La presencia de Ramón Rubial

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JOSU MONTALBÁNPORTAVOZ DEL PSE-EE EN LAS JJ GG DE VIZCAYA

Hoy, 28 de octubre, si Ramón Rubial viviera cumpliría cien años. Estas cifras redondas (diez, cien, mil...) son una buena oportunidad para rememorar el pasado, para reverdecer la memoria, para proyectar el ayer en el hoy y establecer comparaciones. Y sirven también para restituir a las personas que no han sido justamente tratadas su honorabilidad y su trascendencia.

Ramón Rubial ha sido, hasta hoy, el personaje político más importante del País Vasco desde el advenimiento de la democracia, tras la dictadura franquista. No sólo fue el primer lehendakari de la democracia -como presidente del Consejo General Vasco que inició su andadura el 17 de febrero de 1978-, sino que ha encarnado hasta su muerte en mayo de 1999 el espíritu de la concordia de la Transición. En aras de la recuperación de los derechos democráticos de todos, no sólo renunció a otros principios, exclusivamente suyos, a los que consideró menos importantes en aquellos momentos, sino que ejerció y lideró una actitud basada en la tolerancia, en la construcción de una nueva convivencia que huía de las revanchas y de las venganzas. Él, que había pasado más de veinte años en la cárcel sufriendo los ramalazos más brutales de la posguerra y el franquismo, fue un hombre empeñado en que nadie pidiera cuentas, y mucho menos las ajustara, ni empleara el poder reconquistado para vengar aquellos años miserables.

Nadie como él entendió que el nuevo tiempo era una oportunidad que no se debía dejar pasar. Era un hombre enamorado de la cultura, a la que accedió por su cuenta, lejos de las Universidades pero siempre al servicio de la más eficaz de las universidades, que es la vida. Ni la cárcel, ni el destierro, ni las penurias, le apartaron del camino recto, del compromiso por llegar a conseguir un mundo mejor, más equilibrado, más bello. Le gustaba pasear por las cercanías de la Universidad para «ver a los chavales y chavalas libres e instruidos». ¿Tal era la sencillez de este hombre entregado al ideal socialista! Sin embargo, Ramón Rubial no es patrimonio exclusivo del Partido Socialista. Euskadi le debe un reconocimiento que los sucesivos gobiernos vascos le han escatimado. El nacionalismo ha sido mezquino con quien mejor encarnó el carácter de la sociedad vasca: abnegado, trabajador, sencillo, humilde, condescendiente y solidario.

Cuando, recientemente, el Gobierno Vasco ha recordado el nombramiento del lehendakari José Antonio Aguirre en la Casa de Juntas de Gernika, no tuvo ninguna deferencia con el primer lehendakari de la democracia que fue Ramón Rubial. Es difícil comprender a qué es debida la mezquindad de los nacionalistas, porque aun siendo cierto que el presidente del Consejo General Vasco no fue elegido por sufragio directo de los vascos y vascas, mediante un proceso electoral como los actuales, también lo es que ni Aguirre, ni posteriormente Leizaola, lo fueron de ese modo. Es injusto subrayar con tanto esmero la inane presencia de Aguirre en la sociedad vasca mientras se oculta el importante papel que interpretó Rubial, antes y después de la llegada de la democracia. Si Aguirre disfrutó el exilio, Ramón Rubial lo padeció dentro de su propio país: cárcel, destierro y lucha clandestina.

El Gobierno Vasco le debe un reconocimiento público, entre otras cosas, como recompensa por su entrega al país y a sus gentes. El nacionalismo le debe además un respeto que debe poner en práctica desde las instituciones que son de todos los ciudadanos. Sólo en una ocasión le fueron rendidos honores de lehendakari: en su entierro. Ignorar o minusvalorar la presencia de Rubial al frente del Consejo General Vasco es menospreciar la historia. El nacionalismo debe desdecir por la vía de los hechos las insensatas frases publicadas por Arzalluz en su libro Así fue: «No dimos apenas valor al tinglado preautonómico que instauraron con el llamado Consejo General Vasco. (...) Eligieron a Ramón Rubial. (...) Hubo socialistas que nos pidieron disculpas por ello. (...) Nosotros preferíamos comprometernos lo menos posible con aquel invento. (...) De ahí que le dijéramos a Leizaola que no volviera todavía. (...) Yo estaba encantado con que no hubieran nombrado a Ajuriaguerra presidente de aquello, porque a Leizaola no le hubiera hecho ninguna gracia la duplicidad de presidencias. (...) Seguimos considerando a Leizaola lehendakari hasta que se produjo la elección de Garaikoetxea (...). Del Consejo General Vasco ya no se acuerda casi nadie, y es lógico, porque no pintó nada». ¿No sería saludable que el Gobierno Vasco aprovechara este centenario para poner las cosas en su sitio y demostrar que no gobierna con sectarismo?

Ciertamente, las personas pasan y es la memoria la que las lleva al recuerdo o a la Historia. A Ramón Rubial le recordamos quienes le conocimos porque sus rasgos tiernos e inolvidables siempre los adobaba con una máxima escueta pero atinada, con una vivencia bella e interesante, con un consejo tan humilde como útil. Estaba a pocos pasos de la muerte, pero su semblante y su mirada despedían fogosos rayos de esperanza y de vida. A Ramón Rubial le tiene reservada la Historia un espacio imprescindible. El escultor Casto Solano le hizo una puerta a su medida: la Puerta de los Honorables que se exhibe al lado del Museo Guggenheim. Acertó.

La figura de Ramón Rubial le facilitó la búsqueda del apelativo porque Ramón fue -y sigue siendo a pesar de su ausencia-, un hombre muy digno de ser honrado, respetado y acatado. Ramón Rubial sigue estando presente. Los recuerdos son imborrables si lo son los recordados, y Ramón lo fue.

Su forma de estar presente bien puede parangonarse con el verso de Caballero Bonald (reciente Premio Nacional de Poesía) de su Manual de Infractores: «Es perpetua tu voz. ¿Y tu silencio!».

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