se convocaron elecciones. Conocemos el resultado: triunfo aplastante de los extremistas de Hamás, gobierno de coalición con Al Fatah, secuestro del cabo Shalit, regreso de los blindados a Gaza, reapertura de las hostilidades de Hezbolá y Ahmadinyad de nuevo subido a la tribuna para anunciar que borrará a Israel del mapa.

Los misiles que su aliado libanés lanzó poco después sobre Haifa fueron un aviso de que la ruta de Tel Aviv también pasa por Teherán. Desde entonces, lo único evidente es que ni uno sólo de todos esos caminos lleva a ninguna parte. Y algo más: aunque la crisis actual parezca insuperable, hay muchas probabilidades de que todo vaya a peor.

En gran medida, este desastre global responde a un error de base en la ingeniería democrática que debía atenuar los efectos de la «Guerra contra el Terror», llevando al poder a las élites filo-occidentales. Pero en todos los países árabes donde se han efectuado elecciones se han verificado ascensos notables o victorias aplastantes de los partidos islamistas radicales. En consecuencia, es muy posible que la democratización de Oriente haya dejado de ser una prioridad para Washington.

Esta es la mejor noticia que pudieran recibir los profetas del desastre, sea su bandera la media luna, el sello de David de los sionistas o el águila imperial-unilateral norteamericana. La peor, una vez más, se traduce en la maldición que viven millones de seres humanos -recordemos que sólo la franja de Gaza cuenta con más población que el País Vasco-, machacados por guerras que se prolongan durante décadas, sin más expectativa que el desplome cotidiano de todas sus esperanzas.

Cuesta creer que el sufrimiento masivo de naciones enteras sea insuficiente para imponer un alto el fuego. Cuesta creer que la inmensa mayoría quiera la paz y esté a favor de un gran compromiso histórico, pero que sean las minorías radicalizadas quienes impongan el holocausto colectivo. Pero es así y no de otra manera como está sucediendo.

La destrucción de la Autoridad Nacional Palestina por Israel llevó a la victoria de Hamás. Y la persecución de los suníes desencadenó la insurrección contra el ejército de ocupación en Irak. Hoy estamos viviendo dos guerras civiles simultáneas, en Irak y en Palestina, y nada es más urgente que desconectar ambas crisis. Ahora bien, ¿dónde están los hombres de Estado capaces de jugarse su carrera política apostando por la paz sobre un campo minado?

La ideología más poderosa del mundo actual es la autodeterminación. Mientras no haya un Estado palestino y un Irak libre, los extremistas seguirán ganando adeptos. Pero, asimismo, mientras existan Hezbolá y Hamás, Israel se negará a regresar a las fronteras de 1967, que es la condición básica para un acuerdo aceptado por todos.

«Sin ello no se podrá evitar un enfrentamiento militar que afectará al mundo entero», acaba de decirlo Gilles Kepel. Se cumpliría así el sueño de los radicales de todos los bandos. Puesto que el mundo está contra nosotros, castiguemos al mundo con la guerra sin fin.

De nada sirve ante esta situación apostar por favorecer a los «buenos cisjordanos» en detrimento de los radicales de Gaza o de Teherán. Urge una solución global, una nueva Hoja de Ruta que abarque y abrace a todo Oriente. Mantener la actual, sólo conduce a una sangrienta «dead line».