El relato de los resistentes de Morronguilleta 12

La agrupación socialista de Errenteria recuerda este sábado el primer ataque terrorista ocurrido en 1983

Estado en que quedó la casa del pueblo de Errenteria, a consecuencia del primer ataque, el 9 de junio de 1983. José María Gurrutxaga, tras el apaleamiento sufrido el 20 de diciembre del mismo año./INSAUSTI/USOZ
Estado en que quedó la casa del pueblo de Errenteria, a consecuencia del primer ataque, el 9 de junio de 1983. José María Gurrutxaga, tras el apaleamiento sufrido el 20 de diciembre del mismo año. / INSAUSTI/USOZ
A. González Egaña
A. GONZÁLEZ EGAÑA

La casa del pueblo de Errenteria posee «un triste récord», el de ser la sede socialista que ha sufrido el mayor número de ataques terroristas. Tantos como 27. El primero ocurrió un 9 de junio de hace 35 años, cuando el local, en obras, ni siquiera se había llegado a inaugurar. Aquella noche un grupo de unas cuarenta personas que habían participado en una manifestación de HB en protesta por la detención de un vecino, asaltó la sede de la agrupación errenteriarra en Morronguilleta 12.

El entonces alcalde del municipio, el socialista José María Gurrutxaga, guarda la memoria de aquel día como si fuera hoy. «Me encontré el local absolutamente destrozado, el suelo lleno de cascotes, de cristales, los techos destrozados, los cables colgando, humo, polvo... Recuerdo la desolación, el miedo, el terror y la falta de ayuda de cualquier tipo». Eran las 20.45 de la noche y en la calle no había ni un alma. «A nadie de la zona la debió parecer extraño que destrozasen la sede del PSE de Errenteria. No vimos allí ayuda ni solidaridad de ningún tipo», rememora. El regidor del PSE se encontró entre los cascotes al entonces presidente del Senado, José Antonio Laborda. «No le conocía, nos dimos la mano y me explicó que estaba cerca cuando escuchó por la radio del coche que había habido un atentado en la casa del pueblo de Errenteria y se desvió para acudir al auxilio».

Hoy, la sede de Morronguilleta será escenario de un acto de memoria por todos los socialistas resistentes que, como recuerda Gurrutxaga, «prefirieron, como la mayoría de ciudadanos, el acuerdo, la negociación, el diálogo y la tolerancia, a la violencia y la imposición». La agrupación socialista del municipio evocará aquel primer ataque con un encuentro al que han invitado a Alfredo Pérez Rubalcaba, exsecretario general del PSOE, exvicepresidente y exministro de Interior, y contará también con la intervención del líder del PSE-EE de Gipuzkoa, Eneko Andueza, y del secretario general de la agrupación local.

Rubalcaba y Andueza intervendrán este sábado en el acto de homenaje en la casa del pueblo

Tras aquel primer atentado, se sucedieron muchos más. A lo largo de 24 años de sabotajes, hasta el último ocurrido el 30 de enero de 2007, los asaltantes utilizaron todo tipo de productos, lanzamiento de piedras, de botellas, de cócteles molotov, pintadas, rotura de cristales...

Armados con barras de hierro

En una de esas noches de violencia contra la agrupación errenteriarra, el 20 de diciembre del 1983, se produjo un nuevo asalto a la sede y apalearon al propio Gurrutxaga. La secuencia volvió a ser la misma, tras una manifestación que recorría las calles de Errenteria, un grupo de personas se dirigió hacia la casa del pueblo, armados con barras de hierro y bates de béisbol. «Delante de la sede habría más de 150 personas, muchos de ellos encapuchados, entraron, destrozaron el local, robaron una cesta de navidad con su jamón incluido y se llevaron el dinero de la caja».

Algunos miembros de la agrupación estaban en el interior de la sede y como pudieron se refugiaron en una sala del local, hasta que les obligaron a salir. «A mí me estaban esperando. Me pusieron la zancadilla y me tiraron al suelo delante de la casa del pueblo, me molieron a palos y me clavaron un paraguas por la espalda», relata Gurrutxaga, que aún piensa: «¿cómo pude salir de allí con las gafas destrozadas? Casi no veía y tenía dolor por todo el cuerpo». En medio de la confusión un compañero del sindicato UGT, Pedro Busto, oyó su voz, y le tendió la mano para levantarse. «Pude escapar corriendo hacia la calle Biteri en busca de ayuda. Ensangrentado, miraba hacia la gente que había en las aceras y en los bares, con el vaso de vino en la mano, pero nadie dijo ni palabra. Me sentí como si fuera un judío en la Alemania de Hitler», repasa.

Gurrutxaga recuerda que una noche asaltaron la sede, le apalearon y le clavaron un paraguas

En su huida hacia el barrio de Capuchinos, seguía escuchando insultos por detrás, hasta que entró en el túnel y oyó, de nuevo, la voz de su compañero Busto. «Me llevó a su casa y de allí a la casa de socorro para que me mirasen los golpes y magulladuras. Afortunadamente nada grave».

A las 9 de la mañana del día siguiente estaba en su despacho del Ayuntamiento. «Había que demostrar que no nos iban a atemorizar y teníamos la obligación de defender los intereses de la mayoría de los ciudadanos de Errenteria», remarca.

35 años después, en una Euskadi en paz, recuerda que «algunos pocos nos enfrentamos desde un principio a ETA y fuimos marginados de la sociedad». «En mi propia familia, cien por cien nacionalista, me consideraban la oveja negra por ser socialista, me retiraron la palabra y ni siquiera me miraban si nos cruzábamos en la calle», se lamenta.

Gurrutxaga fue alcalde de Errenteria hasta 1987 y tras él ocuparon el cargo Miguel Buen, Adrián López y Juan Carlos Merino, tres socialistas resistentes que todavía tuvieron que aguantar 20 años más de sabotajes y ataques de todo tipo a la agrupación errenteriarra.