La huella de Antxon Ayestarán

El próximo viernes se cumplen veinte años de la muerte del que fue director del Orféon Donostiarra. Cuatro coralistas que trabajaron con él, recuerdan su legado musical.

MARÍA JOSÉ CANO
Koro Rekarte, Gonzalo Trevijano y María Jesús Muñoz Baroja, junto a la escultura dedicada a Ayestarán en Donostia. [LUSA]/
Koro Rekarte, Gonzalo Trevijano y María Jesús Muñoz Baroja, junto a la escultura dedicada a Ayestarán en Donostia. [LUSA]

SAN SEBASTIÁN. DV. No hay una sola persona a la que se le pregunte por Antxon Ayestarán y no tenga una palabra de elogio. La huella que dejó el que fuera director del Orféon Donostiarra desde 1968 hasta 1986, sigue viva en todos los que lo conocieron y trabajaron con él. Muerto trágicamente en accidente de coche un 22 de diciembre de 1986, con sólo 47 años, su recuerdo se mantiene vivo en una escultura que se erigió en su nombre en la donostiarra plaza de Zaragoza y, por supuesto, en el sonido que consiguió en su coro a base de trabajo y entusiasmo. Veinte años después de su desaparición, los que formaron parte del Orfeón siendo él director, destacan su incansable capacidad para trabajar y conseguir lo que él llamaba «el sonido».

MARÍA JESÚS MUÑOZ BAROJA

Ex coralista y ex secretaria general

«Su legado sigue vivo hoy en día»

Si hay una persona que ha vivido en primera persona la historia del coro es, sin duda, esta donostiarra. Entró en el Orfeón cuando era su director Juan Gorostidi, en 1967, y formó parte del mismo hasta 2004, por lo que estuvo durante todos los años que Antxon Ayestarán lideró el coro. «Aunque entré en el Orfeón en 1967, mi relación con el coro empieza con cuatro años», destaca. «Mi aitona fue fundador del coro y cuando había funciones de Navidad, allá por los años cuarenta, yo solía participar en ellas». Desde los tiempos de Gorostidi, con el que coincidió un año hasta su muerte en 1968, María Jesús Muñoz Baroja ayudaba en funciones de organización. «Entonces no existía todavía el puesto de secretaria y yo solía echar una mano a la hija del director, Juana Mari Gorostidi. En aquellos tiempos todos funcionábamos por pura afición, incluso también los directores, Gorostidi o Ayestarán, que trabajaba en otras empresas y dirigía el Orfeón después de terminar su jornada laboral. De hecho, trabajó en una cooperativa, una inmobiliaria y en limpiezas industriales. Solía ocuparse de temas de contabilidad».

La ex orfeonista no duda a la hora de destacar lo que más recuerda de Antxon Ayestarán. «Su entusiasmo, las ganas de trabajar y la ilusión, que contagiaba a los orfeonistas. Hasta que no conseguía el sonido que quería no paraba. Además tenía unas dotes innatas y una capacidad enorme para la música. Fue un hombre que se cultivó muchísimo, un gran lector, con inquietudes artísticas y culturales en continua mejora. Suscitaba una admiración enorme entre los mejores directores del mundo. Se sorprendían de que no fuese un profesional de la música y de que tuviera esas dotes y ese coro. Cogió un Orfeón que había iniciado su aventura europea y consiguió un coro extraordinario. Su legado sigue todavía vivo hoy en día».

GONZALO TREVIJANO

Ex pianista del Orfeón

«La música nos hizo amigos»

Gonzalo Trevijano, pianista del Orfeón desde 1978 hasta 1988, se emociona cuando habla de An- txon Ayestarán, y es que, además de compañeros en el Orfeón, mantenían una gran amistad. El músico, profesor de piano en el Conservatorio de San Sebastián, entró en el Orfeón pidiendo un piano para poder estudiar y se quedó. «Yo acababa de llegar de Madrid y necesitaba un instrumento. Hablé con Antxon y le pareció una buena idea que fuera al Orfeón a estudiar. Enseguida me dijo que si quería, podía echarle una mano de vez en cuando con el coro. La casualidad quiso que la que era pianista del coro en aquel momento, Marisol Imaz, tuviera una lesión y me pidió que les acompañara en el Réquiem de Verdi. Fue algo increíble, yo no había hecho eso jamás, no sabía lo que era un coro desde dentro y no conocía el repertorio sinfónico-coral más que de haberlo escuchado. La cosa salió bien y me convertí en el pianista del coro».

La implicación de Gonzalo Trevijano con el Orfeón y su buena relación con Antxon Ayestarán le llevó a que a los dos meses de entrar, el director le propusiera organizar un ciclo de conciertos. Su nombre fue el Club de Conciertos, «una especie de Asociación de Cultura Musical más modesta que aprovechaba el local del cine Novelty», señala Trevijano. «Funcionó poco tiempo porque no había mucho dinero ni público».

Una de las facetas de Ayestarán que más enganchó al pianista fue «la música. Ella nos hizo amigos. Le oí cantar un día un aria de Carmen y ví que era un gran tenor. Decidimos quedar para hacer música juntos. Después de los ensayos nos íbamos al Conservatorio a hacer música: lieder de Schubert, arias de ópera.... unos días antes de matarse fuimos a cenar y me propuso tocar El amor del poeta de Schumann y grabarlo, algo que desgraciadamente no pudimos culminar».

En opinión de Trevijano, «en el Orfeón hubo un antes y un después de Antxon Ayestarán. Trató de profesionalizar el trabajo del Orfeón, pero sin creer en el coro profesional. Buscaba siempre el mejor sonido posible, tanto en el coro como en el piano. En mi opinión, entre 1980 y 1983, el Orfeón estuvo arriba del todo, como uno de los mejores coros del mundo. Antxon fue el responsable de ponerlo a ese extraordinario nivel».

KORO REKARTE

Ex coralista y ex secretaria general

«Fue el creador del sonido del Orfeón»

Durante veinte años Koro Rekarte ha formado parte del coro donostiarra, primero como coralista y desde 1976, como miembro de la junta directiva. «Yo ayudaba en lo que podía, había estudiado Turismo y por ello, conocía la logística de los viajes y los idiomas. Unos años después, en 1983 y ante el auge artístico del Orfeón, se vio la necesidad de una estructura más organizada. Se planteó dividir la entidad en tres bloques: dirección artística, departamento de administración y una secretaria general encargada de coordinar todo y de las relaciones humanas, como una especie de gerente». Koro Rekarte se convirtió así en la primera secretaria general contratada del Orfeón. «Estuve hasta 1992, casi 20 años». Durante ese tiempo, Koro Rekarte trabajó codo a codo con Antxon Ayestarán. «No hay que olvidar que fuera de mi horario de oficina yo era cantora. Lo que más recuerdo de Antxon era su sensibilidad musical, fuera de lo común. Esto, unido a una exigencia personal que le llevaba a la búsqueda del trabajo perfecto y bien hecho, le permitió conseguir el sonido de aquellos años, que para mí fue único».

A Koro Rekarte le faltan calificativos cuando habla de Antxon Ayestarán. «Destacaría su tenacidad, perseverancia, firmeza, dedicación, entusiasmo, capacidad de transmisión... era un trabajador infatigable. Un hombre hábil en todos los aspectos. El Orfeón hizo con él una gira por Estados Unidos, Rusia -cinco ciudades-, Berlín con la Orquesta Filarmónica de esta ciudad, Londres, París; Madrid y Barcelona infinidad de veces, y actuó en los festivales de Granada y Santander. Sin embargo, no descuidó jamás la polifonía y los conciertos en Gipuzkoa».

La admiración que siente Koro Rekarte por Antxon Ayestarán se extiende a otros aspectos de su trabajo. «Tenía una mente calculadora en el buen sentido, con una visión empresarial del Orféon. Calculaba hasta cómo ensayar, llevaba calculados hasta los compases que iba a trabajar cada día y cómo hacerlo. Por todo eso, con él el coro se convirtió en un referente mundial a nivel musical».

JOSÉ AÑORGA

Coralista del Orfeón

«Sentía la música profundamente»

El padre Joxé -como le llaman sus compañeros del Orfeón- es toda una institución en el coro. Sacerdote en la catedral del Buen Pastor, asegura que el Orfeón es «mi otra parroquia».Y no es para menos. Lleva 38 años en esta entidad musical. Entró a la vez que Antxon Ayestarán y continúa cantando con 72 años. «Afortunadamente todavía me dejan», bromea con una sonrisa. Coincide con sus compañeros en la visión positiva del trabajo que realizó el director. «Sentía y vivía la música profundamente. Era un hombre que se volcaba en preparar, profundizar y transmitir, y eso, sin duda, repercutía en el coro. Estudiaba las obras a conciencia y disfrutaba buscando la perfección. Cuidaba la música y hacía que todo el coro la viviera. Quería que los coralistas trabajasen, colaborasen y fueran responsables».

José Añorga mantenía una relación de amistad con Antxon Ayestarán y, en ocasiones, disertaba con él sobre religión. «Humanamente era un hombre asequible, a veces manteníamos conversaciones profundas, pero también le gustaba hacer bromas y utilizar la ironía. Incluso en ocasiones teníamos charlas de teología».

En su opinión, «el principal cambio que se ha dado en el Orfeón tras el paso de Antxon Ayestarán es el relevo generacional que se ha dado en la gente que forma el coro, que se ha renovado. Ahora hay más jóvenes. Pero los objetivos son los mismos. El Orféon tiene la meta de ir superándose año tras año y está a una gran altura. En mi opinión, tener ahora a Sani como director asegura la continuidad de Antxon Ayestarán porque él era su discípulo».