«El reto era mantener el espíritu del Victoria Eugenia, pero actualizado»

Ha dirigido el proceso desde la sombra. Es, junto con Gerhard Loch, padre de la rehabilitación del teatro. Rompe su silencio por primera vez

MITXEL EZQUIAGA
Joaquín Zubiría, ayer, en el foyer del teatro, el espacio donde más se siente su huella. [DAVID APREA]/
Joaquín Zubiría, ayer, en el foyer del teatro, el espacio donde más se siente su huella. [DAVID APREA]

Hace una década ganó el concurso de proyectos convocado por el entonces Ministerio de Fomento para la rehabilitación del Victoria Eugenia. Entonces Joaquín Zubiría, arquitecto autor de proyectos tan variados como la reforma de La Perla, el nuevo Palacio de Justicia de Bilbao o los cines Príncipe de la Sade, no podía imaginar que la obra de reforma del teatro iba a ser una carrera de obstáculos tan larga y complicada. El jueves, día de la inauguración, se sentó en el palco presidencial para ver cómo el Victoria Eugenia echaba de nuevo a andar. Durante los años de reforma del edificio Zubiría, autor de la rehabilitación junto con Gerhard Loch, arquitecto alemán residente en Madrid, optó por el silencio. Hoy se decide a hablar.

- Después de tantos años con el proyecto, ¿cuál es su sensación una vez que el teatro está ya en marcha?

- Siempre trabajamos con la seguridad de que el proyecto llegaría a buen puerto, pero el proceso fue duro. Quizás el momento más crítico fue cuando el ministro Cascos compareció en el Senado con unas cifras manipuladas, porque sumó al presupuesto de la obra el coste del equipamiento escénico, y parecía que quienes llevábamos la obra aquí éramos unos locos a quienes se nos habían ido las cifras de las manos.

- Después de que la empresa Necso entrara en problemas para seguir la obra, ¿cómo se recondujo el proceso?

- Fue fundamental el cambio de gobierno en Madrid y que se hiciera una nueva concesión a la empresa Ibargoyen, que sirvió para desbloquear la obra.

- ¿Cómo explicaría al futuro usuario del Victoria Eugenia el espíritu que ha guiado su trabajo?

- Hemos querido mantenernos fieles al viejo espíritu del teatro pero modernizado en sus aspectos más prácticos. Quizás pecamos de tímidos en algunos detalles por mantenernos acordes con el Victoria Eugenia de siempre. Donde más se ve nuestra mano es en los espacios nuevos: la sala club habilitada bajo el patio de butacas o la sala de danza de la última planta. Y por supuesto, el foyer.

- El color blanco que domina en la entrada puede ser polémico.

- Lo que queríamos era respetar los cuadros de Martiarena. El foyer es blanco, pero hay doce grandes focos que pueden cambiar la iluminación y crear ambientes diferentes en función del espectáculo que se programe.

- El espectador que se siente en una butaca apenas notará cambios.

- Es lo que hemos intentado: que pareza el teatro de siempre, aunque hay cambios. Hemos mejorado la circulación del público, hay un foso de orquesta de primera calidad, un escenario agrandado en tres metros, un remozado equipamiento escénico, más metros para oficinas...

- ¿No se plantearon cambios más agresivos?

- Los descartamos enseguida. ¿Sabes que el Victoria Eugenia por dentro, cuando se inauguró, estaba realizado en tonos verdes? Luego, en 1918, se implataron los rojos que siempre conocimos. Pero no nos planteamos volver al verde inaugural del autor, Francisco Urcola, porque habría generado una polémica innecesaria.

- Una de las novedades exteriores es la marquesina de la entrada.

- Era una necesidad. En el nuevo diseño del teatro el corte de entradas se hace en la propia puerta del edificio, y teniendo en cuenta el clima de San Sebastián había que proteger esa entrada. Lo hemos hecho con una marquesina muy ligera, cubierta de vidrio. En algún momento se barajó instalar marquesinas a ambos lados, ante la nueva taquilla y en el nuevo restaurante, pero eso parece descartado de momento.

- En el proyecto inicial se contemplaba la desaparición de la tradicional escalera del foyer, donde posaban los artistas del Festival.

- Sí, lo pensamos porque era una forma de ordenar el foyer. Una de las grandes revoluciones de nuestra intervención es que todo el público entra por la misma puerta. Se «democratiza» el acceso y los espectadores de butaca, palco o anfiteatro entran por el mismo sitio. Eso exigía en principio suprimir la escalera pero al final logramos ordenarlo de otro modo y manteniendo la escalera, tal como pedía la Diputación. Los hechos demuestran que es mejor ser respetuosos con la tradición sin polémicas innecesarias.

- A nivel personal, ¿qué le ha supuesto una obra tan larga y complicada?

- El mayor esfuerzo ha sido estar callado en los momentos más duros del proceso. Ver que se decían tonterías o cosas no ajustadas a la realidad y tener que permanecer en silencio por respeto a mi trabajo y mis clientes. En algún momento vi cómo desde dentro mismo de la obra se trataba de dinamitar el proceso. Cuando sabes que vas a llegar a buen puerto no te importan todos esos comentarios, pero en esta obra ha habido demasiados momentos inciertos. Y veía que nadie me reforzaba: yo parecía el tonto de la película o un frívolo que no controlaba los presupuestos, cuando ese aspecto ha sido siempre uno de los puntos fuertes de mi trabajo, como puede atestiguar cualquiera de los clientes privados que me ha encargado trabajos.

- ¿Cómo vivió el día de la reapertura sentado en el palco?

- Todos teníamos el temor de que algo fallara porque la apertura ha sido precipitada. Quizás los técnicos de Donostia Kultura hubieran necesitado más tiempo para hacerse con el edificio.

- ¿Es ésta su gran obra?

- Por repercusión, sí. Quizás por volumen es mayor la rehabilitación del Palacio de Justicia de Bilbao, pero éste se encuentra frente a mi casa...

Un intenso trabajo colectivo

Joaquín Zubiría tiene una larga historia profesional detrás pero es poco amigo de aparecer en los medios. Satisfecho por el hecho de que la singladura del Victoria Eugenia haya llegado a puerto, pero inquieto por el trabajo que aún queda por hacer, Zubiría insiste en que el 'nuevo' teatro es un trabajo colectivo. En primer lugar, el propio proyecto, que realizó junto con el arquitecto alemán residente en Madrid Gerhard Loch y, en un principio, la esposa de éste, Carlota Navarro.

Pero Zubiría destaca también la labor de la empresa Stolle, encargada del equipamiento escénico, de Vicente Mestre y su equipo, que se han ocupado de la estética, o la profesora Rosa Esbert, que supervisó la rehabilitación de la piedra. Ana Santo Domingo y Julieta Gasca, del museo de San Telmo, han supervisado la rehabilitación. Txema García Amiano y Javier Machimbarrena han tenido a su cargo la decoración final y la imagen del teatro. La empresa Abaialde recuperó el «cuarto chino» y las pinturas de Ugarte que presiden la cúpula del teatro fueron rehabilitadas por Artelan.

Joaquín Zubiría dice que cuando la obra esté terminada «será Donostia Kultura la que debe amoldarla a su uso». Y como espectador, confiesa que aguarda con especial interés el concierto del jueves, cuando Ainhoa Arteta actúe en el remozado Victoria Eugenia. «Por un lado será la oportunidad de comprobar la acústica, que debería seguir sonando igual que bien que antes. Y por otro, el placer de escuchar a una gran cantante».