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¿Todo por la patria?

La imagen de hoy en el Supremo es el cuadro de una época. Y no es lo mismo la pena de huida de Puigdemont que la pena de banquillo de Junqueras

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

El andamiaje democrático español está sufriendo el desgaste de materiales seguramente más corrosivo desde la Transición. Pero está exhibiendo, en paralelo, un músculo notable para masticar, deglutir y asimilar acontecimientos históricos -y aquí el calificativo no resulta exagerado- que resultaban inimaginables y que no han bastado para derruir al Estado aunque hayan puesto a prueba su credibilidad y su entereza. Dos de ellos son muy recientes y se han librado ante los tribunales. Uno, el ingreso en prisión de Iñaki Urdangarin por corrupción, tras un juicio que sentó en el banquillo a su mujer, Cristina de Borbón, infanta de España, hija del Rey Emérito y hermana del monarca que ejerce la Jefatura del Estado bajo un escrutinio social desconocido desde la Transición. El segundo, la insólita declaración como testigo ante la Audiencia Nacional de un presidente de Gobierno -Mariano Rajoy- por la putrefacción de la Gürtel. El primer escándalo aceleró la abdicación de Juan Carlos I. El hedor dejado a su paso por Bárcenas, Correa y compañía acabó por desalojar a Rajoy de la Moncloa en la única moción de censura que ha triunfado en las Cortes en este período constitucional. Esta mañana, España ha roto otro tabú: el del que el Estado no se iba a atrever a combatir en los tribunales el desafío del independentismo a la legalidad constitucional.

 

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