Menos votos que con Ciudadanos en 2016

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

Pedro Sánchez se sometía hoy a la primera votación de su investidura, que exige mayoría absoluta, sabiéndola perdida de antemano. Pero ni el debate librado desde ayer ni el resultado que acaba de registrar el panel luminoso del Congreso resultan inocuos. El presidente en funciones se ha quedado en 124 apoyos -123 del PSOE y el solitario diputado de los regionalistas cántabros de Miguel Ángel Revilla-, seis menos que los que conquistó el entonces candidato en fallida investidura, aferrado al pacto con Ciudadanos, el 2 de marzo de 2016. Es decir, quien hoy lidera el Gobierno tras haber aunado voluntades ganando una vertiginosa moción de censura, quien hoy aspira a continuar en la Moncloa con la legitimidad que le otorga haber vencido en las generales del 28-A, no ha logrado ensanchar sus avales políticos después de haber intentado por primera vez hace tres años hacerse con el poder. Sánchez ha intentado hacer 'un Rajoy' –adormecer los tiempos confiado en que la inexistencia de una mayoría viable a la suya blinda su elección como algo irremediable- combinándolo con la temeridad del tacticismo, consumada en el veto personal y verbalizado a Pablo Iglesias. El balance en esta sobremesa del martes, segundo día de la investidura más surrealista que se recuerda, es que Sánchez está en tierra de nadie: ni contigo –Unidos Podemos, el PNV y el independentismo- ni sin ti –PP y Ciudadanos-. O mejor dicho, el candidato socialista regresa a su casilla de salida, al terreno hostil en el que ha labrado la épica de su ascenso político: vuelve a ser el líder ante la adversidad, el líder contra (casi) todos, el líder que ha cincelado su leyenda imponiéndose a Eduardo Madina, a Susana Díaz y sus barones, a Felipe González y los suyos, al Ibex y los 'poderes fácticos' según aseguró en una entrevista, a Mariano Rajoy y a la ultraderecha florecida con Vox.

Bien es cierto que el desenlace de esta investidura solo se podrá dar por concluido este jueves, Santiago Apóstol, con medio país sesteando y el otro medio suspirando por las vacaciones. Y que incluso si Sánchez naufraga de nuevo –el único aspirante que ha salido triunfante de una moción de censura en la democracia española puede ser también el primero en perder dos procesos de elección en las Cortes- , largo me lo fiáis con la amenaza de otras elecciones en noviembre, que quedaría un mundo (político) hasta entonces. Pero el hecho, a estas horas, es que Sánchez está solo consigo mismo porque no ha recabado el apoyo expreso de ninguno de los grupos que puede investirle –solo la buena voluntad de la abstención de Podemos y del PNV- y se ha granjeado el 'no' del secesionismo catalán, con esa ERC dispuesta a dar el sí siempre que medie un pacto entre los socialistas con Podemos; una mano tendida que se asemeja a una soga al cuello para un presidente que no quiere pender de las fuerzas rupturistas. Sánchez está solo consigo mismo y la impresión que ha dejado traslucir en estas dos jornadas, más allá de su expresión de contrariedad, es que está a gusto consigo mismo, haciendo funambulismo sobre la posibilidad de retornar a las urnas. Se avecinan las horas decisivas. Veremos si la cosa termina en ruptura con el interruptor preelectoral encendido o si asistimos a la formación del primer gobierno de coalición en la España democrática, el primero entre las izquierdas desde la Segunda República y el primero en el que los contrayentes comparten divorciados la Moncloa.