La polarización PP-PSOE se encona y augura una batalla extrema por el poder en 2026
Feijóo convoca a miles de personas en Madrid para denunciar la «corrupción» del presidente Sánchez
Domingo de alta presión política en la España de la polarización. Alberto Núñez Feijóo superó este domingo con nota el reto que se había planteado ... en las últimas 48 horas Exhibir músculo y fortaleza y movilizar a decenas de miles de personas –80.000, según la organización, 40.000, de acuerdo con los datos de la Delegación del Gobierno– para denunciar la «mafia y corrupción» del actual Ejecutivo y exigir a Sánchez que dé por finalizada la legislatura, deje el poder y convoque elecciones generales. Un anticipo del feroz duelo político que se avecina para 2026. El primer episodio serán las elecciones extremeñas el 21 de diciembre; el segundo, las de Castilla y León, en marzo. El tercero, las andaluzas en junio. La batalla será brutal y está servida en bandeja.
La movilización de este domingo exhibe el choque de trenes que atrapa la política española. Por un lado, la derecha, muy activa, con un discurso cada vez más abrupto y contundente que ha pasado de la deslegitimación democrática del Gobierno de Pedro Sánchez por sus alianzas con los independentistas a pedir, directamente, que el presidente del Gobierno termine en prisión por «corrupto». Feijóo, consciente de que también se juega el liderazgo, aplica una estrategia de desgaste acelerado a pesar de que puede terminar por generar frustración en un sector sociológico de la derecha, que ve que Sánchez sigue sin dar su brazo a torcer. Los populares suben el perfil de la dureza, para taponar la hemorragia electoral hacia Vox, que crece sin parar en las encuestas. Pero, a la vez, tampoco pueden descuidar algunos guiños hacia los nacionalistas catalanes tras la ruptura de estos últimos con Sánchez. Y, al mismo tiempo, se envuelven de nuevo en la bandera de España frente a la presión de la ultraderecha.
En este contexto, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, volvió a demostrar este domingo que es la lideresa del público más conservador y que su mensaje tiene un considerable predicamento.
Todo este juego de contrapesos se ve eclipsado, además, por la necesidad del trazo grueso en una época en la que el electorado de centroderecha en España no es tampoco ajeno al viraje ideológico en el entorno internacional. «El centro ha muerto», sentencia el asesor ideológico de Trump, Steve Bannon.
En ese sentido, Feijóo se ve interpelado y concernido para ofrecer gestos de firmeza y de confrontación política e ideológica con el adversario, sin un ápice de indulgencia. Más aún, cuando en el PP creen que el ariete de la corrupción ha abierto un boquete de proporciones colosales en el barco gubernamental, con una sensación de creciente inquietud entre sus aliados, con el temor de que la marea al final también les alcance de lleno. La esperanza del PP es que el imaginario de la corrupción termine por desmoralizar a la izquierda sociológica y sitúe a parte de sus votantes en las aguas de la abstención como castigo, además, a la división interna en el espacio progresista. El primer objetivo es desactivar al electorado de izquierdas. Y, de paso, neutralizar a los aliados, que aún piensan que su electorado les va a castigar si percibe que han facilitado la llegada de la derecha al poder.
Estrategia de resistencia
En el ámbito del centroizquierda, la consigna central sigue anclada en que quien resiste al final gana. Sánchez y su equipo en Moncloa apuestan por el factor tiempo. Primero, porque confían en encapsular los escándalos de corrupción para que no afecten al Gobierno. Segundo, porque los datos de la economía, al menos de los de la macroeconomía, siguen siendo buenos a pesar de que el impacto de la inflación en la cesta de la compra es demoledor y que las cifras de desigualdad en España –con el problema de la vivienda en el centro del escaparate que ha llegado al corazón de las clases medias– siguen siendo muy altas. Y, en tercer lugar, porque en los próximos meses pueden empezar a conocerse tambien sentencias por casos de corrupción que atañan al PP.
Los socialistas saben, además, que Vox ha abierto una vía de agua muy importante al PP, que se ve obligado a derechizar su discurso, lo que puede espantar a los votantes de centro y a los más progresistas, y sobre todo a las mujeres a la hora de movilizarse para defender sus derechos, y evitar que se produzca una hipotética involución, por ejemplo, respecto a las leyes de igualdad.
Pero Sánchez no maneja el reloj de los tiempos judiciales, que aún puede proporcionar capítulos inéditos si la UCO de la Guardia Civil descubre nuevos indicios o si tanto Ábalos como Koldo se confirman como bombas de relojería que revelan aspectos que comprometan al presidente. Sin embargo, en el PSOE se cree que la vuelta del PP a su registro más radical moviliza a las bases socialistas, aunque. a la vez, no termine de 'mover' a los electores.
En todo caso, la convocatoria de este domingo refuerza una estrategia política bien definida: polarizar el debate público y centrarlo en los puntos débiles del Gobierno de Sánchez. En un momento de creciente desconfianza hacia la clase política, el PP apuesta por hacer de la lucha contra la corrupción su bandera principal, intentando resaltar las grietas en la gestión del Ejecutivo. Más allá del mensaje de denuncia, este tipo de concentraciones también permiten al PP proyectar una imagen de unidad interna, algo esencial para incentivar a un electorado desilusionado.
La reacción del Gobierno no se hizo esperar. Fuentes del Ejecutivo calificaron la manifestación como una «maniobra de distracción», destinada a desviar la atención de los problemas reales de la sociedad española. «Lo que necesitamos son soluciones, no gritos», dijo la portavoz del gabinete, Isabel Rodríguez, en un intento de minimizar la protesta.
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