«Días antes en Pasaia le gritaron desde un balcón 'Zamarreño, estás muerto'»

Su hija Naiara repasa la vida sin su aita desde que ETA le asesinó con una moto bomba el 25 de junio de 1998

Naiara Zamarreño en el mirador de Capuchinos que lleva el nombre de su aita, asesinado por ETA el 25 de junio de 1998. / Ainhoa Múgica
A. González Egaña
A. GONZÁLEZ EGAÑA

Hasta el año pasado no había podido pasar por el lugar donde ETA asesinó a su padre, Manuel Zamarreño, el 25 de junio de 1998. Naiara, la tercera hija del edil del PP de Errenteria que había sustituido meses atrás a otra víctima mortal de la banda, su amigo José Luis Caso, relata, todavía con mucha emoción, cómo 19 años después pudo regresar al escenario del atentado, donde aquel verano se congeló una de las imágenes más impactantes del horror terrorista. El cuerpo sin vida del concejal popular, con la ropa arrancada por la explosión, quedó tendido en la calzada entre dos coches, junto a una barra de pan y la motocicleta bomba. «Acompañada por un psicólogo, hice el recorrido a pie que hizo mi aita antes de morir. Apenas 50 metros o 95 escaleras desde casa. Que mi ama las tenía contadas. Sentí mucha tensión, ansiedad», recuerda Naiara Zamarreño. Por esa zona del barrio de Capuchinos, había pasado cientos de veces camino de casa de su suegra, pero nunca había tenido valor de pisar aquel lugar. «Aunque hubiera sitio para aparcar. No podía. Tras la muerte de mi aitona Marcelino el año pasado, fue cuando le hice el duelo a mi padre. Lo pasé muy mal, caí en una depresión y llamé a la AVT. Siempre estaré agradecida a sus psicólogos». El abuelo paterno fue el único lazo familiar al que se pudo aferrar cuando se quedó sola en Errenteria. Su madre decidió marcharse a Extremadura con el hijo pequeño hace unos años. Los mayores se habían ido a Madrid a los dos meses del atentado.

Manuel Zamarreño, de 43 años, llevaba meses sufriendo «un acoso y derribo que no era ni medio normal», relata. De militante empezó a ir a mítines y, al poco tiempo, le echaron pintura roja y amarilla y ácido sulfúrico en el coche. «A la persona que lo hizo, se le mancharon las zapatillas de amarillo, y mi aita y yo seguimos el rastro andando, por Don Bosco, hacia Pasaia. Hasta que dejó de haber marcas», recuerda. Al concejal, su padre le llegó a ofrecer dinero para que no se metiera en política. «No quiero que dejes de venir a verme», le dijo. Aparecieron incontables carteles y pintadas de amenaza, llamadas de teléfono a casa… «Un día estaba en mi habitación y le llamaron. Solo contestó: '¿Y eso por qué?'. La ama me contó después el mensaje que le dieron: 'Te vamos a matar'. Pero es que una semana antes del asesinato, mi aita hacía muchos recados en Pasaia y un vecino abrió el balcón y le gritó 'Zamarreño, estás muerto'. Una semana antes...», se lamenta.

-¿Cómo podía soportarlo?

-No lo sé realmente, era un valiente. Mi aita luchaba contra ETA… Era su obsesión. También sentía que era su obligación porque estaba sustituyendo a José Luis Caso y estaba haciendo lo que él no había podido terminar... Era su amigo, se habían conocido trabajando en Astilleros Luzuriaga. Los dos se afiliaron al PP.

Naiara Zamarreño era consciente de que el asesinato de su padre «era la crónica de una muerte anunciada». «Desde el primer momento fueron a por él. Lo sabía todo Errenteria porque había dianas pintadas en el porche día sí y día también, carteles de 'Zamarreño, asesino' en verde fosforito por todo el pueblo. Era horroroso. Si es que hasta al perrito que teníamos le decía: '¡Qué pronto te vas a quedar sin dueño!'». Llevaba escolta, pero Manuel era un hombre de rutinas. «Siempre iba a comprar el pan al mismo sitio. Los sábados a la tarde, visita al aitona. Los domingos, a Lezo a ver a un amigo suyo que era nuestro osaba...», repasa. En el partido le obligaban a aparcar el coche en sitios diferentes y a cambiar todas sus costumbres. «Pero, al final, vuelves en algún momento. Esa moto llevaba allí más de una semana. Alguien vigilaba y sabía que mi aita acabaría pasando por allí», piensa.

Así fue el 25 de junio. Naiara se levantó, desayunó y su padre le dijo que se iba a la sede del PP porque tenía una reunión. Le iban a decir «algo muy importante». «Como siempre iba primero a comprar el pan, le dije: Voy contigo, lo traigo a casa y luego ya tú te vas. Me respondió: 'No hace falta, que así voy directo a la sede'». Manuel salió y Naiara se quedó haciendo las cosas de casa.

-¿Cómo recuerda lo que sucedió después?

-A mí me gustaba verle por la ventana, miraba a ver con qué escolta le tocaba, cómo iban... Aquel día cuando abrí la ventana llovía. Mi aita iba con paraguas y el escolta, no. Y pensé: Pobre, va mojándose. Les miraba hasta que les perdía de vista. Cerré la ventana y oí un estruendo. Había obras en la calle y cuando miré y vi que los obreros estaban mirando para el otro lado... En esos segundos, un instante, pensé que algo grave le había pasado al aita. Le dije a mi hermano Imanol: Me voy a la calle. Corrí. Toda la gente miraba hacia abajo. Hablaban de una explosión de gas. Dije: Voy a bajar. Y me decían: 'No, no hace falta que bajes'. Una vecina exclamó: ¡Qué hijos de puta! Pensé lo peor. Como no me dejaban pasar, me fui.

Su madre no estaba lejos, limpiaba el portal y subieron juntas a casa esperando una llamada de Manuel. «Que nos dijera que no había pasado nada y que estaba bien. Pero no llamaba nadie. Yo necesitaba saber, encendí la tele, puse el teletexto y leí: 'Manuel Zamarreño muerto en atentado'. Grité: ¡Amaaaaa! Mi hermano vomitaba, mi madre histérica, me echaba la culpa: '¿Por qué no has ido tú a por el pan?'», relata. La tensión hizo que el cuerpo de Naiara dijera: se acabó. Ya no recuerda más. La siguiente imagen es gente entrando y saliendo de su casa. «Nos acariciaban la cabeza, nos daban dos besos… Mucha gente. Mi casa era muy pequeñita...», se emociona.

La hija de Zamarreño acababa de terminar 3º de la ESO, no recuerda muy bien cómo transcurrió aquel verano y ni siquiera si se fueron de vacaciones, pero sí que tuvo mucho apoyo entre sus amistades. «Mi mejor amiga era de las que arrancaba carteles y los echaba al contenedor. Mi cuadrilla somos la gente de toda la vida de la gela», dice. En septiembre, de vuelta a clase, «yo era la hija de Zamarreño y en una ikastola de Errenteria. Pero los profesores se portaron muy bien. Siempre me sentí protegida», agradece.

-¿Nunca sufrió rechazo?

-En la ikastola nunca.

-¿Y en otros ámbitos?

-Bueno, yo siempre he intentado pasar desapercibida y hacer mi vida sin llamar la atención. En el instituto me metían papeles de Ynestrillas en la taquilla, notas..., pero intentaba hacer caso omiso y seguir mi vida.

Hace un año, el Ayuntamiento de Errenteria, con el alcalde Julen Mendoza (EH Bildu), a la cabeza, tributó un homenaje a los tres víctimas mortales de ETA en el municipio -Gajate, Caso y Zamarreño-. «Fue un día de muchos nervios, estaba todo muy trabajado con el alcalde y los partidos. Se hizo con mucho respeto. Pero cuando salí le dije a mi marido: Oye txiki, ¿has oído las mismas palabras? Porque es que yo juraría que el alcalde nos ha pedido perdón. El acto no fue solo lo que se vivió aquel día, sino todo el trabajo que hicimos previamente». Naiara cree que ése es «el camino». «Es de lo que se tiene que contagiar el País Vasco. Y si se puede en Errenteria, se puede en otros municipios», reflexiona.

-¿Valió la pena pasar nervios?

-Por supuesto. Porque, por primera vez, cuando preparé en casa la semblanza que leí en el acto, hicimos una cosa muy bonita, llamé a mi madre, puse el altavoz del teléfono y entre las dos y mi hermano, estuvimos hablando durante una hora recordando anécdotas, hablando del aita, nos reímos mucho. Y todo eso no tiene precio. Para Imanol era la primera vez que hablaba tan abiertamente.

Hoy, los nietos de Manuel Zamarraño, los hijos de Naiara, suelen jugar con los hijos de Julen Mendoza, se conocen desde que coincidieron en un cursillo en la piscina. «Cuando sean mayores les contaré qué le pasó a su aitona y les diré que fue un valiente», asegura. El próximo 25 de junio, Naiara reunirá a toda la familia en Errenteria. «Llevaremos flores al aita, comeremos y le recordaremos».

Arriba, Naiara saluda a la mujer del alcalde de Errenteria junto al ayuntamiento. Debajo una imagen tras el atentado y Zamarreño en un pleno junto a Trimiño.

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