Memoria viva de la cárcel de Saturraran

Seis de las 4.000 mujeres recluidas en la cárcel de Mutriku entre 1938 y 1944 asistieron al homenaje que les rindió ayer el Gobierno Vasco en Saturraran

PATRICIA ALDAMA
Una de las antiguas reclusas deposita unas flores a los pies de la escultura de Néstor Basterretxea al finalizar al acto en Saturraran. [APREA]/
Una de las antiguas reclusas deposita unas flores a los pies de la escultura de Néstor Basterretxea al finalizar al acto en Saturraran. [APREA]

«Entré a los 17 años en Saturraran, todavía no sé por qué». Victoria Fernández pasó tres años de su juventud recluida en la cárcel de Mutriku durante los años de la dictadura franquista. Como ella, Carmen, Rosario, Sagrario y así hasta 4.000 mujeres, estuvieron presas en este centro penitenciario entre 1938 y 1944. «Me subieron a un camión y me trajeron a Bilbao, a la cárcel de Larrinaga. Como había mucha gente, nos llevaron a un chalet que estaba vacío y de allí me trajeron aquí con mucha gente».

Así recordaba Victoria su llegada al penal, del que dice no conservar ninguna amistad pero sí muchos recuerdos. «Desde entonces no como lentejas porque nos las daban siempre para comer llenas de bichos, ¿si las vieras! Menos mal que los de Ondarroa nos traían pescado», contaba Victoria. Tras abandonar la cárcel se casó en Mutriku, donde reside actualmente.

El hambre fue sólo una de las múltiples penurias que sufrieron las represaliadas. Los castigos y las humillaciones fueron habituales en la prisión. Uno de los peores castigos consistía en confinar a las reclusas en celdas ubicadas en el sótano de un pabellón cubierto de agua en el que, en función de las mareas, el agua podía sobrepasar la cintura de las prisioneras.

Virginia Pizarro, de 85 años y nacida en Zalamea de la Serena (Badajoz), mostraba viejas fotografías en blanco y negro de su madre y su hermana Manuela, que estuvieron internadas en Saturraran. «Mire si hemos sufrido», se lamentaba mientras recordaba con emoción los episodios de su vida que transcurrieron mientras sus familiares se consumían por el hambre entre los muros del penal.

«Que comieran ellas»

«Salía a pasear por las tardes con la madre superiora y ella me daba un bollo de pan y dos onzas de chocolate. Yo le decía que no tenía hambre y que los comería más tarde, pero después se los daba a mi madre y mi hermana que estaban tan delgadas. Aunque yo pasé muchas necesidades, prefería que comieran ellas».

Procedentes de Asturias, Aragón, Andalucía, Cataluña, Extremadura, Galicia, Cantabria, ambas Castillas y el País Vasco, las reclusas de entre 16 y 80 años de edad que pasaron por el penal guipuzcoano recibieron ayer un emotivo homenaje sobre el mismo suelo donde se apoyaban los muros de la vieja cárcel, de la que ya no queda nada material, sólo el recuerdo.

Seis de las antiguas reclusas asistieron al acto arropadas por los hijos, nietos y diversos familiares de otras compañeras de prisión. De «impresionante» calificaban la intensa emoción que se respiraba en el ambiente.

La cita finalizó con una ofrenda floral bajo la escultura de Néstor Basterretxea que se instaló en el lugar como símbolo de la «memoria viva». En la misma se puede leer la inscripción: «Homenaje al conjunto de mujeres presas en la cárcel de Saturraran y a todas aquellas que también fueron víctimas de la represión fascista por su lealtad a la Segunda República y su defensa de la libertad y de la democracia».

Javier Madrazo, Consejero de Vivienda y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco, tuvo palabras emotivas para «las mujeres que murieron y las que nos acompañan, sus familias y descendientes y a todos los que reivindicamos la verdad, la justicia y la reparación». También asistieron y pronunciaron sendos discursos la presidenta del Parlamento Vasco, Izaskun Bilbao, la Consejera de Cultura del Gobierno Vasco, Miren Azkarate, el alcalde de Mutriku, Estanis Osinalde y la directora de Emakunde, Izaskun Moyua.

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