«Dirigir a jóvenes es especial; te renueva y te llena de energía»

Liderará hoy y mañana a la Orquesta Sinfónica de Musikene en un concurso de orquestas universitarias que se celebra en Zaragoza

ELISA LÓPEZ
Pablo González, durante un ensayo con la Orquesta de Musikene. [USOZ]/
Pablo González, durante un ensayo con la Orquesta de Musikene. [USOZ]

A Pablo González (Oviedo, 1975) le gusta dirigir a orquestas jóvenes porque «trabajar con ellas te renueva completamente, están sin vicios y con muchísima ilusión». Al principal director invitado de la Orquesta Ciudad de Granada le parece que la Orquesta Sinfónica de Musikene, Centro Superior de Música del País Vasco, «está muy bien; son estudiantes y les faltan cosas que aprender, pero su nivel es altísimo».

Hace cinco años, una grave enfermedad, el síndrome de fatiga crónica, mantuvo alejado de la música a Pablo González. Hace dos, necesitaba una silla de ruedas para moverse y era incapaz de hablar con alguien durante más de diez minutos. Pero como él mismo confiesa, su enfermedad fue «una puerta a la felicidad, una invitación al descubrimiento de una nueva vida». Hoy, el maestro es un reputado director de orquesta con un futuro prometedor avalado por la crítica, y una importante carrera a sus espaldas.

- Dirige hoy y mañana a la Orquesta Sinfónica de Musikene en su segunda salida fuera del País Vasco.

- Sí. Participamos en el VII Ciclo Internacional de Orquestas Univeristarias que se celebra en Zaragoza. Esta tarde tocamos en Sabiñánigo y mañana en el Auditorio de Zaragoza. Estamos con ganas porque es la segunda salida que los estudiantes hacen fuera del País Vasco, después de la de Granada.

- ¿Cómo ve a Musikene?

- Muy bien. Es una orquesta de estudiantes de mucho nivel y, como es lógico, con un montón de cosas que aprender todavía y algunos detalles a pulir, como la disciplina. Pero el nivel musical y técnico es muy bueno. Estoy muy contento con ellos y dirigirles este fin de semana es un auténtico placer.

- ¿Le gusta dirigir a orquestas jóvenes?

- Sí, me encanta. Y sobre todo me gusta la variedad; trabajar con profesionales y con jóvenes. No me veo tocando sólo con orquesta profesional o sólo con orquesta joven. Pero los estudiantes tienen un atractivo muy especial: estar con ellos renueva mucho y otorga una energía diferente, tanto a los que les dirigimos como, creo yo, a los que escuchan.

- Los mejores directores del mundo han formado orquestas de jóvenes. ¿Por qué se están potenciando?

- Los grandes maestros de todo el mundo se han dado cuenta, de un tiempo a esta parte, que con los grupos jóvenes se pueden acercar mucho más a su ideal artístico y musical. Y esto es así de cierto por varias razones: porque tienen más tiempo para ensayar con ellos; también porque los estudiantes tienen más voluntad y, por supuesto, una mayor ilusión; no sienten todavía la rutina del trabajo semanal de un veterano. Y además cuando diriges a jóvenes y propones una obra, para muchos de ellos será la primera vez que la van a interpretar. Hacer la Quinta de Beethoven con gente que nunca la ha tocado, por ejemplo, es un privilegio; empiezas de cero, sin vicios. Es como si Beethoven tuviera una orquesta para estrenar su sinfonía... es un placer inmenso dirigirles.

- A nivel de calidad se les compara incluso con las profesionales.

- Bueno... depende. En algunos aspectos sí superan a las veteranas, por la energía y las ganas. Pero en otros, no: la experiencia del veterano también es una virtud.

- ¿Qué cualidades debe tener un director de orquesta para llegar a sus músicos?

- Debe ser muy comunicativo y expresivo. También tiene que saber ser diplomático y aprender la parte más psicológica de su trabajo; es decir, cuándo debe decir qué cosa o en qué sitio no debes decir otra. Ser consciente de que trabajas con un grupo humano, porque no se trata sólo de la idea artística que tienes en la cabeza. Es un trabajo de colaboración entre tú y ellos...

- ¿Qué siente al oír tan buenas críticas sobre su trabajo?

- Siempre son un halago, y más después de mi enfermedad. Durante cinco años estuve alejado de la música por culpa de un síndrome de fatiga crónica. Llevo sólo un año y medio en activo y tengo la agenda completa de aquí a dos años.

- Llegó a afirmar que su enfermedad había sido «una puerta a la felicidad».

- No soy el único que lo afirma. Cuando eres capaz de superar un sufrimiento tan intenso y tan largo, la perspectiva de afrontar la vida es muy distinta. Valoras todo lo que te rodea mucho más. La enfermedad me ha dado la capacidad de ser más feliz y más a menudo.

- ¿Está completamente recuperado?

- Sí, sí. Llevo cerca de dos años haciendo una vida normal; trabajo, hago deporte, salgo con la gente... Cuando me diagnosticaron el virus Epstein-Barr nunca pensé que me recuperaría. Padecer fatiga crónica significaba no tener energía ni física ni mental y no poder mantener la atención en algo durante más de unos minutos. Tampoco podía leer ni hablar más de un cuarto de hora con alguien sin tener que descansar. Sólo podía andar unos pocos metros. Fue tremendo. Me sentía muerto hasta el punto de querer estar muerto. Pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar, gracias a las terapias y a la ayuda incondicional de mi familia y mis amigos. Y hoy soy otro: más humano, con más ganas de vivir y muchas ideas que llevar a cabo y más proyectos.

- ¿Y cuáles son esos proyectos?

- Tengo muchos a la vista. Pero podría destacar, mi presencia en el Festival de Peralada con la Orquesta de Cadaqués. Y tengo ganas de volver aquí, a Donostia, donde ya estuve en una ocasión con la Orquesta Sinfónica de Euskadi, con la que repetiré la próxima temporada con la Quinta de Mahler... Y muchos otros.

- ¿A dónde le gustaría llegar como director de orquesta?

- No sé, no suelo pensar a dónde quiero llegar, lo que deseo de verdad es seguir aprendiendo y hacer mi trabajo mejor cada día. Sobre todo me hace feliz pensar en qué poco tiempo llevo en activo y en la cantidad inmensa de trabajo que debo hacer frente. Y creo que esto es señal de que las cosas funcionan. También me ilusiona ver que ya puedo elegir lo que quiero; no es que me den una oportunidad sino que ya tengo una estabilidad laboral en un trabajo tan competitivo como el mío.