La riada de testigos en el Supremo no aclara el misterio del origen de las urnas del 1-O

La riada de testigos en el Supremo no aclara el misterio del origen de las urnas del 1-O

Ninguno de los votantes que han pasado por el juicio del 'procés' sabe quién abrió los colegios o cómo se organizaron las mesas

MELCHOR SÁIZ-PARDO y MATEO BALÍNMadrid

Fue el mayor fracaso de los servicios policiales del Estado y de los servicios secretos. Ni unos ni otros estuvieron ni cerca de incautarse de las urnas del 1-O. Los más de 6.000 receptáculos de plástico 'made in China' aparecieron como por arte de magia en los colegios electorales aquel domingo, a pesar de los esfuerzos denostados de centenares de policías, guardias civiles y agentes del CNI destinados a impedir a toda costa que las urnas llegaran a los centros.

Entre el pasado martes y este miércoles, más de una veintena de testigos de las defensas han sido preguntados en el Supremo sobre cómo llegaron las famosas urnas a sus colegios, pero sus respuestas a las insistentes preguntas de la Fiscalía y, sobre todo, de la Abogacía del Estado solo han servido para agrandar el misterio. Ni uno solo de los votantes independentistas que han desfilado por la sala ha revelado ni un solo dato útil para reconstruir, aunque ya no sirva para nada, el camino de los receptáculos desde una factoría en la ciudad china de Guangzhou hasta el más pequeño de los pueblos catalanes. Es más, ni un solo testigo ha sabido (o ha querido) decir quién abrió los colegios, quién montó las vigilias en los centros la noche anterior al referéndum ilegal o quién organizó las mesas antes la falta de cartas censales y notificaciones. «Un silencio muy al tipo Fuenteovejuna», apuntaron fuentes jurídicas del proceso.

«Todo el mundo se quedó muy sorprendido. Fue una gran sorpresa ver que habían llegado las urnas y las papeletas», relató en tono divertido Isabel Castell, edil de La Senya, en Tarragona, quién, a pesar de su responsabilidad en el consistorio, aseguró no tener «ni idea» de quien abrió el colegio Jaume I, en el que votó.

«No recuerdo ni el modelo»

«Apareció un coche con las urnas. Con dos amigos cogimos y las metimos en el colegio. Los de las urnas no eran vecinos del pueblo… no recuerdo ni el modelo del coche», dijo Carles Valls, votante en el único centro de Balenyà, en Osona, Barcelona, quien insistió en que la gente, motu proprio, constituyó la mesa a las nueve de la mañana sin que nadie les indicara nada.

Tampoco en la ciudad de Barcelona nadie vio nada. «La llegada de las urnas fue una sorpresa. Imagino que llegaron por la puerta de atrás, pero no lo ví», dijo Joaquín Palau, votante en el colegio de Educación Especial Folch i Camarassa de la ciudad condal.

«Las trae la cigüeña»

Las respuestas y evasivas de los testigos no desanimaron a la Abogacía del Estado, confiada en que algún compareciente, en un desliz, señalara a alguien en el transporte de las urnas o en las instrucciones para abrir colegios. Pero nada. Los testigos fueron un frontón. No hubo fisuras en sus relatos. O no conocían a los que traían las urnas, o estaban mirando a otro lado o simplemente se encontraron los receptáculos encima de las mesas.

«Una persona apareció con una urna en la mano, la gente empezó a aplaudir. A esa persona no la había visto nunca antes ni volví a verla después. Ni idea de dónde salió la urna», fue la respuesta de Josep Lluís Torres, votante del Colegio Cor de María de Barcelona.

«Al final, las urnas las trae la cigüeña», comentó con sorna en un receso uno de los abogados de las defensas, que dijo no entender el empeño de las acusaciones por conocer ahora los pormenores sobre aquel operativo que involucró probablemente a miles de personas. Unos datos que, en cualquier caso, son irrelevantes jurídicamente para la causa, ya que sigue sin constar en autos que los procesados usaran dinero público para encargar en China las famosas urnas.

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