1967. Contra bikinis y taparrabos

MIKEL G. GURPEGUI
Muy bien, joven, tápese rápidamente./
Muy bien, joven, tápese rápidamente.

Que los tiempos, la moral pública y los hábitos sociales han cambiado una barbaridad es cosa sabida. Aún así, sigue llamando la atención leer los comentarios de hace cuarenta años contra el escándalo que suponían entonces los emergentes bikinis. Y no piensen que ellos/nosotros nos librábamos, que también se criticaba a los usuarios de ceñidos «taparrabos», cuando lo apropiado era usar pantalones de baño.

En 1967, con la temporada veraniega a la vuelta de la esquina, este periódico se despidió de mayo con todo un editorial acerca de La moral en la playa. Un editorial hijo de su tiempo, que sacamos a colación aquí como paradigma de la posición de las gentes bien pensantes de entonces y como ejemplo de cuánto hemos cambiado todos, incluido DV.

Alertaba aquel artículo contra «la ola de desnudismo que invade a la sociedad contemporánea, a título de moda, de arte, de deporte,... de lo que sea. En las playas lo es a título de tomar el sol. ¿Hemos de permanecer ciegos, sordos y mudos ante este mal espantoso? ¿No! Nuestra obligación es tratar de sacudir las conciencias de todos».

En aquel sacudir conciencias se consideraba el nudismo como «este retroceso de la humanidad, este volver a las tribus salvajes». Y se abogaba por apelar a las instancias municipales para que velasen «por la necesaria pública honestidad de nuestra hermosa playa»: «Nuestro Ayuntamiento, encargado de nuestra playa, debiera mantener viril y rotundamente, por lo menos, la prohibición que existe de que las mujeres usen las llamadas dos piezas y que los hombres vistan el pantalón de playa, dejando de usar esos taparrabos desvergonzados que empiezan a proliferar».

En favor de esta campaña alegaba el periódico la propia configuración de La Concha como una playa urbana abierta a los mirones. «El paseo de la Concha es un inmenso balcón abierto, desde el que, a pocos metros, y acodados en la barandilla, se ve lo que ocurre en la playa». Y lo que se veía era «un espectáculo repelente. Tantos y tantas que presencian ese descaro, ese impudor, que se desnudan y se exhíben y se echan en la arena en cualquier postura, sin tener siquiera la delicadeza o sensibilidad de hacerlo mirando al mar, de espaldas a la barandilla de los espectadores».

En fin, viejas batallas y posturas del ayer.

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