Veleia y el 'axioma' del cambio lingüístico

JUAN URIAGEREKA*CATEDRÁTICO DE LINGÜÍSTICA. UNIVERSIDAD DE MARYLAND

Quisiera intervenir brevemente en la pequeña y natural polémica que ha suscitado entre mis respetados colegas de la UPV el hallazgo de Iruña Veleia. Que quede claro, para empezar, que no puedo estar más de acuerdo con que es lamentable que las cosas hayan llegado al público antes de haber sido sopesadas con debido rigor dentro de la comunidad científica. En todo caso, a la espera de un dictamen en toda regla por parte de los numerosos expertos que se ocupan del tema, sólo quiero precisar algo con respecto al llamado axioma de que las lenguas siempre cambian, y por tanto ha de sorprendernos que textos de la antigüedad sean legibles para cualquier profano.

Es verdad que semejante estado de cosas debe causar sorpresa, pero lo del axioma me resulta algo exagerado, al menos a los ojos de la lingüística como ciencia cognitiva. No dudo de que la observación de los filólogos, comenzando por nuestro gran Mitxelena, sea ésa: no hay más que comparar latín y rumano, griego clásico y chipriota, y así sucesivamente. Pero la cuestión de base es si semejante estado de cosas es o no axiomático, o sea estrictamente necesario. Antes de matizar la cosa, tomemos un caso semejante (al margen de su escala temporal). Hasta hace poco habríamos pensado que el ritmo evolutivo es comparable entre especies, dado que no conocíamos apenas los mecanismos que lo determinan. Si ha habido algo inesperado a este nivel es comprobar que no es cierta esa expectativa. La razón es simple: el concepto de especiación resulta ser mucho más complejo de lo que se suponía. En unos casos un cambio ambiental lo determina gradualmente, dependiendo la estructura emergente de la adaptabilidad de su función; en otros una mutación en un gen regulador -activador de otros genes- desencadena una cascada de variaciones tal que de hecho no permiten correlacionar en la especie resultante estructura y función.

Las sorpresas en el campo de la llamada Evo-Devo (evolution of development, evolución del desarrollo) son mayúsculas. Nada, a día de hoy, permitiría a un biólogo evolutivo establecer un axioma (por contraposición a una mera hipótesis) sobre si las diferentes especies tienen que evolucionar a un ritmo dado. Y no lo hacen, o no tendríamos fósiles vivientes como el cangrejo bayoneta (limulus polyphemus) -el último trilobite- o el ginkgo biloba (anteriormente salisburia adiantifolia), superviviente de cuando los helechos dominaban la flora. Asimismo, nada en biología evolutiva permitiría hoy determinar si un género se bifurcará en decenas, cientos o miles de especies, y así nos encontramos con al menos el doble de especies de moluscos que de nematodos (a pesar de dividirse de un tronco común).

Pero volvamos a las lenguas. Lo cierto es que, con respecto a sus bases psicológicas y neurológicas, no digamos bio-moleculares, sabemos relativamente poco. La facultad del lenguaje en el sentido actual del término no surgió antes de los últimos doscientos mil años, e incluso el proto-lenguaje es un fenómeno probablemente asociado a la especie homínida del sapiens, todo lo más del homo -o sea, de antesdeayer-. No hace ni cinco años que se aisló el primer gen implicado directamente en el lenguaje (FOXP2), y es nada menos que un gen regulador. Parece que puede haber hasta una docena más de genes implicados de forma más o menos indirecta en la facultad del lenguaje. En lo que esperamos aprender en el curso de la próxima década puede aparecer de todo. Y concretamente sobre el tema de por qué, dadas sus bases biológicas, neurológicas, o psicológicas, las lenguas son diferentes para empezar, y más aún, cómo exactamente es que sus estructuras cambian progresivamente, no entendemos nada. Estamos en la situación en que se encontraba Lineo en el siglo XVIII con respecto a los seres vivos: observaciones preciosas y descripciones precisas, pero ninguna explicación. Lo que sí sabemos es que una lengua no tiene una realidad extra-corpórea: es un fenómeno dentro de la mente de sus hablantes. Es cierto que las relaciones sociológicas entre estos hablantes la afectan (que se lo pregunten a los miles de seres humanos cuyas lenguas están siendo aniquiladas por presiones sociológicas). Pero pareciera que, si bien el origen del cambio lingüístico tiene probablemente una base sociológica, el mecanismo que lo permite o incluso lo propicia ha de ser psicológico o biológico. Ahí es donde estamos casi en blanco. Así las cosas, lo cauto con respecto al cambio lingüístico es declarar muy poco, sobre todo como dogma. Esperar a ver qué resultados nos deparan la neurolingüística o la biolingüística, para luego decidir si es o no axiomática la observación, sustentada sobre la fracción minúscula de idiomas analizados en profundidad, de que las lenguas siempre cambian en el curso de un milenio y medio.

Puede que sí o puede que no, y hasta que no entendamos los mecanismos de base no podremos decidir con certeza. ¿Es posible que una lengua dada, entonces, sea un fósil viviente? Sólo puedo decir esto: en las lenguas que sí hemos estudiado desde la perspectiva que defiendo -por ejemplo la «evolución» (obsérvense las comillas) desde el latín hasta las lenguas romances actuales- está bastante claro que una lengua como el gallego, por ejemplo, es más conservadora en sus opciones sintácticas y fonológicas que una como el francés. Digamos que, estructuralmente, el gallego está más cerca del latín que el francés. ¿Por qué? Sabe Dios. Puede ser consecuencia del aislamiento secular de la Galicia histórica, comparado con el lugar central de los francos en el devenir europeo. Pero también puede tener que ver con las propias opciones estructurales que cada uno de los dialectos del correspondiente latín tuvo en su día. Sencillamente no sabemos, igual que no sabemos por qué hay muchísimos más artrópodos que cordados. Y así regresamos al vasco, parte de lo que se discute en Veleia. (Sobre cómo afectan los hallazgos a la historia del Cristianismo, no puedo opinar.) ¿Es sorprendente que sea directamente inteligible lo hallado? Sí, claro, como todo lo que es interesante en ciencia. Ahora, si se establecieran como auténticos los textos desde otras perspectivas -arqueológicas, antropológicas, o lo que sea- ¿sería éste un argumento lingüístico de que la evidencia refleja una falsificación? Como lingüista, no lo creo. Naturalmente, si todo esto se mantiene se tendrán que repensar muchas cosas -pero tampoco es para tanto, comparado con la situación en biología-.

No soy experto en filología, pero desde la perspectiva puramente lingüística habría razones suficientes por las cuales la lengua eusquérica, o concretamente la variante del sur, pudo no haber cambiado mucho. Cuestiones que van desde un aislamiento relativo de la comunidad de hablantes hasta el hecho, poco estudiado hasta ahora, de que las lenguas en contacto se ceden estructuras en gran parte en función de lo transferibles que son los datos generados por sus opciones diversas. El vasco podría haber sido demasiado diferente a sus vecinos indoeuropeos como para que se diera un verdadero trasvase estructural. Sea como fuere, bienvenido sea el debate -y desde luego la evidencia rigurosamente analizada-. Pero yo, la verdad, sugeriría que parte de la moderación interdisciplinaria que nos debemos unos a otros pasa por no ponernos a blandir axiomas, porque suelen ser inversamente proporcionales, en su necesidad, a la profundidad de la explicación que los requiere. No olvidemos que hasta la Física asumió eliminar, por estipulativo, el Quinto Postulado de Euclides, con consecuencias acaso más sorprendentes que lo que está aquí en juego.

(*) Juan Uriagereka fue Premio Euskadi de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades en 2001