EN LA MUERTE DE CONCHITA MONTENEGRO

JESÚS ANGULO
Conchita Montenegro en una escena de Granaderos del amor./
Conchita Montenegro en una escena de Granaderos del amor.

Nacida en 1911, en San Sebastián, con el nombre de Concepción Andrés Picado, hoy olvidada por el gran público, Conchita Montenegro ha sido una de las más internacionales actrices de la historia del cine español. Tras debutar en el cine en 1927 (el mismo año en que lo hiciera Imperio Argentina, otra de las más internacionales actrices de nuestro cine) triunfó en Hollywood, en un tiempo en que tal cosa era prácticamente quimérica, años antes de que se dejase caer por allí Sara Montiel, otro de los grandes mitos del cine español. El pasado 26 de abril fallecía en Madrid a los 95 años.

Siendo una niña, su familia se traslada a Madrid. Desde muy joven se siente especialmente atraída por la danza y se marcha a París para estudiar en la Escuela del Teatro de la Ópera. De vuelta a España, debuta en el teatro en 1927 formando con su hermana Juanita la pareja de baile Las Dresmas de Montenegro, de donde le vendrá su nombre artístico. Ese año es contratada por el teatro Romea y debuta en el cine con tres películas: La muñeca rota, de Reinhard Blothner; Rosa de Madrid, de Eusebio F. Ardavín, y Sortilegio, de Agustín de Figueroa, esta vez ya como protagonista. Su soltura interpretativa y sus maneras elegantes y sofisticadas, muy lejos del estereotipo de la actriz española de la época, hacen que el realizador Jacques de Baroncelli la contrate para protagonizar La femme et le pantin (1928), basada en la novela de Pierre Louys, lo que le supone la fulminante llamada de la Metro. Son los primeros años del sonoro y Hollywood necesita actores para las dobles versiones en lenguas no inglesas.

Allí interviene en una serie de películas que, si no destacan por su especial calidad, la convierten en una de las más apreciadas actrices en castellano de la Metro, primero, y, más tarde, de la Fox. En ¿De frente, marchen! (E. Sedwick, 1930), comparte protagonismo con Buster Keaton, que interpreta a un héroe a su pesar en un filme que supone una cáustica visión de la guerra. Protagoniza Sevilla de mis amores (1930), el poco afortunado debut como realizador del astro mexicano Ramón Novarro, con el que encabeza, además, el reparto. Trabaja con actores españoles o latinoamericanos también afincados en Hollywood: con Ernesto Vilches en Su última noche (C. Franklin, 1931); con Juan de Landa en la misma película, y en En cada puerto un amor (M. Silver, 1931); con José Crespo en ésta y en Dos noches (C. Borcosque, 1933); con el célebre cantante y actor mexicano José Mojica en Hay que casar al príncipe (L. Seiler, 1931) y La melodía prohibida (F. Strayer, 1933); con el brasileño Raúl Roulien, con el que acabaría compartiendo un fugaz matrimonio, en Granaderos del amor (J. Reinhardt) y ¿Asegure a su mujer! (L. Seiler), ambas de 1934.

Pero su aire sofisticado y su indudable fotogenia le llevan a intervenir también en producciones directamente realizadas en inglés, idioma que aprendió en dos meses, después de que Charles Chaplin le instara a ello, si es que quería triunfar en el cine americano. Entre ellas destacan Besos al pasar (G. Fitzmaurice, 1931), con Norma Shearer y Robert Montgomery; Prohibido (W. S. Van Dyke, 1931), con Leslie Howard; El cisco Kid (I. Cummings, 1931), con Warner Baxter; Audaz y galante (A. Werker, 1932), con George O'Brien y Victor McLaglen; Receta para la felicidad (D. Butler, 1934), con Will Rogers y Robert Taylor; o El brindis de la muerte (J. Blystone, 1934). De sus dotes interpretativas baste la frase atribuida a Howard Hawks, que la consideraba «infinitamente superior a muchas de nuestras famosas luminarias». Pero la Fox no le renueva su contrato, que expira en 1935, y regresa a Europa.

Comienza esta nueva etapa protagonizando Noches de París (1935), dirigida por un Robert Siodmak, que dos años antes se había instalado en París huyendo de la Alemania nazi. En 1937 protagoniza en Brasil El grito de la libertad, realizada en doble versión, portuguesa y española, por Raoul Roulien, del que se divorcia poco después. Le seguirá la francesa L'Ór du Cristobal (1939), que debía suponer el debut en el largometraje del genial realizador Jacques Becker, pero que concluyó Jean Stella, tras una agria polémica entre Becker y los productores, los hermanos Salviche, con uno de los cuales la Montenegro mantenía un romance que le hizo posicionarse a favor de éstos. Luego vendrían la hispano-italiana El último húsar (Luis Marquina, 1940), o Conjura en Florencia (1941), prohibida por Mussolini, que vio en ella una apología de la rebelión popular contra su gobierno y tras la que su realizador, Ladislao Vajda, se instalará en el cine español.

Acabada la Guerra Civil vuelve al cine español, aclamada como gran estrella, para protagonizar dos filmes anticomunistas: el insólito Rojo y negro (C. Arévalo, 1941), con Ismael Merlo, y Boda en el infierno (A. Román, 1942), con José Nieto. Le siguen Aventura (J. Mihura, 1942), con María Asquerino, José Nieto y José Isbert, Ídolos (Florian Rey, 1943), con Gracia de Triana e Ismael Merlo y Lola Montes (A. Román, 1944), con Luis Prendes, Guillermo Marín y Jesús Tordesillas. Tras el fulminante éxito de esta última, sorprende con la decisión de retirarse definitivamente del cine para contraer matrimonio con el diplomático Ricardo Giménez-Arnau. Conchita Montenegro se aleja del cine de manera radical. No volverá a hablar de su carrera cinematográfica, que consideraba como un «pecado de juventud» (todavía hace tres o cuatro años calificaba así esos años durante una conversación telefónica con el firmante de esta crónica). En la misma conversación atribuyó a una enfermedad pasajera su decisión de postergar una larga entrevista, que debería servir de base para un libro sobre su trayectoria en el cine. Una entrevista que ya nunca podrá llevarse a cabo. Con el tiempo, incluso se negaría a que su imagen fuese reproducida. No podía soportar el paso del tiempo.

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