MIGUEL PARREÑO FOTÓGRAFO / «La fotografía digital fue la chispa que me impulsó a retomar lo que había dejado»

El Amaia acoge hasta el 20 de mayo una colección de 80 instantáneas tomadas por el fotógrafo catalán

MAIDER IZETA
El catalán Miguel Parreño posa junto a sus fotografías expuestas en el Amaia. [F. DE LA HERA]/
El catalán Miguel Parreño posa junto a sus fotografías expuestas en el Amaia. [F. DE LA HERA]

El catalán Miguel Parreño fue uno de los primeros fotógrafos que decidió dar el salto de la fotografía analógica a la digital y sacar el máximo provecho de este avance tecnológico. Sus instantáneas han obtenido numerosos premios, entre ellos el Ciudad de Irun, no sólo por la calidad técnica de las imágenes, sino también por las sensaciones que transmiten las personas retratadas. Desde el pasado viernes, el Centro Cultural Amaia acoge una colección de ochenta fotografías realizadas por Parreño en países tan exóticos como Mali o la India.

- La muestra llama la atención por la importancia que le da a las personas y por la ausencia de paisajes. ¿Por qué?

- Por la formación profesional que he tenido -he estado desde los catorce años en el mundo de la publicidad y del diseño gráfico-, la primera fotografía que me cautivó fue la surrealista, que en esta exposición se ve reflejada en la primera fase. En este mundo, el paisaje es secundario ya que lo que cobra importancia son las ideas. Más adelante, ese mundo se me quedó pequeño y a partir de unas sugerencias de amigos, que ponían un poco en duda mi capacidad de leer el elemento humano y también debido a mis ganas de viajar, caí prendido en la trampa del tema humano. Por eso, en estas exposiciones no he trabajado todavía el paisaje, quizá lo haga más adelante.

- La gente retratada es de Mali, la India y Rumanía. ¿Por qué salen los fotógrafos al extranjero a fotografíar a las personas?

- Por su cultura, la educación, la etnia... todo es muy distinto. Aunque suene a tópico, las cosas diferentes siempre nos atraen más. Pero, quizá, en el fondo se debe a que a estas personas todavía les queda un sentimiento más puro que a nosotros. Fue muy sencillo sacar fotografías en Mali porque las personas eran muy puras y auténticas. Un niño allí dice muchísimo en cuanto se pone delante de una cámara y sin embargo, los niños aquí no reaccionan igual. Son personas muy generosas y te cautivan. Probablemente ésta sea otra de las trampas de haber caído en el retrato. Te sientes muy cautivado por la humanidad de esa gente, que tiene tan poco y está tan feliz.

- ¿Establece algún tipo de relación con estas personas o prefiere robar ese instante?

- No, siempre les pido permiso. Anteriormente, mi forma de trabajar era ésa, la de robar para que la persona no fuera consciente de que estaba siendo fotografiada y así, la imagen tuviera esa espontaneidad. Sin embargo, cuando me propuse hacer retratos, decidí que fuera fotografía directa. Les pido permiso e intento entablar una conversación con ellos. La relación suele ser muy directa, no utilizo teleobjetivos ni intento cazarlos desprevenidos. Quiero que sean conscientes de que les estoy fotografiando y elijo ese instante que mejor refleja lo que yo pretendo captar.

- En la exposición también hay varios montajes fotográficos.

- Sí, son de mi primera fase. Hice fotografía hace treinta años, cuando no existían los ordenadores. Era una fotografía vanguardista y surrealista donde predominaba más la idea. Posteriormente, dejé este campo para satisfacer otras inquietudes y cuando me reinicié en la fotografía, lo hice precisamente porque la informática me abrió un mundo nuevo.

- Fue uno de los pioneros en la digitalización de la fotografía. ¿Qué le atrajo de este mundo al que muchos fotógrafos miraban con tanto recelo?

- Fue la chispa que me impulsó a reiniciar lo que había dejado. Es duro cambiar, pero la digitalización es el futuro y no hay vuelta atrás. Seguirá habiendo fotógrafos que prefieran trabajar de forma más artesanal, pero profesionalmente no hay discusión.

- ¿Cómo ha cambiado su forma de trabajar desde que se digitalizara la fotografía?

- He aprendido a enfrentarme a esa persona que voy a fotografiar y después ver que he podido captar algún sentimiento. Lógicamente, después hay un trabajo técnico importante porque una fotografía puede estar bien captada, pero sin un trabajo posterior que enaltezca sus virtudes y elimine sus defectos, se queda coja.

- A lo largo de su carrera ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Ciudad de Irun. ¿Qué significado tuvo para usted recibir este reconocimiento?

- Fue un premio que me hizo mucha ilusión por un motivo muy especial; siempre he tenido orgullo de ganar en el País Vasco porque aquí hay una escuela de fotografía. Que te valoren aquí siempre te da una gran satisfacción.

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